El BigoBlog

29

de
Septiembre

Cómo empezar una videoteca

Gracias al DVD, hoy tenemos la oportunidad de guardar una veradera videoteca en espacio reducido. Y no tener sólo las películas, sino que los disquitos buenos (los buenos, aclaremos nuevamente) suelen venir con valosísima información y chiches inéditos que (los buenos, volvamos a repetir) incrementan nuestro saber sobre cine y la experiencia de la película.

Desgraciadamente, vayan a encontrarlos. No es fácil porque -otra vez- no hay tiendas específicas de venta de videos, sino más bien negocios que se dedican un poco a todo, como ese cuyo nombre contrae las palabras "música" y "mundo". A veces sí hay cosas que valen la pena en buen precio, otras no. La cuestión es buscar.

Pero como no tengo ganas de quejarme (mucho ni esta vez), mi idea es aconsejarles 10 ediciones en DVD que se pueden conseguir a precios decentes, como para comenzar una videoteca como quien empieza una biblioteca o una colección de música. Los criterios son los siguientes: en cuanto a lo técnico, ediciones buenas a buen precio (se dijo), que se consigan sin demasiado problema en nuestro país, que tengan buenos extras. En cuanto a lo estético, no necesariamente lo mejor o más conocido, sino esas películas que "llaman a ver" otras películas, las que permiten ir gustando todos los sabores posibles del cine. Y, sobre todo, que causen placer (si no, qué ganas les van a quedar de seguir mirando, no…).

Por ejemplo y para empezar. A mí me gusta muchísimo el musical clásico. ¿Qué elijo? ¿Un americano en París, Cantando bajo la lluvia, Gigí? La primera no tiene canciones compuestas para el film. La segunda podría ser, pero la edición nacional carece de extras. Y Gigí es excelente…pero carece de bailes. Entonces elijo The Band Wagon o Brindis de amor (1953), porque tiene muy buenos extras, es un musical que muestra además cómo se hacían los musicales, es de un director que creó el género (Vincente Minelli), tiene canciones especialmente compuestas y bailan Cyd Charisse y Fred Astaire (Astaire hace de un bailarín que está "acabado" en el cine y vuelve a Broadway, donde se monta un show que… bueno, vean la película). Es decir, "resume" el musical, permite entenderlo, se disfruta y, de allí en más, pueden explorar ustedes. No se quejen si faltan "recientes" como Spielberg o Tim Burton; la idea es "llegar" a ellos "a partir" de otras películas. Veamos:

Sherlock Jr. (1924,Buster Keaton) Acá Buster es el proyectorista de un cine que se duerme, se mete en la película y se transforma en un detective lleno de trucos. Algunos de los mejores efectos especiales de la historia. Desde este film se puede "entrar" a la comedia muda, luego al "cine dentro del cine", y a la comicidad estadounidense en general (con paradas en el cine del francés Jacques Tati). Sin Keaton, no hay Jerry Lewis, por ejemplo, como no hubo Keaton sin Chaplin.

King Kong (1933, Ernest B. Schoesdack y Merian C. Cooper) Todo el cine de terror, más todo el cine de fantasía con efectos especiales, más todo el cine de aventuras, más todas las fantasías monstruosas y hasta eróticas caben en esta película (atención a la edición de dos discos de AVH, que es perfecta). De Frankenstein a Jurassic Park. Ni hablar de cualquier uso de muñecos o animatrónicos: el monito de 30 cm que parecía de 8 metros demuestra por qué creó vocaciones. Y aclaremos: ¡hoy da miedo todavía y en serio!

Pinocho (1938, Walt Disney) Es la más perfecta película de animación clásica y todo cabe acá. Lo que se hizo luego es o "seguir a Disney" o "ir contra Disney". Pero técnica y narrativamente esta es una cima. Desde los Looney Tunes a El extraño mundo de Jack, se puede armar una "red animada" desde este film. Y ni Spielberg (que la citó al final de Encuentros Cercanos y en Inteligencia Artificial) ni Tim Burton (ver El Joven Manos de Tijeras) pueden entenderse sin ella.

