El BigoBlog

18

de
Enero

Fuera del Oscar

 

Ya deben saber que Derecho de familia, la muy buena comedia de Daniel Burman, no va a ser candidata al Oscar. Se preseleccionaron nueve y quedó afuera. Así que es buen momento para explicar por qué.

 

En primer lugar, y por lo menos desde fines de los años setenta, el Oscar a Mejor film en lengua no inglesa dejó de ser garantía de arte. Hasta entonces, directores como Fellini, Bergman, Truffaut, Buñuel y Kurosawa (para mencionar incluso a quienes considero importantes aunue no me gusten) se repartían los premios. Hasta Godard tuvo nominación alguna vez.

 

Pero ese premio lo decidía un grupo de personas de acuerdo con gustos personales y entusiasmos más o menos pasajeros, lo mismo que pasa hasta el 2005. La diferencia es que, antes, lo que se premiaba era justamente aquello que iba a contrapelo de Hollywood. Desde que los estadounidenses empezaron a necesitar que el cine "internacional" se narrara y se construyera igual que el de ellos, esto cambió.

 

¿Por qué? Porque en primer lugar Hollywood sabe que si un país no tiene cine nacional (esto lo decía ni más ni menos Jack Valenti en una conferencia que dio en 1997 en el Festival de Mar del Plata) el cine de Hollywood no tiene lugar. Simplemente, la gente no va a ver películas. Pero al mismo tiempo, las películas "locales" tienen que parecerse a las de Hollywood -siempre según la teoría, cuidado- para que el espectador "se acostumbre" a las formas narrativas y temáticas de los Estados Unidos y acepte como propias sus películas. Paralelamente, los films "nacionales" deben poder agradar a todos los públicos de cualquier parte del mundo. Por eso se nomina y se premia a los que "mejor se acercan" a ese ideal. Malos o buenos, no difieren de Hollywood más que en el idioma.

 

Derecho de familia responde en parte a estos parámetros: la historia es comprensible más allá de alguna audacia narrativa, el humor es universal, etcétera. Pero hay un segundo problema: para que un film sea nominado, los productores tienen que hacer lobby. Recuerden: sólo ven estas películas unos treinta tipos. Y no las ven todas ni las ven enteras. Muchas veces se dejan llevar por las campañas de prensa y, claro, tienen más chances las películas compradas para distribución internacional (o directamente producidas) por las majors. Este año van a ser, por ejemplo, El laberinto del fauno (producción de Warner Bros.), Volver (Fox) y La maldición de la flor de oro (Sony). Habrá alguna más.

 

Así que, en parte, la nominación al Oscar extranjero es cuestión de suerte y, en parte, de relaciones públicas. Para nada tiene que ver con cuestiones estéticas. Un caso: el año pasado, la Argentina envió a competir la extraordinaria El Aura. No quedó. Este año se estrenó comercialmente en los Estados Unidos y, además del elogio unánime de la crítica, un redactor del New York Times asegura que Ricardo Darín debe estar entre los cinco nominados como actor. Es probable, ahora que ha sido vista por muchos más que esos treinta señores que viven de hacer relaciones públicas, que tenga incluso alguna nominación "en homenaje" a Bielinsky, bien tratado en los Estados Unidos.

 

¿Que si la Argentina puede llegar al Oscar? Por supuesto. Como cualquiera de ustedes puede ganar la quiniela una vez al año por lo menos. Sin embargo, nada de esto le hace mella a las buenas películas ni mejora las malas. ¿O alguien se acuerda, hoy, que esa cosa amorfa de Carlos Saura llamada Tango tuvo ni más ni menos dos nominaciones al premio? Y acá no la vio nadie.

 

De aquí a Terra.

11

de
Enero

¿Sirve para algo el Oscar?

Sí, amigos. Empezó la temporada de "ponernos serios con el cine y dar premios" que culmina con la entrega de los Oscar, esa linda estatuilla dorada por la que alguna gente es capaz de matar. Los Oscar y todos sus hijos y derivados (Globos de Oro, César, Goya, Premios Sur, de la Academia Británica, Cinta Azul de la Popularidad, etcétera) representan algo más (y algo menos) que un criterio de calidad: son en realidad un termómetro para ver qué pasa no con el cine como arte sino en el mercado del cine y las relaciones públicas. En ese sentido son un juego más que interesante.

