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27.09.07

No se puede parar el pirata




Un diálogo típico en una esquina de Corrientes y cualquiera otra:

-Buenah', ¿medal Claríniel Olé?
-Séh...
-¿Sabe si yastá Duro de Matar 4?
-Eh...'jéme ver...me quedó, sé...
-Buéh...la llevo...¿Alguna para pibeh...? ¿Bobes Ponja?
-No, mire...me llevaron el último recién recién...
-Uh...buéh. Nimporta...Ah, yaquestá déme que ahí tiene Loquel Viento Sellevó, que mi mujer me la pide siempre...
-Sé, cátiene.
-¿Qué le debo?
-Titrés setenta.
-Cóbresé.

¡Ah, dorados tiempos en los que íbamos al quiosco de golosinas más cercano al cine para conseguir un magro descuento al National Palace o al Cuyo! Ahora nos podemos llevar la película que está en cartel -y por qué no la que se estrena el mes que viene- a casa antes o durante la compra del Para Ti colección invierno, El Gráfico o el Billiken (¿sigue existiendo Billiken?).

Sirva pues de introducción para una declaración total: no se puede frenar la piratería. Ya está, las películas están ahí, en todos los quioscos urbanos, sin vergüenza. Y no, no es éste un texto que grite "¡Québarbaridábrasevisto!", sino una búsqueda de razones y una propuesta de alternativas.

En principio, da la impresión de que el asunto es "ver" una película y ya no de compartir la experiencia enorme y extraordinaria frente a la pantalla gigante. En parte porque las tecnologías de reproducción son cada vez mejores y acompañan la experiencia. En parte porque, desgraciadamente, la cultura de disfrutar de la imagen y tomarse el tiempo para beberla y fijarla en la memoria ha desaparecido casi de nuestros semejantes.

Por otra parte, las mismas empresas que se rasgan las vestiduras con ridículos cortos promocionales que, en un alarde de prepotencia, no podemos evitar cuando alquilamos una película (cortos que además comparan bajar una película de la web con matar a la madre, poco más o menos) cada vez generan mejores tecnologías de compresión, almacenamiento, copia y reproducción de datos. ¿Histeria o paradoja? Nada de eso: el mercado pirata genera pingües ganancias, pero también son promoción de lujo para los productos audiovisuales.

Y después...¿Quién no conoce ese truchero amigo que te trae a casa por monedas una copia linda y buena de El Desprecio, de Godard, junto con Las diabólicas enamoradas del sexo Vol. IV? ¿Por qué les compramos? Bien, porque es cómodo, porque siempre "alguien tiene lo que uno busca" (miren la selección local y busquen, como alguna vez dijimos, ciertas películas) y porque a 30 pesos, en la Argentina, el precio es un disparate.

Me dirán los economistas que "no, hombre...30 pesos son menos de 10 dólares, qué barato". Claro, pero en los EE.UU., país cuya moneda es el dólar, la gente cobra en dólares. Y acá, en pesos. Propongo pensar el sistema con el término comodín "mangos", de modo de calcular el impacto de la compra de un film en el costo de vida de una persona aquí o allá. Así, la edición especial en dos discos de 300 le cuesta al estadounidense medio (Amazon dixit) 22,99 Mangos. Al argentino, 54 Mangos. Y no, el disco de 300 de acá no se hace "allá", sino "acá" nomás, con costos de acá, etcétera. Debería costar, pues, 22,99 Mangos en cualquier lado, ¿no? Puede aplicar el mismo criterio a cualquier otra cosa: la globalización no es precisamente que las cosas cuesten en todos lados, cambio mediante, como en el Primer Mundo, sino proporcionalmente lo mismo. Pero claro...¿quién se anima a sacar la cuenta?

Bien, pasadas las quejas, los ejemplos y una lección ramplona de economía, una solución se me ocurre para democratizar el acceso a la información y el arte a precios competitivos. Casi todo el mundo tiene "quemadora" de DVD. ¿Qué tal si los estudios y sus representantes locales venden una licencia para bajar el DVD a la PC y cobrar un fee por una y sólo una copia? Digo: pagamos cinco mangos y ponemos el DVD virgen. Por unos mangos adicionales, podríamos bajar la portadita, etcétera. Incluso un "menú a la carta" para que uno elija si quiere todos los subtítulos, o algunos, o los extras, o no, etcétera.

