El BigoBlog

30

de
Mayo

El secreto de los Martín Fierro

 

 

 

 

Decir que la entrega de los Martín Fierro fue horrible es un lugar común, pero afirmémoslo: fue horrible. En realidad no importa tanto quién ganó o quién perdió, dado que la calidad de la televisión argentina no da para abrigar justicias o esperanzas. Y no porque uno espere una TV "cultural" en el sentido clarinesco de la palabra (para The Big Argentine Journal, sabemos, la "cultura" se reduce a los nombres de Sabato, Norma Aleandro, Julio Bocca, Enrique Pinti, Soldi y Quino) sino porque la calidad del entretenimiento es mala.

 

 

Malas actuaciones en las ficciones -ver a Solita Silveyra en Amor en custodia, por ejemplo-; malos guiones en las comedias y los dramas -los gags gay/homofóbicos para Nicolás Scarpino en la fenecida Sin Código; la ¿historia? de Doble Vida-; demagogia, vergüenza ajena y burla en cosas como los programas de Tinelli; palabras de más y muchas veces vergonzantes proferidas por Su Giménez o Mariano Grondona. Ni hablar de los noticieros, donde un cable policial (por muy terrible que sea) come horas de programación pero el genocidio en Darfur no aparece ni por casualidad. Por no mencionar la existencia de un Rolando Graña diciendo "síseñorsí" y censurando previamente un programa. En fin, es lo que hay. Los Martín Fierro no pueden ser mejores que la televisión que tenemos.

 

 

Pero quiero decir algo respecto de la entrega de este año. El gran secreto que nadie se atreve a decir. No, no que haya dinero que corre de mano en mano entre los "votantes" de APTRA (no tengo pruebas, no lo sé, no me importa). Quiero hablar de Mirtha Legrand, Rosa María Martínez Suárez para los no íntimos.

 

 

Mirtha Legrand fue -desde principios de los ‘40 y hasta principios de los ‘60- la más grande estrella de cine que tuvo la Argentina. De hecho, y vista nuestra pantalla grande en retrospectiva, la mayor. Extraordinaria comediante, a la altura de Katharine Hepburn o Claudette Colbert y no exagero (no pregunten quiénes eran Kathie Hepburn ni la Colbert…busquen que Internet da para todo y las películas de ambas -e incluso las de la Legrand- se consiguen).

 

 

Pero en los ‘70, Mirtha se retiró definitivamente. En su lugar apareció un robot de tamaño natural. Lo importante era que nadie descubriese que se trataba de un ser artificial: para ello, instalaron un dispositivo de habla constante y gritito destemplado. No importaba lo que decía, sino que dijera. Para reforzar la imposibilidad de que alguien le preguntase nada, la rodeaban con gente comiendo. Fue un éxito en la televisión argentina, claro.

 

 

Todo el mundo le decía "la Chiqui", pero dado que siempre fue una señora bastante grande, no se entendía por qué. "Chiqui" es una sigla: Componentes Holísticos Interactivos Que Únicamente Interrumpen. Fiel a eso, durante décadas y sin perder la plástica lozanía de su piel, ha interrumpido cualquier intento de hablar con ella o a su alrededor.

 

 

¿Cómo justificar más que por una falla mecánica que, después de que mencionaran a las nominadas a Mejor actriz de reparto hubiera que darle preciosos segundos para que mostrara el vestido antes de mencionar a la ganadora? ¿Cómo comprender, si no es por la interferencia de alguno de los millones de celulares en la sala, que dijera, tras el premio al trayectoria a China Zorrilla "esperá, esperá que quiero ver que Chinita llegue a la mesa"? Sí, los cambios de ropa fueron rápidos, pero eso es porque simplemente se le desenrosca la cabeza -única cosa importante- y se le vuelve a enroscar en otro cuerpo nuevamente ataviado. Y ese es todo el misterio.

 

 

La Chiqui condujo los Martín Fierro porque es exactamente lo mismo que la mayoría de la televisión argentina: verborragia, sentimentalismo artificial y cartón pintado. Un robot que funciona automáticamente, sin el más mínimo grado de reflexión y buscando el impacto inmediato para vender hoy lo que mañana ya no sirve. No por nada el Martín Fierro gigante, al lado del escenario, parecía estar constantemente fuera de foco.