Veamos un ejemplo. En 1983, los candidatos a mejor película eran Reencuentro, de Lawrence Kasdan; Los elegidos para la gloria, de Phillip Kauffman; El precio de la felicidad, de Bruce Beresford; El Vestidor, de Peter Yates y La fuerza del cariño, de James L. Brooks. De las cinco películas, la peor -lejos- era La fuerza del cariño, pero fue la ganadora. Eso no hablaba tanto de las virtudes del film, sino de cómo los norteamericanos querían a Shirley MacLaine y a Jack Nicholson. Además, era un film de poco presupuesto que hizo mucho dinero y se volvió enormemente popular. Y, para más datos, no tenía un "final feliz", algo a lo que los Oscar suelen ser alérgicos.

Por lo general, basta con analizar la coyuntura social y política para adivinar los nominados y el ganador. No suele haber sorpresas. El Oscar representa la tendencia a la respetabilidad del cine de Hollywood, de allí que sea tan difícil que gane un film "de entretenimiento" o "fantasía", aún cuando sea mejor que un film falsamente "serio". Los estadounidenses no consideran que sea artística en el sentido cabal del término la comedia, por ejemplo, porque suelen tener -dijimos- finales felices. Por lo general se considera que un final feliz es falso. Pero en realidad el final de cualquier película, triste o alegre, feliz o infeliz, es fruto de una manipulación, de una lógica narrativa que no es "la realidad", sino una interpretación de la realidad.

Hay excepciones. A la trilogía de El Señor de los Anillos y a Titanic (como a Lo que el viento se llevó) era imposible no premiarlas. No porque a la Academia les parecieran films buenos o serios (recuerden que ninguno tuvo premios actorales, todo un síntoma), sino porque fueron proyectos desmesurados a los que el público adhirió con devoción. Esa es una de las maneras de la demagogia, también. En ese sentido, estos premios son políticos.

O vayamos al caso de 1986 y La Historia Oficial. Cualquiera puede ver que no se trata de una buena película en ningún sentido, y que políticamente era nada más que un compendio de lugares comunes bien pensantes (la película sobre la desaparición de personas en la Argentina es Garage Olimpo, nunca La Historia…). Ganó porque a) había buenos negocios de distribución, b) la Argentina estaba en el centro de las relaciones políticas internacionales tras la Dictadura y con un presidente que se atrevía a decirle a Reagan -los republicanos nunca son queridos por Hollywood- en su propia casa que quería ser tratado como un igual, c) la película no era "política" en el sentido de estar orientada a izquierda o derecha, d) Norma Aleandro ya tenía contrato para Hollywood. Los desaparecidos, tras el Juicio a las Juntas, eran EL tema internacional. Y Hollywood es rápido de reflejos. Los motivos que dimos para su triunfo, como verán, no tienen nada que ver con el cine.

Este año, seguramente, se nominará a Los Infiltrados, Babel, El Laberinto del Fauno, Cartas de Iwo-Jima (no a La conquista del honor, que es demasiado crítica para el Hollywood de hoy) y probablemente Pequeña Miss Sunshine. Son los títulos que andan dando vueltas en todas las notas periodísticas sobre el asunto que salen en los diarios estadounidenses. Pero fíjense que sólo Los Infiltrados y Pequeña Miss Sunshine son películas que no dependen de la historia, la política, la coyuntura actual o las preocupaciones de los noticieros. Por eso, seguramente, sean las que pierdan.

El tema da para mucho más y vamos a seguir (¡Y después viene Mar del Plata!)

4

de
Enero

Lo mejor y lo peor de 2006

Feliz Año Nuevo y perdón por la falta de originalidad. Después del receso (los estuvimos leyendo, claro), vamos a tratar de armar una lista de lo mejor y lo peor del año de acuerdo con lo que opina la barra voluntariosa del Bigoblog (muchísimas gracias, de paso, por seguir paseando por acá: esperemos no decepcionarlos en el año que empieza).