Creo que eso sería una especie de solución para todo lo demás, y dejaría sin excusas a los que creen que la única manera de terminar con algo que es ilegal es reprimiendo o asustando. No sé qué piensan, pero a mí me parece una buena idea.

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  • Posteado en18:21:24

21.09.07

El cine y la realidad: relación imprescindible

 

Esto pasó en 1946, en la ciudad de Nüremberg. Un tribunal internacional juzgaba a los máximos jerarcas nazis que pudieron encontrar por crímenes contra la Humanidad. El más importante de los que figuraban en el banquillo de los acusados era Hermnann Goering.

Su interrogatorio fue una especie de comedia sarcástica. Goering demostró agudeza mental, habilidad verbal, buen humor, una superioridad patente respecto de sus acusadores y, en más de un momento, la defensa que hizo del régimen y de Hitler arrancó ovaciones de algunos de sus antiguos camaradas. Goering tenía un dominio total de la situación.

Y entonces, los acusadores cerraron las puertas de la sala, bajaron las luces, extendieron una pantalla de cine. Una declaración firmada por el capitán de la Armada estadounidense John Ford decía que las imágenes que iban a proyectarse eran absolutamente reales y no habían sufrido manipulación alguna. Durante un par de horas, se vieron cadáveres apilados, destrozados, deshumanizados. Las huellas de la mayor de las atrocidades, esa atrocidad de la que el "brillante y divertido" Goering era absoluto responsable. La potencia de esas imágenes dejó completamente fuera de juego la estrategia de superioridad del jerarca -que se quejó de que le arruinaron la tarde, de paso sea dicho-. Condenado a morir en la horca en ese proceso, se suicidó un día antes de que se cumpliera la sentencia con cianuro.

¿Qué quiero decir? A veces es necesario dejar de lado cualquier tipo de lateralidad a de metáfora cuando se hace una película y eso, también, puede ser cine. Ese gordo molesto y cómico que es el personaje creado por Michael Moore lo demuestra de modo patente. No soy un enorme fan suyo aunque me gustan mucho The Big One y Bowling for Columbine. No me gusta en cambio Fahreneit 9/11: justamente por la manipulación y porque deja de lado, cuando lo tiene a mano, el tema principal de su film, cómo los estadounidenses están tan seguros de que el "american way" es la única realidad posible y no pueden entender que los decepcione.

Con Sicko, que pueden ver desde esta semana, el hombre vuelve a su mejor forma: va, pregunta, molesta, provoca y vuelve a preguntar y molestar. La cosa es que se vea -con la potencia de las propias imágenes, con la verdad pura de la realidad pura- que el sistema de salud estadounidense es un gran negocio al que le importa un pito la salud de los estadounidenses.

La misma literalidad, la misma potencia es la que aparece, por ejemplo, en el documental de Al Gore, La verdad incómoda. Es así nomás: la película tira una situación tremenda a la cara del espectador y le pide que haga algo.

Me preguntaba por qué en los últimos tiempos el cine argentino más interesante viene por el lado del documental y se me ocurrió, con estos ejemplos, una pequeña respuesta. Creo que estamos viviendo, cada vez más, una realidad falsa, teñida de los colores que quienes comercializan cada una de sus parcelas nos imponen. El cine mismo, cada vez más manipulado, nos brinda muchas veces sólo un rato de suspensión de la realidad. Pero como la realidad no deja de existir, en algún lugar estalla y aparece sin disfraces, cruel y como un golpe en la mandíbula. El cine, sí, es el arte de las imágenes en movimiento. Y es, también, LAS imágenes en movimiento, la huella de la realidad en su transcurso, el documento de lo que realmente sucede a nuestro alrededor. Las imágenes certificadas por John Ford, el sarcasmo doloroso de Michael Moore, el pedido desesperado de Al Gore y los intentos crecientes de los documentalistas argentinos por contar un pasado que merece explicación y un presente que se nos escapa son, cada vez más, imprescindibles.

De aquí a Terra.

 

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  • Posteado en13:09:34

13.09.07

Los mejores alumnos




Me pasó algo curioso el pasado 11 de septiembre, que antes de que pasara lo que pasó en 2001 era el Día del Maestro (pero vieron que la actualidad y la moda también llegan a las fechas conmemorativas -y tampoco hay muchos que recuerden el golpe de Pinochet). Bueno, en fin...Día del Maestro es vieja costumbre y lo viejo, ya lo saben, está por Volver. A las 22 agarré en esa señal del grupo Clarín Su mejor alumno, la película de Lucas Demare sobre Domingo Faustino Sarmiento. Y resulta que la pasé bien.