 

De aquí a Terra.

 

 

18

de
Mayo

Escándalo religioso

 

 

Ya está, ya se estrenó El Código Da Vinci y ya saben que la película es pésima, aburrida, que a nadie le importa si Jesús se casó con María Magdalena ni si el Opus Dei es malo ni si el Vaticano es perverso ni nada. Lo único que importa de la película es saber cuándo termina. Antes de ir a verla, háganse un favor y piensen en alquilarse algo, salir a tomar aire y eso. Si tienen cable, en un añito y medio pasará por Cinecanal y listo (donde pasan La última tenación de Cristo…¡Me lo iba a perder y todo!). De última, en un par de meses sale en DVD y a otra cosa. No seamos ansiosos que, en este caso y realmente, no vale la pena.

 

La verdadera conjura de El Código Da Vinci es que este vacío absoluto ha copado (mea culpa: también nosotros caímos en la trampa) todos los medios gracias a la controversia. Gracias, entre otras cosas, a la Iglesia Católica y a los fanáticos religiosos que, igualito que los fanáticos de Star Wars o los fanáticos de El Señor de los Anillos, armaron una bola de nieve que empuja gente a las salas.

 

Y así, El Código… es el mayor lanzamiento cinematográfico en la historia de nuestro país, con 208 copias/pantallas. Que, en la práctica, implican ocupar más del 40% de los cines visibles de nuestro país con una y sólo una película. Es decir, amigos, no hay alternativa: o ven El Código Da Vinci o no ven nada.

 

Y el InKaa y nuestros legisladores, en lugar de preocuparse por cómo se pone coto a este tipo de comportamiento de superempresas omnímodas, se dedican a decir "pongan ocho segundos la bandera nacional, canejo". Pero nadie dice que este comportamiento discrecional en el manejo de salas, pantallas y cuotas afecta a todo el cine más "chico" (incluyendo casi todo el argentino) de manera mucho más nociva que la exhibición de la blanquiceleste.

 

Ejemplísimo: a pesar de cumplir la media de pantalla promedio, El Custodio (film muy bien tratado, aunque a nosotros aquí no nos gusta, y premiado en ¡Berlín!) bajó de la mayoría de sus salas a la semana. Sofácama, que inauguró el Bafici, se quedó sin pantallas por La era de hielo 2 (a menos que estrenara en un multicine de Chañar Ladeado, o cosa por el estilo). Y esta semana la argentina Arizona Sur no se estrena y tampoco la última película de Wim Wenders (sí, el que llenaba el entonces cine Opera con París-Texas y el entonces cine Broadway con Las alas del deseo).

 

¿Qué se quiere decir? Que esta vez, una no película -en serio, créanme- ajena al cine y fogoneada por una controversia lateral, llenó las pantallas al punto de que películas tal vez no buenas (son mejores que ésta, en serio) se quedaron sin la posibilidad de hallar un público. Las cosas no serán mejores la semana que viene con X-Men 3. Y después vienen tanques de vacaciones como Patoruzito -ah, sí, ahí hay banderita y es nacional-, que dejan afuera cientos de films que bien podrían encontrar su público.

 

Así está el cine. Cuando se habla de la incultura del espectador medio, se plantea una discusión tipo "el huevo y la gallina". ¿Quiere ver otras cosas pero no tiene la oportunidad o se estrena sólo lo que el público quiere ver? Por fin encuentro una utilidad a El Código Da Vinci: como dudo que a una persona con verdadero interés en el cine le guste, quizá se transforme en la prueba de que lo que sucede es lo primero y no lo segundo. Y quizá también sea una esperanza vana y el mundo sea mucho más atroz de lo que parece. En fin, ahijuna y que Dios nos perdone.

15

de
Mayo

Altanel cieeeeeloooo…

 

 

La senadora nacional Silvia E. Giusti, elegida por la provincia de Chubut y perteneciente al Partido Justicialista, presentó un proyecto donde pide que para que un film sea considerado argentino (lean: que tenga derecho a créditos y subsidios) debe tener ocho segundos (8) de imágenes con la bandera nacional en primer plano.

