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29.11.07

Brad Pitt, el actor de cine



Para descansar un poco de la andanada política en la que nos vimos envueltos en éste, vuestro espacio, en los últimos días (¡vamos a volver a la carga si se confirma la renuncia de Fernando Martín Peña!), hablemos un poco de la película que más me sorprendió -bien y mal, aclaro- en lo que va del año y que (quizás leyeron) requirió una crítica singularmente larga en el sitio, El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford.

Primero, una anécdota. Me tocó ser jurado Fipresci en el Bafici de 2001. Le dimos el premio a 25 Watts, pero me acuerdo que en una discusión con el presidente del jurado, el ruso Andrei Plakhov, me atreví a defender Chopper, la primera película de Andrew Dominik, autor de este Jesse James. Lo que escuché de parte del correcto presidente fue "esa película es un poco fascista...espere su segundo film y va a ver". Aquí está y es evidente que Plakhov se equivocaba (la verdad, yo tampoco estaba muy seguro de que no fuera a ser así).

El film es imponente, ambicioso, enorme. Quizás lento, pero los momentos brillantes abundan y el espectáculo de la naturaleza y el hombre que se percibe en sus planos compensa sus debilidades, que las tiene. Pero de entre todas las cosas interesantes que aún me dejan pensando (qué bueno que una película se quede mucho tiempo en la memoria en épocas donde ni un plano de Transformers es digno de quedar en la cabeza), lo que más me llamó la atención fue el trabajo de los dos protagonistas, Casey Affleck y Brad Pitt.

A los dos, juntos, los vieron en las películas de La gran estafa. A Affleck en la reciente y más que interesante Desapareció una noche. A Pitt, bueno, en todas partes.

Resulta que en el último Festival de Venecia, todo el mundo elogiaba el laburo de Affleck pero denostaba el de Pitt. Cuando Pitt resultó ganador de la Copa Volpi, el premio de actuación de la Mostra, lo abuchearon. Pensé que tenían razón sin haber visto la película por ese prejuicio que uno suele tener con las "estrellas" y por la saturación que en torno de figuras así generan los medios.

Y resulta que vi la película y lo que me llamó demasiado la atención es cómo hay algo que no funciona en cierta crítica. A ver: Affleck está bien, pero es evidente que su trabajo es de composición, estudiado, calculado. Que cada gesto y cada palabra han sido ensayados y practicados para crear un personaje que tiene muchísimo de teatral. El defecto reside en que el género western se resiste a la sobreactuación, al histrionismo calculado. La naturaleza y la acción que rodea a los personajes de un western termna creando un contraste demasiado grande y separando al personaje de su contexto al punto que deja de ser creíble. Piensen, sin ir más lejos, de Dustin Hoffman en Pequeño Gran Hombre, o en Paul Newman en Buffalo Bill y los indios. Y comparen no con John Wayne, sino con el Burt Lancaster (un actor que podía filmar con Visconti) en Veracruz o con Kirk Douglas en Sangre en el río. Ese abismo es el que separa a Casey Affleck en este film de Brad Pitt.

Sí, de zorro puse dos actores que también podían componer complejos y "teatrales" personajes. Porque Pitt también lo ha hecho con fortuna dispar en films como Doce Monos (nominado al Oscar, recuerden) y Babel, un film que preferiría no recordar. Pero en El asesinato..., Pitt no es nunca histriónico. Su risa falsa es falsa porque debe ser falsa. Sus movimientos son naturales, sus palabras y comportamientos están inscriptos sin fisuras en una criatura que parece un ser humano. Pocas veces, además, se muestra con tanta precisión lo que es una persona depresiva. Depresiva de verdad, quiero decir, enferma del alma y la mente.

A tal punto es efectiva la actuación de Pitt que en más de una secuencia su presencia da miedo. Y ese miedo está tan relacionado con el trabajo del realizador para colocar la poca violencia del film donde tiene valor y conmueve como con la verosimilitud que le transmite el actor a su Jesse James. Uno realmente cree que ese señor puede, en cualquier momento, matar a alguien.

Tanto el Jesse como el Robert de la película esconden misterios. El segundo, por qué se identifica tanto con el primero; el otro, por qué su malestar, su resignación, su melancolía. Pero -y aquí está la diferencia-, Robert Ford muestra signos de ser un invento de guión e histrionismo que descubre su "misterio" en gestos inequívocos y sobreactuados, mientras que Jesse James mantiene el secreto y es puro cine, pura imagen en movimiento.