El Ciudadano (1941, Orson Welles) Para muchos críticos no es la mejor película de Orson Welles -o sea, en vez de un 1.500 es un 1.400, de 1 a 10-, pero es la primera que dice "bueno, usted cree que el cine es reflejo de lo real y acá le vamos a demostrar que no, le vamos a mostrar un truco atrás de otro y lo va a ver". O sea, la primera película moderna. Y, de paso, una lección de cine político y de sátira.

Río Grande (1950, John Ford) Es el tercero de los films de la "trilogía de la Caballería" (los otros son Fuerte Apache y La legión invencible), historias sobre el famoso 7° de Caballería. Es decir, quintaescencia del western, mirada desencantada sobre el racismo (Ford nunca -nunca- odió a los indios), muestra de cómo filmar al hombre en un ambiente natural más grande que él mismo -o sea, también tiene su corazoncito "documental"- y, por si fuera poco, con John Wayne. De aquí, el western, el cine bélico, etcétera.

Vértigo (1958, Alfred Hitchcock) Para muchos es la más perfecta y mejor de las películas de Hitchcock. Yo prefiero películas un poco más ligeras como Los Pájaros o Intriga Internacional. Pero Vértigo es a) un gran film de misterio, b) un gran film de suspenso, c) una hermosa demostración de uso del color de manera psicológica, d) una bella muestra de trucos y cine experimental (la secuencia de la escalera, el sueño de James Stewart) y e) un gran melodrama. O sea, miren cuánto cabe. De aquí pueden probar otros Hitch, los melos de Minelli o Douglas Sirk, el film noir como Los sobornados (Lang, o sea) y más cosas.

Disparen sobre el pianista (1960, François Truffaut) Una pena pero hay poca Nouvelle Vague disponible. Pero esta película tiene dos cosas importantes: por un lado, es el homenaje de Truffaut al cine en general y al policial -y a Hitchcock y a Vértigo en particular-, y por otro tiene libertad expresiva, la cámara filma en locaciones (es decir, en calles y bares y apartamentos "de verdad") y combina rostros poco conocidos con la estrella Charles Aznavour. Y es puro cine francés del bueno. De aquí, para atrás, Renoir, Clair y otros. Para adelante, Godard, Chabrol y más.

El Gatopardo (1963, Luchino Visconti) Visconti mezcla la opulencia operística, el cine "de época", una marcación de actores que recuerda al Neorrealismo (es que de ahí venía) y la política. Más Hollywood -porque protagoniza el genial Burt Lancaster- y Europa -ahí están Claudia Cardinale y Alain Delon. Bueno, es cine de ideas, de belleza visual, épico y político todo al mismo tiempo sin aburrir y sin soplar. Piensen también: esta lleva a la saga de El Padrino sin escalas.

Amarcord (1973, Federico Fellini) Una parte del cine es pura autobiografía artificial. Y eso es Amarcord, un film que hoy fracasaría en taquilla y fue un "blockbuster". Fellini recuerda su vida de adolescente en la Italia fascista con humor y emociones, con personajes caricaturescos, con secuencias muy artificiales y sin estructura narrativa firme (¿vieron que para gustar el cine no está obligado a contar una historia?). Obviamente Tim Burton la vio. Fellini abre puertas a autores italianos como Passolini o Bertolucci, a otros muchos europeos y a varios estadounidenses.

Si faltan cine argentino o asiático es porque del primero, salvo films recientes, no hay buenas copias (o por lo menos que se oigan bien) y, del segundo, las ediciones de clásicos escasean y las que no lo son -salvo, por ejemplo, El sabor del té, de 791 cine- son muy difíciles de conseguir. Lo demás, es para que discutan y propongan. ¡Coleccionistas del Mundo, uníos; nada tenéis qué perder salvo el aburrimiento!