 

Ustedes dirán "ufa…¿qué son ocho segundos?". Bien: vean Misión: Imposible III y cada vez que comience un plano, cuenten segundos (no es difícil). O bien miren esta palabra durante ocho segundos. ¿Verdad que un plano de cualquier película hoy dura muy poquito? ¿Verdad que, cuatro segundos después de mirar la palabrita ya no sabían qué leían? Claro que, sin llegar muy lejos, uno puede ver durante mucho más que ocho segundos el rostro de Marie Rivière bailando en el plano final de Cuento de Otoño y pedir que la imagen siga. O -para no parecer rebuscado- ver durante 10 segundos a Clint Eastwood bajo la lluvia en Los puentes de Madison.

 

 

Y una película, además, debe mostrar lo que debe mostrar, no lo que le obligan a mostrar. Eso sólo pasó en el cine fascista, en el cine nazi, en el cine español durante Franco, y en el cine soviético stalinista. Lindos ejemplos.

 

 

Entre los considerandos del pedido, la senadora Giusti dice que:

 

 

 "(…)Es claro que la industria cinematográfica es actualmente avasallada ante películas extranjeras (especialmente estadounidenses) donde es constante la presencia de elementos culturales e históricos propios de esas regiones. Para sustentarnos basta referirnos el "Día de Gracias", "4 de Julio" ó "La guerra del norte y del sur" por nombrar algunos.(…)"

 

 

"(…)Ante este panorama se podría decir que jóvenes o niños de nuestro país entiende más de cultura extranjera que argentina. Quizás podríamos llegar al límite de pensar que entienden más sobre la guerra de Vietnam que la guerra de Malvinas.(…)"

 

 

Más allá de que el segundo párrafo menosprecia las reglas más básicas de la gramática castellana (cosa rara, porque la senadora Giusti es docente y sabemos de la preparación y cualificación óptima tanto de los hacedores de leyes como de los educadores de la Patria) lo peor es el menosprecio a la inteligencia de los electores, pensar que la gente (o los jóvenes, o los niños) es imbécil y no sabe distinguir cuáles son elementos "nacionales" y cuáles no dentro y fuera de un film. Digo, idioma aparte, no conozco a nadie que coma pavo el último domingo de noviembre, por caso. Mila de pollo, tal vez, pero ¿pavo con salsa de arándanos? Ups…se ve que veo mucho cine de la potencia dominante. ¿Seré cipayo o de joven no supe distinguir mi patria de la estadounidense?

 

 

 Ya que estamos: por lo general la aparición del Día de Gracias, el 4 de julio y la Guerra de Secesión (se llama así) sigue alguno de los siguientes criterios en el cine estadounidense: o bien satírico (siempre pasa algo en las fiestas de familia, lo que las desmitifica y con ella la fiesta patria); o bien accidental (es 4 de julio, es feriado y justo caen los extraterrestres a hacerlos torta, por poner un caso); o inexistente (en 15 segundos, sin repetir y sin soplar, descartando el fracaso de Cold Mountain, mencione los 10 últimos films que mencionan la Secesión).

 

 

Es verdad que el cine belicoso muestra muchas banderas. También es verdad que el emblema estadounidense significa muchísimas cosas y no siempre positivas, incluso en el propio cine. Y también es claro que en el cine argentino basta con escuchar dos sílabas para descubrir en qué universo estamos.

 

 

A mí, la verdad, no me molesta que se muestre la bandera argentina, salvo que no tenga sentido. Como me molesta que se muestre un plano lleno de navecitas en Star Wars si no tiene relación con el resto de la trama, o me molesta el final de Potemkim con todos los barcos dejando escapar al Acorazado, falseando la historia real. Si el único sentido de una imagen es cumplir con una exigencia legal (algo que está fuera del cine), el cine deja de ser un arte para volverse propaganda.

