Elevo mi voz de protesta: estoy cansado, harto, estufado, podrido -si se me permite el término en este contexto- del cine de terror que nos atosiga últimanente. He detectado tres corrientes:
-Destazamiento sanguinario
-Remakes de obras maestras (y no tanto)
-Fantasmitas japoneses
Está bien, admito que, entre toda la masa, ocasionalmente aparece alguna película que salva las papas del fuego. La primera La Llamada, la remake de El amanecer de los muertos (cómo nos engrupió después ese director con 300...), La casa de cera. En fin, poco o nada más. Quiero aclarar que no es porque me moleste la sangre o que no pueda verlo: algunas de las más grandes películas de la historia pertenecen al género (Psicosis, La noche de los muertos vivos, El exorcista, El enigma de otro mundo -versión Carpenter).
Hay incluso algunas películas que "parecen" del género -o lo toman como excusa- pero no lo son (el genial Drácula de Francis Ford Coppola, la noble y divertida Momia de Stephen Sommers), y otras que no se venden como "de terror" y terminan siéndolo (anoche reví Guerra de los Mundos, de Spielberg, y es una verdadera galería de horrores de principio a fin; también declaro aquí que es una obra maestra total y desafío a un concurso de pulseadas a quien quiera negarlo). Pueden agregar lo que quieran a estas listas arbitrarias.
En realidad lo que quiero decir es que los avances tecnológicos destruyeron el género. Así nomás. Gracias a los efectos digitales y mecánicos, hoy es posible en la pantalla hacer cualquier cosa con un cuerpo humano: torcerlo, trocearlo, emascularlo, eviscerarlo, transformarlo en licuado...lo que se les antoje. Y el mayor problema es que muchos realizadores creen que esto -que no deja de ser una proeza deportiva en manos de los nerds que crean efectos especiales- es suficiente para causar una emoción en la pantalla.
Viene a cuento de la última El juego del miedo, pero podría ser lo mismo para Hostel, sin ir más lejos. Supongamos que sea lícito ver una y otra y otra más secuencias de asesinato de manera continua, una más tremenda y explícita que la otra. Las secuencias de crímenes ni siquiera tienen el manejo del tiempo preciso y tenso de los asesinatos creados por Dario Argento en Suspiria o Rojo Profundo. No, acá la cosa es primero asquearse y -por saturación- luego divertirse con las mil maneras de reventar un cuerpo.
Un gran crítico cinematográfico llamado Serge Daney decía -repitiendo a Jacques Rivette,
busquen acá el texto llamado El travelling de Kapó- que, frente a la muerte, todos éramos impostores. Que la muerte no se puede representar más que con temor y temblor. La explicitud provoca asco y abulia, finalmente provoca un enorme desinterés porque
ya no vemos a ese personaje destrozado como persona sino como campo de pruebas de las últimas y más modernas técnicas de maquillaje.
Recuerden que en la famosa escena de la ducha de Psicosis jamás veíamos cómo el cuchillo entraba en la carne. ¿Por qué sigue siendo efectiva? Porque lo que importa acá es la encarnación inesperada, sobrenatural, mortífera del puro horror. La cámara reproduce la brutalidad del crimen pero siente miedo (la cámara siente miedo: ahí está la clave) ante lo que está sucediendo. De paso, vean en vuestros DVD la secuencia siguiente, la larga limpieza que Norman realiza de la escena del crimen y vean cómo ahí el miedo se multiplica. Y no a Norman, precisamente. ¿Más pruebas? Busquen explicitud o regodeo en las películas de John Carpenter. Cuando lo horroroso se hace explícito, el propio director siente ese horror. Por eso nos conmueve.
En fin, que el asesinato ya no puede considerarse como una de las bellas artes y que el género está pasando por su peor momento estético y, por lo tanto, ético. Podría decir, de paso, que a mayores posibilidades técnicas, menos imaginación en las películas. Pero creo que eso es para otro momento.
Por las dudas, sí: es mejor ver Ligeramente embarazada.