20

de
Septiembre

Por qué hay que apagar la TV

Esta columna por lo general es de cine. Pero hay que hablar un poco de televisión. En parte porque el parentesco entre ambos medios (está bien: el cine es un arte, pero también un medio) es bastante estrecho -y mucho cine, nosotros, gente del nuevo milenio, lo conocemos por la pantalla chica-, y en parte porque la TV moldea en gran medida la manera que tenemos de relacionarnos con las imágenes en movimiento.

Ustedes, yo, todos los que prendemos un televisor, hoy estamos cautivos por la falta de respeto absoluta de los dueños de los canales de aire. Dueños que olvidaron algo: son licenciatarios de las frecuencias (es decir: las tienen en alquiler) y nosotros somos los verdaderos dueños. No sólo eso: en realidad somos nosotros los que decidimos, cambiando de canal, qué es lo que vive o muere en la televisión. Es tan débil nuestra cultura democrática que a veces lo olvidamos.

Pero hay una realidad: la mayor parte de la gente en este país carece de cable. Y en muchos -muchísimos- lugares, apenas entra la señal de Canal 7, el único que maneja el Estado (y que, abusos aparte, es imprescindible). Esto implica dos cosas: que el poder de los medios está basado en los grandes centros urbanos y que no todo el mundo puede "ver el cable" para optar por otra cosa.

En las últimas horas, los dos canales de televisión más feurtes del país mostraron nuevamente que el único interés que tienen está en el dinero. No está mal ganar dinero, todos queremos ganar dinero. Lo que está mal es hacer cualquier cosa por dinero (y ahí están las leyes para impedirlo). Más importante: la televisión es un medio de enorme poder y, como sabemos los que conocemos a Spider-Man, con un gran poder viene una gran responsabilidad. Responsabilidad que hoy es nula.

A mí me gusta Hermanos y detectives y no me gusta Amas de casa desesperadas. No importa demasiado. Lo que importa es que hay gente que podría disfrutar de ambos programas, o por lo menos verlos para evaluarlos. Pero se los puso a competir. Ayer, Canal 13 decidió cambiar de día Amas… para cuidar su inversión. Ipso facto, Telefé cambió de lugar Hermanos… para que la competencia siguiera. La única explicación para esta verdadera bajeza es la voluntad de aniquilación. Mal también para Canal 7,que los jueves a la misma hora emite Ficciones de lo real, un espacio donde se están proyectando algunos de los mejores documentales argentinos de los últimos tiempos (pasaron Memoria del saqueo y La fe del volcán hasta ahora; vendrán Bonanza, de Ulises Rosell y Los rubios, de Albertina Carri, todos excelentes).

Quiero decir: a mí no debería importarme. Pero me importa que alguien juegue con mi tiempo y ejerza el poder ciegamente y sin control, especialmente cuando ese poder se ejerce sobre el espacio público como son las frecuencias de televisión. Bastante es que para ver Mujeres asesinas tenga que acostarme a la 1 de la mañana porque Marcelo Tinelli extendió al absurdo la oportunidad de ladrido de una rubia grotesca cuyo nombre no quiero recordar. Bastante que el famoso "compromiso" por los horarios sea pura espuma. Si -supongamos- yo fuera un fan y dejara libre un día de la semana por la noche para ver un programa de aire, ¿por qué de un momento a otro y por puro capricho deberían de cambiarlo de horario?

Esto sucede también porque hay un vacío legal y porque el Estado, en los ‘90 y sin protestas, se retiró del control de lo público. El Comfer hoy carece de herramientas para frenar el desquicio. Ni las multas ni las intimaciones alcanzan, porque el negocio es tan grande que las sanciones son irrisorias. Sólo queda pedir por favor, que es lo que hace el Comfer, y esperar a que alguna inteligencia superior dote de buen criterio a los zares de la grilla.

¿Cuál es la solución? Es sencilla: apagar el televisor. No mirar más canales de aire si hay alternativa, o no mirar nada directamente. Leer más, informarse mejor, usar el tiempo de ocio para cualquier otra cosa (incluso sí, ver películas, viejas o nuevas). No nos damos cuenta, pero la tecnología puso en nuestras manos una serie de herramientas que nos permiten dejar de lado la tiranía de dos o tres ejecutivos.