 

 

Pero bueno, en estas épocas de reacomodamientos y mundo "nac & pop", no es raro que a alguien se le ocurra esto. La senadora Giusti tiene un salario pagado por nuestros impuestos. Como uno de sus empleadores, le pido que, por lo menos y antes de seguir hablando de cine (sí, no me digan que los proyectos se los hacen "los asesores" porque sería una falta ética o una ilegalidad, ¿no?, y no creemos que sea antiética la senadora), aprenda algo de este arte. Ah, y de paso corrija su redacción, que no estaría mal. ¿O no teme que los chicos y jóvenes, al ver sus párrafos, crean que realmente se escribe así?

8

de
Mayo

¿Y cuándo termina la película?

Los fanáticos de Star Wars van a saltar de alegría. A fines de año sale -finalmente- una edición de las primeras tres películas sin ningún "arreglo digital", o sea, como se estrenaron. Ni Han Solo disparando después, ni esa melodía altiplánico-zimbaweña que amenizaba el final de Jedi, ni, claro, la carita de Hayden Christensen después de muerto. Puro y duro efecto especial antiguo y delicioso.

 

 

Pero acá el tema no es Star Wars sino la pregunta: ¿hasta cuándo o dónde tiene derecho un artista -en este caso un director de cine- para modificar lo que ha hecho? Esta edición de Star Wars sale porque los fans son un mercado enorme y no se van a perder unos dinerillos. Pero eso no quita que Lucas cambiara cosas con, digámoslo en criollo, mala leche. A ver: en la escena del bar, Han Solo mataba a un tipo verdoso que venía a cazarlo por una recompensa. Lo mataba casi a traición. Eso mostraba que Han no era "trigo limpio", y la película sostenía esa venalidad del personaje hasta que la amistad y el romance lo convertían, a su pesar, en un héroe. Pero para convertirse, primero tenía que ser tan ruín como para matar a traición.

 

Su compinche Steven Spielberg hizo algo parecido, o peor, con E.T. Los agentes federales que están por detener a Elliot y el extraterrestre en bicicleta preparaban rifles para matar, lo que mostraba la falta de escrúpulos de los agentes de "seguridad" estadounidenses. Ahora preparan walkie-talkies, lo que le quita sentido al plano detalle de las manos. Y, además, exculpa a esos buenos muchachos (sí, hay una edición en DVD que presenta las dos versiones).

 

A estos ejemplos hay que agregar la nueva facilidad de los DVD de sacar "versiones del director" de cualquier película. Es decir, incorporar a un film lo que quedó en el montaje. Uno puede entender lo que hizo Peter Jackson con la edición no editada en nuestro país de El Señor de los Anillos, que suma la duración de una ¡cuarta! película entre las escenas agragadas a las tres películas. Sí, muy lindo todo pero ¿no atenta esto contra el pensar un film? Muchas veces lo más importante es saber qué sacar más que qué dejar. Y allí se define el sentido de una película y el saber de un director.

 

Digamos: la versión "Redux" de Apocalypse Now cambió definitivamente el caracter de los personajes de la lancha. Ahora se permiten bromas, son más humanos y también más conscientes de que su misión carece de sentido. Pero el montaje anterior era mucho más preciso en describir la locura de la guerra. Claramente son dos películas diferentes.

 

¿Hasta dónde un director, después de estrenar su película, puede seguir manipulándola? Por las dudas, hay una famosa anécdota respecto de Walt Disney. En Los tres cerditos hay una escena donde el lobo se disfraza de vendedor de cepillos para entrar a la casa del chanchito Práctico. Y está dibujado como la caricatura un poco maliciosa de un vendedor de cepillos judío. Años más tarde, la secuencia -y el personaje- se redibujaron y rediseñaron para no molestar a nadie.

 

Yo prefiero la copia "molesta", porque es también una prueba histórica de cómo se pensaba y se bromeaba en la era de la Depresión, aunque no sea nada simpático. ¿No hay algo de negar los pecados propios o absolver la historia en todo esto?

3

de
Mayo

Religión (¡otra vez!)

Ahora la noticia es que el Vaticano está enojadísimo por el film El Código Da Vinci. Que está basado en una mediocre pero efectiva novelita de suspenso que vendió 40 millones de ejemplares. Y como principalmente estos ejemplares fueron vendidos dentro del micromundo Occidental, podemos deducir que la mayoría de estos ejemplares fueron leídos por católicos que no se escandalizaron nada por lo que el libro dice.