Muchos críticos, pues, saludaron a Aflleck sin darse cuenta de que su trabajo es menos cinematográfico que ese verdadero catalizador de hechos y fuerza de la naturaleza que es Pitt en el film. Aclaro que no soy fan de ninguno de los dos y que muchas veces quiero que Brad Pitt sea mejor pero me desencanto. Sin embargo, esta película enorme y cansadora brinda, por fin, un vislumbre del abismo que separa el cine de otras artes supuestamente más trascendentes. Y ese vislumbre terrible y luminoso lo provee el marido de Angelina Jolie, por una vez noticia por cuestiones puramente cinematográficas.


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  • Posteado en19:31:39

19.11.07

Bafici con problemas




En el aire se nota preocupación. Una preocupación enorme. Se trata de lo que puede llegar a pasar con el Bafici, que está en riesgo de perderse. Sería una de las mayores pérdidas posibles para el patrimonio cultural de la Ciudad de Buenos Aires y de todo el país, sin dudas: el Bafici, desde su inicio en 1999, logró convertirse en un evento al que mucha gente de todo el mundo quiere venir. Ahora está en peligro.

No empiecen con "van los nenes disfrazados de Palermo Hollywood", no sigan con eso de que "la programación es complicada y hay pocas cosas para el público" y esas quejas inútiles (como llamarlo "festival municipal" de los amanuenses de Ámbito Financiero). Lo importante del Bafici es que es el lugar donde se ve una enorme cantidad de películas de todo el mundo que difícilmente lleguen acá. Un lugar que abre cabezas y que obliga a la discusión y al contacto, al romance con el cine y también con la sociedad.

En las últimas semanas, pasaron tres cosas. La primera, que el director del Festival, Fernando Martín Peña, escribió una carta abierta al "ministro fantasma", es decir, al aún entonces no nombrado Ministro de Cultura del próximo gobierno del PRO. Luego, se designó a Hernán Lombardi ministro tanto de Cultura como de Turismo (es un empresario del segundo sector y fue miembro de la Alianza). Luego y final, el Proyecto Cine Independiente envió una solicitada pidiendo que se defina la continuidad del Bafici.

Lo que Peña viene reclamando desde el principio de su gestión y que apoya la gente del PCI es, ni más ni menos, que el Festival quede institucionalizado por ley como algo autárquico. Para que se den una idea, Cannes es autárquico: su dirección no depende de los vaivenes políticos de Francia (ni de la Costa Azul, para seguir con el símil), lo que permite que un mismo equipo de trabajo garantice la continuidad de un proyecto. Lo mismo pasa con Berlín, Venecia y hasta con una gran muestra no competitiva -NO competitiva: no hace falta ofrecer metálico, como el actual e invisible San Luis para que los directores quieran mostrar sus películas- como la de Viena. San Pablo, Río, México, Lima: todas las grandes ciudades que son, además, centros culturales de importancia tienen esas ventanas multiplicadoras de cultura cívica y estética que son los festivales de cine.

Me gustaría que leyeran tanto la carta de Peña (aquí) como la nota del PCI (aquí). La de Peña además explica la situación del Festival hoy y sus urgencias. Evidentemente hay un problema serio en la próxima administración de la Capital respecto del área Cultura. Y ese problema reside en que, sencillamente, la "cultura" (como la "educación" y la "salud") no producen ganancias. Pero son gastos no sólo necesarios: son imprescindibles.

Me gustaría que opinaran sobre esto. Y no me vengan con el razonamiento del tipo "es obsceno tener un Festival de Cine cuando los hospitales no tienen insumos", porque a) es falso y b) Buenos Aires tiene superávit. Si los hospitales no tienen insumos no es porque no haya plata para ello sino porque, simplemente, ese dinero se administra mal. Lo mismo para las escuelas.

El Bafici es el segundo caso. El primero fue Ciudad Abierta, canal que podía no gustarles pero hacía mucho por la Ciudad. ¿Y después? Claro, el Festival de Tango es tan turístico que difícilmente el nuevo ministro le niegue lugar o presupuesto. Que se entienda: no se pide que se le dé dinero al Bafici, sino que una ley asegure su continuidad y, básicamente, que exista.

Los dejo opinar.


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  • Posteado en19:09:50

15.11.07

Volvamos a las cavernas



Seguramente ustedes recuerden el mito de la caverna de Platón. Si no recuerdan o en el secundario se rateaban más seguido que yo, y a riesgo de ser reductor, era la historia de una persona que vive toda su vida encadenado a una piedra en una caverna. Lo único que puede ver es el fondo de esa cueva y, allí, proyectadas las sombras del mundo exterior. Así que para él el mundo es un montón de sombras que se mueven. Platón deducía de esta historia la idea de que siempre estamos en la caverna, que sólo conocemos la apariencia de las cosas y no las cosas en sí.