Antes que nada: después de leer Facundo, libro imprescindible para cualquiera (diría que mucho más que el Martín Fierro), y conociendo sus aciertos y errores, soy sarmientino. Estoy convencido de que pocos hombres en nuestro país hicieron tanto por el progreso real de la Nación. Y además me cae muy bien que no haya sido un hombre encerrado en el destino latinoamericano de pobreza, al que le huía con bronca y determinación. Era, y esto es claro, un ser de carne y hueso y no una estampita de mármol.

Segunda cosa: durante mi infancia debo de haber visto Su mejor alumno por lo menos unas 150 veces, programa casi obligado de tardes de cine argentino (con Juvenilia, Rosa de América, La guerra gaucha y Los Isleros debe de ser la película "clásica" argenta más repetida por la TV). Con el tiempo, aprendí a despreciarla por declamada, porque Enrique Muiño me cae mal, porque Ángel Magaña parece un petrimetre (¡digan "petrimetre" sin que se les trabe la lengua!") y por la cantidad a-bru-ma-do-ra de frases célebres que incluye el guión. Lo peor es que, cada vez que dicen una, miran fuera de campo buscando la inmortalidad (o el apuntador, o el apuntador inmortal, vaya uno a saber). Lo cierto es que igual me entretenía.

El pasado 11 de septiembre, pues, habían pasado más o menos 25 años desde mi última visión. La encagnché desde el principio y descubrí por qué funcionaba. En principio, era un film de estudio, profesional, con esos técnicos que sabían cómo mover la cámara para narrar una historia. Se nota la habilidad para el montaje clásico e invisible, para que las imágenes fluyan sin problemas. Hay una especie de orgullo profesional latente y visible en la película que surge -no me cabe ninguna duda- de la ética de trabajo de aquellos técnicos que sabían qué hacer con el aparato cinematográfico.

No, por favor...no quiero decir "todo tiempo pasado fue mejor": simplemente me parece que, viendo el film no ya desde la perspectiva del pibe que no tenía nada que hacer una tarde sino con la del crítico profesional que vio de todo, hay un saber del cine clásico que se perdió definitivamente y que pasaba por esa transparencia. Cuando la tecnología no lo permitía todo, las imágenes optaban por ser efectivas. Y el realizador contaba y confiaba en sus técnicos, en los que más sabían de cada cosa. Su fin era que el público creyera en lo que estaba viendo: dudo que, de verdad, se creyeran "artistas de cine".

Esto viene a cuento también porque vi La Señal, que no está mal. No es una genialidad ni mucho menos, pero se ve con la misma tersura que aquellas películas "de antes". Se nota que Darín, a la hora de agarrar la cámara, se dijo "vamos a hacer las cosas simples, honestas y seguras: que sea una película más" y no "qué gran film puedo hacer que me lleve a la gloria de la creación estética".

O sea, no tiene demasiada ambición, pero lo que hace, lo hace bien. Algo de eso está faltando no sólo en el cine argentino sino en todo el cine: o bien se deja a ingenieros en sonido e imagen que inventen cosas, o bien se piensa en "grandes temas + grandes escenas" en busca del aplauso festivalero. "A mí me hicieron fama de amar las grandes escenas: odio las grandes escenas, prefiero contar una buena historia". Y el que lo dijo fue Orson Welles.

Por supuesto, también hay artistas que dicen "quiero hacer lo que quiera y crear libre", y optan por un mecanismo propio y por liberar la imaginación. Eso es INLAND EMPIRE, de David Lynch. O los que se las ingenian (pero hicieron unas cuántas películas primero) por decir lo que quieren dentro del mainstream (Spielberg, les guste o no). Pero en cuanto a lo que queda en la memoria, ambas películas (o las tres, es imposible olvidar la mímesis sarmientina de Muiño) tienen la posibilidad.

Y sí, yo prefiero a Lynch (y a Spielberg). Pero el cine que "no es Lynch" también tiene derecho a existir siempre y cuando apele, sobre todo, a la honestidad técnica e intelectual. Los que crean las obras maestras no son los artistas, sino los espectadores. Y el tiempo.