Aclaro algo más: hay una maraña de envidias, negocios y contranegocios detrás de la televisión que incluso se relaciona directamente con el cine (recuerden: los canales grandes producen cine y cobran suculentos subsidios por hacerlo, algo que en un estado de cosas racional debería de ser una inversión de riesgo…¿Por qué pagar subsidio a Bañeros III -que lo tiene?). Y es casi seguro que alguien puede dar una explicación estratégica de la guerra de canales, algo como que "la torta publicitaria es chica", etcétera. Pero la torta publicitaria no es -no debería de ser- todo. Parece que la torta, como aquel pastel con forma de Cuba de El Padrino II, somos nosotros, los que con impuestos estamos pagando parte de la infraestructura que sostiene la puesta en el aire de la televisión.

Solemos quejarnos de que "nadie hace nada" refiriéndonos a que el Estado no actúa de oficio para solucionar ciertas cuestiones. Pero en este caso, si bien es cierto que pagamos al Estado para que trabaje, también tenemos responsabilidad y poder. La herramienta se llama, si quieren, control remoto. Y hay un botón rojo, el de apagado, al que hasta el más plantado de los gerentes televisivos mira con miedo. Y resulta, amigos, que a ese botón lo manejamos nosotros.

13

de
Septiembre

El espectáculo de lo real

Hay un enorme prejuicio contra el cine documental que, por suerte, está empezando a quebrarse. Para casi todo el mundo, ver un documental es como asistir a una clase en el colegio. Desgraciadamente para muchos cineastas mediocres o malos también es así, lo que no le hace muy bien al género. Por otra parte, quienes ven un doc caen en otra trampa frecuente: creer en lo que el film dice "porque es un documental". Empecemos porque el cine tiene tal poder de fascinación que el público suele creer cualquier cosa que pase en pantalla, y hasta confundir a sus personajes con los actores que los interpretan. Así que es más que lógico que eso pase con películas cuya idea es "lo que ve es lo que pasa".

Cuestionamiento importante a tal idea: podemos tener material "real" en una película y no decir "la verdad". Ejemplo clarísimo: Michael Moore en Fahrenheit 9/11. Ojo: que Michael Moore sea un enemigo de Bush Jr. no significa que sea nuestro amigo. Pero sigamos: en un momento de ese film, dice que la familia Bush y la Bin Laden son socias, algo que bien podría ser. Pero lo ilustra mostrando a Bush padre en fotos de viajes protocolares con mandatarios árabes. Las imágenes sólo pueden interpretarse como "prueba" si uno odia a los árabes y cree que todos son Bin Laden. De otra manera, solo ilustran que el mandatario de un país, públicamente, se fotografió en misión diplomática con el mandatario de otro. Es como decir que Nixon era comunista porque cenó con Mao Tsé-tung.

Pero aquí quería hablar no necesariamente del documental como tema general, sino qué está pasando en nuestro país con el género. Por un lado, se estrenan muchos nacionales que caen por lo general en el didactismo televisivo. Por otro, hay varios títulos relevantes cuya importancia excede el ámbito del cine. Y como si fuera poco, se intenta con docs extranjeros.

La semana anterior, el estreno de Fuerza Aérea Sociedad Anónima causó un enorme revuelo político. Enrique Piñeyro había demostrado en Whisky Romeo Zulu que sabía qué hacer con una cámara. ¿Por qué FASA es una buena película y no apenas un doc de denuncia? Porque Piñeyro se vale del cine como herramienta para hacernos comprender cosas complejas sin subestimarnos. Y si no nos interesa mucho el tema (dudo que no, pero por las dudas) igual nos atrae su forma y el apasionamiento, también transformado en documento, de su cineasta. Para el cine, que el film cumpla su cometido como prueba legal es lo de menos (aunque para el ciudadano claro que no y nos alegra que haya provocado lo que provocó). Lo que importa es que cada vez que lo veamos nos va a interesar y mostar un mundo desconocido y asombroso (y sí, terrorífico).