Lo mejor
Por suerte no hay bien y mal absoluto y en esto hubo disidencias. Que Miami Vice sí, que Miami Vice no; que muchas buenas sólo fueron a video; que cada vez hay menos películas buenas; que nadie vio Nacido y Criado… Aunque la película que creo quedó -si no como la mejor por lo menos como la más interesante y discutible (que es lo mejor que puede dar el cine: gimnasia para el cerebro)- es Caché-Escondido, de Michael Haneke. Incluso a quienes no suelen aventurarse por territorios no hollywoodenses les pareció importante. Así que -y aunque a mí me "gustó" más El sabor del té, por ejemplo- quedémosnos con Caché. Sí, claro, pueden pegarle nomás: para eso estamos.

Caché juega al cine de suspenso, critica a la sociedad culta/burguesa francesa (hay algo sutilmente satírico, no necesariamente cómico, en lo que vemos) y también es cine político directo. Además, nos deja a nosotros la posibilidad de reflexionar sobre lo que hemos visto. Aunque es evidente que Haneke (un gran director poco conocido por acá a pesar del éxito de La profesora de piano) tiene ideas muy claras al respecto, nos pasa la pelota para que reflexionemos solos. Un poco un resumen de lo que podría/debería ser el cine de ideas. Para mí Notre Musique tiene las mismas virtudes. Y si me piden algo de Hollywood, preferiría callar. De lo nacional, los documentales o semi documentales.

Lo peor
Sé que vamos a pelearnos, pero creo que aquí hay dos películas que están en la ruta del escarnio, o tres. Para mí El Código Da Vinci no es más que una "película nada", engaño al público, etcétera. Otros dicen que Superman Regresa, que a mí me gusta pero admito que los motivos por los que le pegan son más que atendibles. Pero -sí, sí, ya sé que hay algunos defensores- creo que la peor del año fue Match Point, de Woody Allen.

Digamos por qué: Woody Allen era sutil y aquí no lo es. La música de ópera -que es bella en sí misma- está puesta para subrayar la "gravedad" del asunto. Y el personaje de Johnathan Rhys-Meyers se señala como ruín y merece nuestro desprecio. Nada de ésto pasaba en Crímenes y Pecados: allí la historia de Martin Landau era similar a la de todo Match Point, pero al final terminaba siendo ambiguo y -justamente por eso- desolador. Como si en lugar de dejarnos reflexionar a nosotros, Allen hubiera querido que todo quedase claro (todo lo contrario de Haneke). Quizá sea porque el público estadounidense ya no soporta sutilezas. Me pregunto cuántos entenderían hoy en toda su complejidad los finales de Vértigo y Más corazón que odio: creo que ni siquiera se pueden filmar ya.

Y lo demás
Lo peor del año no fueron las películas. Lo peor del año fue el crecimiento desmesurado del poder de Hollywood en la distribución, los arrebatos de viejas divas del periodismo pegándole en cuanto pueden al cine argentino más nuevo y arriesgado, y la indiferencia del público a la hora de buscar otras cosas, otros horizontes.

No me gusta mucho citar cosas personales, pero viene a cuento. Hace unas semanas estaba hablando en un café con Edgardo Cozarinsky, un gran crítico y gran cineasta. Es un hombre extremadamente culto y curioso; su amor por el cine no le quita el amor por el teatro, la literatura, la ópera o la música en general. Y me (nos, éramos varios) decía que hoy es preferible conseguir las películas que uno quiere ver en DVD que ir a las salas. Tiene algo de razón: hay un circuito (uno siempre puede entrar por el amigo del amigo de un amigo) de disquitos -no muy legal- que permite acercarse a lo que se hace en el cine mundial.

De todas maneras, no perdamos el optimismo. En 2007 vienen miles de supertanques, pero dos de los primeros estrenos del año han sido La noche del señor Lazarescu y Moolaadé, un film rumano y uno senegalés, ambos muy buenos. Y ambos una esperanza de que recuperemos lugares, variedad y emociones, que andan faltando

El año empieza, empiecen bien. Gracias.

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