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06.09.07

No entendí nada



La próxima semana se estrena en la Argentina el film INLAND EMPIRE, que aquí se llamará Imperio (el título original está en mayúsculas y debe citarse así). Es el film más reciente de David Lynch y nos presenta un problema enorme a los críticos de cine: resulta que es, sin vueltas, una obra maestra del cine. De esas películas que, en lugar de aprender de la historia cinematográfica, directamente la inventan. Lo que implica que quienes lo recomendemos (mi puntaje será un 10) vamos a comernos toda clase de insultos. No, ése no es el problema: el problema es cómo convencerlos de ir a verla, de que vale la pena, de que es importante.

Porque los que creen que el cine, sí o sí, debe ser una narración tradicional con comienzo, nudo y desenlace, con una lógica mecánica y absoluta, seguro que van a insultar la pantalla (injustamente). Pero aunque la mayoría del cine es así, resulta que la narración tradicional es una alternativa. La cámara capta imágenes en movimiento o las crea: con ellas se puede contar una historia o no. Y el conjunto de esas imágenes puede emocionarnos o atraernos incluso si no cuentan una historia. Más incluso: pueden "contarla" con una lógica diferente de la literatura clásica. De hecho, Imperio cuenta varias historias que se reflejan unas en otras desde perspectivas a veces alucinadas.

Si prefieren, no lean este párrafo, porque van algunas "claves". Las historias que se tejen y destejen son:

a-Una mujer casada con un hombre celoso tiene un affaire con otro hombre (también casado con una esposa celosa). Su vida corre peligro y la culpa la persigue.

b-Una actriz se identifica con su personaje hasta tal punto de entrar directamente en la ficción que debe representar.

c-Una mujer enfrenta la disolución de su familia tras la muerte de su hijo.

d-Un director de cine trata de filmar un melodrama que alguna vez se intentó rodar, pero que está "maldito" porque sus dos estrellas murieron antes de que se terminase.

e-Una leyenda polaca cuenta sobre una mujer casada que...(ver a).

Si necesitan un ayuda memoria para ver Imperio, con esto alcanza: manténganlo en la cabeza y las "dificultades narrativas" van a diluirse bastante.

Pero es absolutamente lo de menos.

Lo que realmente importa de una película como esta es la creación de climas, cómo Lynch hace que hasta lo más cotidiano se vuelva terrorífico y angustiante; cómo construye la película con el juego de las analogías, de elementos que se repiten en dideferentes secuencias, la forma como la extraordinaria Laura Dern va del máximo glamour de una mujer de clase altísima a la degradación y transformación en una lúmpen absoluta. La inclusión de números musicales, efectos terroríficos, sonidos chirriantes, movimientos hipnóticos, elementos de comedia absurda. Es un film que hace en la pantalla grande lo que los grandes cuadros hacen en un museo: atrae la mirada, la captura y la hipnotiza. Su valor está ahí, en ser un cine purísimo de una purísima lógica onírica (no olviden: las pesadillas también son sueños).

Lo que me molestó a la salida de la privada cuando algunos colegas (y varios amigos, espero que no se enojen) fue el comentario "no se entiende nada, pero qué buena" (sumado a "esssta va a ser un fracasssso"). Lo que yo creo es que es un cine que no nos pide que lo "entendamos" en ese sentido predigerido del que hablábamos. Un cine donde el realizador, asumido como creador, muestra qué tiene en la cabeza y nos lo ofrece sin condiciones. Y sí, se entiende eso y se entienden las imágenes: son más claras que las de Transformers, donde se supone que simplemente un robot le pega a otro y no sabemos cuál es cuál, dónde viene el golpe, cuál es la mano y cuál la grúa de la cámara.

Me molesta esa idea de ver el cine o bien como un cuento aristotélico o bien como un clip arbitrario para ver fumando yerba. En el fondo es la idea de que el cine tiene que servir para algo preciso o como aditamento de otra cosa. Y en este caso puntual -y ejemplar- el cine importa por sí mismo. Lo que "hay que entender" no es "la historia" sino qué nos pasa cuando asistimos a esas imágenes alucinadas.

Les hago un pedido: hagan el esfuerzo y vayan a ver Imperio, aunque dure tres horas, aunque se pierdan en sus imágenes laberínticas, aunque crean que son absurdas. Porque es de esas pocas obras que no se olvidan.

Y al diablo las especulaciones sobre si cuenta bien o mal, si "se entiende" o si va a ir mucho público: Intolerancia, Fantasía, El Ciudadano, La adorable revoltosa, Vértigo, Las puertas del cielo y Abajo el amor fueron fracasos de taquilla. ¿Y a quién le importa?

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