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Esto pasó en 1946, en la ciudad de Nüremberg. Un tribunal internacional juzgaba a los máximos jerarcas nazis que pudieron encontrar por crímenes contra la Humanidad. El más importante de los que figuraban en el banquillo de los acusados era Hermnann Goering.
Su interrogatorio fue una especie de comedia sarcástica. Goering demostró agudeza mental, habilidad verbal, buen humor, una superioridad patente respecto de sus acusadores y, en más de un momento, la defensa que hizo del régimen y de Hitler arrancó ovaciones de algunos de sus antiguos camaradas. Goering tenía un dominio total de la situación.
Y entonces, los acusadores cerraron las puertas de la sala, bajaron las luces, extendieron una pantalla de cine. Una declaración firmada por el capitán de la Armada estadounidense John Ford decía que las imágenes que iban a proyectarse eran absolutamente reales y no habían sufrido manipulación alguna. Durante un par de horas, se vieron cadáveres apilados, destrozados, deshumanizados. Las huellas de la mayor de las atrocidades, esa atrocidad de la que el "brillante y divertido" Goering era absoluto responsable. La potencia de esas imágenes dejó completamente fuera de juego la estrategia de superioridad del jerarca -que se quejó de que le arruinaron la tarde, de paso sea dicho-. Condenado a morir en la horca en ese proceso, se suicidó un día antes de que se cumpliera la sentencia con cianuro.
¿Qué quiero decir? A veces es necesario dejar de lado cualquier tipo de lateralidad a de metáfora cuando se hace una película y eso, también, puede ser cine. Ese gordo molesto y cómico que es el personaje creado por Michael Moore lo demuestra de modo patente. No soy un enorme fan suyo aunque me gustan mucho The Big One y Bowling for Columbine. No me gusta en cambio Fahreneit 9/11: justamente por la manipulación y porque deja de lado, cuando lo tiene a mano, el tema principal de su film, cómo los estadounidenses están tan seguros de que el "american way" es la única realidad posible y no pueden entender que los decepcione.
Con Sicko, que pueden ver desde esta semana, el hombre vuelve a su mejor forma: va, pregunta, molesta, provoca y vuelve a preguntar y molestar. La cosa es que se vea -con la potencia de las propias imágenes, con la verdad pura de la realidad pura- que el sistema de salud estadounidense es un gran negocio al que le importa un pito la salud de los estadounidenses.
La misma literalidad, la misma potencia es la que aparece, por ejemplo, en el documental de Al Gore, La verdad incómoda. Es así nomás: la película tira una situación tremenda a la cara del espectador y le pide que haga algo.
Me preguntaba por qué en los últimos tiempos el cine argentino más interesante viene por el lado del documental y se me ocurrió, con estos ejemplos, una pequeña respuesta. Creo que estamos viviendo, cada vez más, una realidad falsa, teñida de los colores que quienes comercializan cada una de sus parcelas nos imponen. El cine mismo, cada vez más manipulado, nos brinda muchas veces sólo un rato de suspensión de la realidad. Pero como la realidad no deja de existir, en algún lugar estalla y aparece sin disfraces, cruel y como un golpe en la mandíbula. El cine, sí, es el arte de las imágenes en movimiento. Y es, también, LAS imágenes en movimiento, la huella de la realidad en su transcurso, el documento de lo que realmente sucede a nuestro alrededor. Las imágenes certificadas por John Ford, el sarcasmo doloroso de Michael Moore, el pedido desesperado de Al Gore y los intentos crecientes de los documentalistas argentinos por contar un pasado que merece explicación y un presente que se nos escapa son, cada vez más, imprescindibles.