Al mismo tiempo, casi, se estrenó con sólo dos funciones por jueves en el Centro de la Cooperación La crisis causó 2 nuevas muertes, un documental sobre la Masacre de Avellaneda y cómo la trataron los medios, especialmente Clarín. Otra vez: podría ser un programa de TV largo (aunque…¿imaginan algún canal de televisión que se anime a pasar un documental donde se muestra de manera casi flagrante la falta de profesionalismo y la manipulación informativa que realiza de manera concienzuda el pool Clarín?) pero no lo es. Patricio Escobar y Damián Finvarb usan las herramientas del cine para poner en crisis la historia "oficial", para reconstruir los crímenes, para mostrar sus consecuencias. Si no conociéramos cuáles son las repercusiones de los asesinatos de Kostecki y Santillán en nuestra vida diaria, igual funcionaría como un gran "thriller" político y preciso.

Pero también casi al mismo tiempo se estrenó Que sea rock. Un film flojísimo, sostenido por las interpretaciones una y mil veces repetidas de varios artistas top del rock vernáculo. ¿Qué tiene de malo? Nada, pero tampoco nada de bueno: no descubrimos ningún mundo nuevo (los dos films anteriores o bien reconstruyen un mundo perdido en el tiempo -La crisis…- o desvelan uno que se mantiene oculto -la aeronavegación civil), no entramos en los problemas del rock como universo ni, básicamente, entendemos por qué esta serie de clips mechados con entrevistas hay que verlo en el cine. Eso, amigos, es televisión ampliada.

Y para completar lo que es un panorama no actual sino ejemplificador, se estrena en el Malba Porno, la película de culto de Homero (no el poeta ciego, sino el director Homero Cirielli que no firma con su apellido). Homero dice que no hace documental, pero usa esa herramienta. Introduce en el rodaje real de un film pornográfico un personaje ficticio -la iluminadora- y deja de lado la pornografía para mostrar el marco de ese rodaje: lo que pasa con el paisaje totalmente indiferente de los quehaceres humanos (hormigas, perros, árboles, hojas), lo que hacen los humanos cuando no filman escenas de sexo (conversaciones, preparativos, miedos y quejas) y nos descubre otro mundo. Difícilmente alguien sienta que las pocas imágenes "explícitas" de la película molesten. Hay una verdad enorme y desconocida que se teje justo justo donde menos se la espera y nos fascina. Es una gran película, claro.

Por supuesto, de todas estas películas sólo la rockola en celuloide se puede (o podía, la vio muy poca gente) ver en pantallas más o menos como la gente. La crisis… no tendrá la más mínima mención en los tres o cuatro periódicos importantes; Porno queda relegada a trasnoches de los viernes; FASA sí, se ve en varios cines y se vio favorecida -afortunadamente- por el escándalo político. Es decir: tres mundos que están allí y forman parte sustancial de nuesta vida siguen ocultos. Y bueno, mientras sea rock…

7

de
Septiembre

Hollywood, la aplanadora

La semana pasada estaba haciendo zapping y me econtré con un fragmento de La máscara del Zorro, esa película que hizo de Antonio Banderas una estrella en los Estados Unidos y lo estableció (es un decir) en Hollywood. Mientras miraba, recordaba al ambiguo personaje de La ley del deseo, aquella película de cuando Almodóvar era Almodóvar y no un imitador de Almodóvar para quedar bien con la crítica que le da premios ecuménicos (¿Vieron que le dieron el premio Fipresci por Volver? Lo digo acá mismo: ¡Yo no lo voté! -de hecho voté El nuevo mundo, de Terrence Malick-). Miraba al Zorro Banderas y pensaba y no podía dejar de pensar que ya no se harán más películas tan desquiciadas y viscerales como los primeros Almodóvar. Y que Banderas nunca más tendrá esa terrible y hasta molesta escena de sexo con Eusebio Poncela de La Ley…

A esto se unió que leía ese texto de André Bazin que dice que las películas son como la mayonesa: cuajan o no cuajan (refiriéndose a que a veces cada elemento por separado de un film está perfecto, pero juntos no funcionan). Y me dije que la metáfora gastronómica funcionaba bien. De allí mi hipótesis: Hollywood es un martillo de aplastar milanesas.