 

 

Digo…acá vendió y sigue vendiendo a rabiar. Y la Argentina es un país eminentemente católico (casi diría "hasta el fanatismo", a juzgar por ciertas intolerantes respuestas en el artículo sobre La última tentación de Cristo…¿Vieron que la pasaron y nadie se volvió ateo, no quemaron iglesias, no hubo misas negras ni nada por el estilo? En fin…). Bien: quienes no hayan leído el libro y quieran ver la película, salteen el párrafo que viene.

 

El libro cuenta de una conjura donde gente del Vaticano y el Opus Dei se confabulan para evitar que se sepa que Cristo se casó con María Magdalena y tuvo hijas. Y que su descendiente anda por el mundo. La visión religiosa es más moral que mística, aunque tampoco es nada del más allá. La mayor parte de la novela es una seguidilla de acertijos, persecuciones, alguna escena de amor más bien casta, un par de muertes y no mucho más. Quienes la hayan leído no dejarán de reconocer el tufillo a guión cinematográfico preescrito. Casi no hacía falta filmarla.

 

Pero bien: se la filmó. La película aún no se estrenó en ninguna parte y nadie la vio (de hecho, las medidas de seguridad de Sony para acceder al film son increíbles). Y Hollywood no la hizo para demostrar nada respecto de Cristo, los Apóstoles, los Padres de la Iglesia o el beato Escribá de Balaguer. No: lo hizo porque es un buen negocio y calculan que por lo menos la mitad de los que compraron el librito van a ir al cine. Además, está Tom Hanks.

 

Se supone que el Vaticano defiende la doctrina católica, que es una religión en teoría (teoría, repito) de tolerancia, donde se aprende a poner la otra mejilla. La Iglesia, naturalmente, puede decir "católicos del mundo, preferentemente no vayan a ver tal o cual película". Pero llamar a un boicot…¿No es un poco mucho? Pregunto: ¿Llama el Vaticano a un boicot contra las empresas estadounidenses por las atrocidades en Irak? ¿Llamó a boicotear y rechazar el nazismo en los alrededores de la Segunda Guerra Mundial? ¿Qué actitud tuvo ante varios de los millones de crímenes, guerras, genocidios y otras yerbas que se han cometido en el mundo en el último siglo?

 

Seguramente me dirán que exagero. Puede ser pero sigo preguntándome por qué un alto funcionario del Vaticano se preocupa tanto por una película que, quizá, caiga en el olvido en un par de años en lugar de preocuparse por lo que pasa hoy en el mundo, por los millones que sufren de hambre y sed de justicia.

 

Pero claro: si se habla de El Código Da Vinci -y aquí cuarenta millones de ejemplares sirven también para la Iglesia-, todos publicamos el cable. Es triste pero es así. ¿Se tratará de pura publicidad?

 

Porque…digamos la verdad. Hace unos años se estrenó en todo el mundo, nuestro país incluido, un film muy malo llamado El Cuerpo, con Antonio Banderas. Se trataba de una hipótesis religioso/ficcional muy atrevida: que encontraban el cuerpo real de Jesús. Y también había una interferencia de la Iglesia y crímenes y esas cosas. ¿Recuerdan alguna polémica? ¿Recuerdan algún funcionario vaticano diciendo "hay que boicotear el film"? Pero El Cuerpo, claro, era una película casi "clase B", sin demasiado peso publicitario. Así que, ¿para qué molestarse? Esto implica que, ni siquiera para hacer cosas erradas, se es del todo ecuánime.

 

Como buen cristiano y cinéfilo perdido, iré a ver El Código Da Vinci (bueno, además es mi trabajo) y juzgaré de acuerdo con su calidad cinematográfica. Recuerden que hay films que pueden, hoy, ofender, pero igualmente son extraordinarios. El triunfo de la voluntad es el ejemplo canónico. Y de la fuerza del cine, incluso abyecto, también se aprende. ¡Acabáramos! Además…¿Cómo puede ofender un film protagonizado por Forrest Gump?

(De aquí a Terra)

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