28
de
Mayo
Después de Cannes

Los premios del Festival de Cannes son una muestra de diplomacia cinematográfica. Merecidos o no (hay de ambos) demuestran que el cine es un verdadero campo de batalla de las ideas contemporáneas. Y que, además, el verdadero meridiano del séptimo arte no pasa por Hollywood.
Una primera aclaración para zanjar definitivamente la antinomia "Hollywood-resto del mundo": el cine de los Estados Unidos, incluso en su vertiente más industrial, dio y sigue dando grandes películas. Lo que uno critica no es que un film sea caro sino que su único atractivo sea lo ingeniosa que sea una imagen o el costo total de producción. Lo que importa en un film es que las imágenes sean pertinentes, que estén conectadas unas con otras y todas con las emociones del espectador. El costo o el origen de un film es completamente secundario.
Los grandes mandarines de los festivales (críticos y programadores que, como una casta itinerante, andan señalando lo que debe ingresar cada año al panteón) vienen hablando de tres mundos: Asia (desde hace una década y media, por lo menos, el reservorio de lo mejor del cine del mundo), los países del Este europeo (con Rumania a la cabeza, nueva "estrella" de los festivales) y algún territorio hispano parlante. En el último Cannes fue México, que desembarcó con un lobby impresionante y generó noticias no necesariamente estéticas. Ejemplo: Cuarón, Del Toro e Iñárritu (más allá de sus calidades, los más "hollywoodenses" de los realizadores latinoamericanos, sumando quizá a los brasileños Meirelles y Walter Salles) lanzan una productora para "competir" con Hollywood; Gael García Bernal debuta como director (con un film mediocre pero saludado a rabiar por los agentes de prensa del mundo), etcétera.
Los premios hay que leerlos en ese contexto: ganó la Palma de Oro el film rumano 4 meses, tres semanas y dos días, que era favorito desde su proyección…a los dos días de iniciada la Competencia. El premio a Mejor director se lo llevó (compartido) el mexicano Carlos Reygadas, autor de la interesante Japón y la exhibicionista (y falsa) Batalla en el cielo. Aquí dejó de lado el sexo feo pero trascendente de sus films anteriores y su profesional mimetismo con Tarkovsky convenció a parte del jurado. Pero el premio fue compartido con el tándem compuesto por la dibujante Marjanne Satrapi y el realizador Vincent Paronnaud, que presentaron un film de animación, Persépolis, basado en el humor gráfico de la primera y que muestra una perspectiva personal y dramática del Irán de los últimos años. La animación es, además, el campo de mayor desarrollo del cine de hoy. Y los premios de actuación fueron para films coreanos o japoneses (de los gigantescos Naomi Kawase y Lee Chang-dong). O sea: Cannes mostró su conformidad con lo que los comisarios del arte vienen pregonando (algo de razón tienen, pero no toda la razón). Aclaro que, personalmente, estoy de acuerdo con casi todo excepto con el premio a Reygadas, que parece más un compromiso diplomático.
A propósito: políticamente hay que ver qué ambiguo es Cannes. Por un lado, la glorificación de México y el estreno mundial del último documental de Michael Moore hablan de una posición notablemente "antihollywood". Pero, por otro, los eventos más cubiertos y gritados en los medios fueron el estreno mundial de Ahora son 13, con George Clooney y Brad Pitt, y la presencia de Angelina Jolie. Sí, sí…¿En qué quedamos?
Lo otro importante es que no hubo un solo "gran maestro cannino" premiado. Ni Gus Van Sant, que presentó la magistral Paranoid Park, ni Quentin Tarantino, que fue con su divertimento Death Proof, ni los decepcionantes Emir Kusturica y Wong Kar-wai, ni el siempre excelente y postergado Alexander Sokurov. Y nada francés, además.
Que quede entre nosotros: vi algunas de estas películas. Y por eso me juego a decir que los premios fueron mejores que lo que Cannes viene significando en estos tiempos (quizá porque el jurado estaba presidido por un señor bastante equilibrado llamado Stephen Frears). Esta vez, Cannes consagró a un nuevo grupo de cineastas. La pregunta que nos hacemos es si los festivales de cine -con Cannes a la cabeza- no se habrán vuelto el último refugio de un cine más personal o comprometido. Y si, de ser así, no terminará cristalizando todo en algo parecido a un museo.