Es así: agarra cualquier cosa (sobre todo cualquier cosa del exterior) y la deja del mismo espesor (chatita chatita) que el resto de lo que produce. Sí, van a decir algunos que soy injusto y lo soy: hay por lo menos diez grandes directores/autores en el Hollywood de hoy, pero todo parece indicar que dentro de poco no va a ver más. Las películas se parecen demasiado entre sí, las actrices se ponen todas la misma cantidad de colágeno, las historias (sean dramas, comedias, ciencia ficción o testimonial) son igualitas. Y eso hace que cualquier extranjero que pise ese lugar de culto se ciña al molde o perezca.

Vamos uno por uno: para volver a ver actuar bien a Penélope Cruz después de que cruzara el Atlántico -y tuviera ese romance con Tom "no necesito clonazepam" Cruise- hubo que esperar a que la volviera a dirigir Pedrito en Volver (sí, ella está bien). Banderas está perdido -después de cantar el tema de Drexler hace dos Oscar, es claro que no se levanta más-; y a nuestra ar-gen-tina Mia Maestro la hacen tortilla rápidamente en Poseidón (ser una víctima rápida en un film catástrofe que encima fracasó en taquilla no es lo que se dice el inicio de una promisoria carrera).

Y el tema no es ser hispanoparlante: que alguien me diga si, sacando la menospreciada pero excelente Matrimonio por conveniencia, se puede ver alguna de las comedias, comeditas y comedietas de Gerard Depardieu en los EE.UU. Sólo recuerden su modisto malvado de 102 dálmatas. ¿Y éste era el actor de Novecento, Las cosas por su nombre, El último subte y Hélas pour moi? Mejor no respondan.

¿Y los directores? La semana pasada vimos lo mal que le fue a Agresti tratando de hacer una película romántica en el centro del monstruo. Digamos de paso que Agresti hace rato que no tiene una película realmente lograda (para mi gusto la última es La cruz). Pero de todas maneras se nota que fue más un empleado de los estudios que él mismo. ¿Culpa de los estudios o de él? Dejemos la cuestión abierta.

Nombremos otra vez a Almodóvar: quiso filmar Brokeback Mountain, pero no quiso que Hollywood lo presionara. Que lo premien sí, que lo molesten, no. Y sigue haciendo su agosto filmando en España, lo que no deja de ser una buena decisión.

Pero hay otros que no. ¿Recuerdan El último beso, la película italiana que se transformó en un éxito sorpresa en 2002? Su director era el intersante Gabriele Muccino. Recuerden el nombre. Ahora vean. The Last Kiss se estrenó hace poco en los EE.UU. (la remake del film original, digamos, con el muchachito ese de Scrubs, Zach Braff). Y Muccino ya filmó una película que se llama The Pursuit of Happyness, una comedia dramática "basada en un hecho real" donde un padre (Will Smith, tratando otra vez de ganar el Oscar) hace lo imposible para impedir que su hijo viva en la miseria. Y ahora va a filmar además una comedia con Jim Carrey y Cameron Díaz. No vi nada, no sé nada: cualquier palabra que diga respecto de Muccino en Hollywood podrá ser usada en mi contra. Pero me pregunto: ¿Tres proyectos en un año con grandes estrellas? ¿Seguirá siendo el director brioso e intimista que fue o ya es un empleado más y por eso tiene tanto qué hacer?

Lo cierto es que las películas, sea cual fuere el origen del actor o el director, se parecen cada vez más unas a otras. Milanesitas de peceto o de ternera, todas aplastadas por el mismo martillo.

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