Pero como yo no soy filósofo y éste no es un blog de filosofía, quería usar la idea de la caverna para hablar contra toda tecnología. Sí, así somos de contradictorios los críticos de cine, qué le vamos a hacer. Por una vez, me coloco en contra de los DVD y los enormes equipos que, cada vez más, adornan las casas (pudientes y no tanto) de mucha gente. Y ojo que no lo digo de envidia: mi televisor 21 pulgadas estéreo es lo máximo que mi vista puede soportar y está bien.

Quiero decir: cuanto mejores son las tecnologías de reproducción de video para el hogar, cuanto más se busca reproducir (especialmente desde el sonido, que juega un rol a veces más importante que el de la imagen en sumergir al espectador en el film) la experiencia del "cine en casa", más se pierde la dimensión civil, fundamental, de la experiencia estética que era el cine.

El cine es el único arte de masas que queda, descontando el teatro -al que le cuesta encontrar su dimensión popular más allá de la estulticia declarada de ciertos espectáculos seudo revisteriles-. Pero eso implicó en otros tiempos no lejanos un montón de personas diferentes compartiendo una misma experiencia. Algo que después se trasladaba a la charla, a la discusión franca, a que el "ir al cine", además de una experiencia completa, se transformara en un disparador para formar eso que es la vida civil.

Ahora bien: cada vez más las tecnologías apuntan a crear productos que nos separan. Chateamos pero no nos juntamos, cada uno tiene su celular (ya no un teléfono por familia, sino uno por cada integrante de la familia) y la pantalla hiperplana e hipergrande con sonido 100.0 nos permite tener un cine para nosotros solos. Eso nos separa. ¿No se les ocurre que el reiterado y global reclamo de "seguridad" tiene que ver con esto de consumir cada vez más puertas adentro? Por lo demás: ¿qué política, qué movimiento se puede realizar cuando la sociedad se atomiza en individuos viviendo en sus casas cada vez más equipadas con aquello que, antes, sólo podía encontrarse "afuera"?

Esta situación también hunde al cine estéticamente. En un mundo cada vez más sensorial y menos emocional -las emociones tienen que ver con la comunicación, las sensaciones no y esa es la diferencia radical- para que un film convoque a mucha gente debe sumergirla en sensaciones. Si estamos cada vez más aislados del resto de las personas, esas sensaciones sólo pueden ser viscerales y no tienen que ver con la inteligencia. A veces me da la impresión de que ciertas películas son apenas "muestras" de lo que ese mismo film va a hacer por nosotros y nuestras glándulas cuando lo veamos en el hiperplasma con hipersonido, aislados de nuestros semejantes. Desconociendo el mundo y volviéndonos irremediablemente insolidarios. ¿Por qué creen que cada vez más gente se porta mal en el cine, habla, se queja o cuenta la trama sin importarle la persona que tiene al lado?

Yo diría que hay cavernas y cavernas. Está la caverna platónica, esa donde sólo se veían ilusiones creadas fuera y que nos impedían ver la realidad. En eso se están transformando nuestros hogares. Y después está la caverna primitiva, donde varios seres humanos se reunía para sobrevivir porque nadie se salvaba -nadie se salva- solo. Ahí nació el arte de contar historias, que por suerte sostiene mucho del cine (sí, me van a decir que a veces pugno por un cine no narrativo y es cierto: lo que suelo decir es que el cine no está obligado a serlo, no que no esté bien que lo sea...otra polémica, en todo caso).

Por eso recomiendo que empecemos a apagar los monitores y los televisores, empecemos a salir y a contruir espacios donde la comunicación. A volver a la sala de cine y al café posterior. Y en todo caso, si vemos cosas en casa, a comentarlas no sólo al cinéfilo que conocemos tan maníaco como nosotros, sino a cualquiera. Es empezar por algo, en estas épocas de apatía política y vida celular.

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  • Posteado en18:33:58

07.11.07

Sexo sexo sexo




La semana pasada sucedió algo bastante insólito. Se estrenó -después de varios meses de retraso- la comedia independiente Shortbus. A mí me gustó y pueden leer mi reseña en la cartelera de cine. Tampoco es que me pareció la octava maravilla del séptimo arte ni nada por el estilo, pero hace tiempo (mucho, desde que me convertí en una persona adulta o algo así) que las secuencias de sexo explícito dejaron de molestarme. Así que el análisis que hice fue de la impresión que me causó el film en general, tratando de justificarlo.

Pues bien, el jueves pasado en La Nación salió un brulote de Claudio Minghetti bastante feo donde decía que por qué no la calificaban como Condicionada. Saben que si un film es "condicionado" directamente sale del circuito de salas comerciales y cae en los "cines porno", que no son precisamente cines. Para más inri, Shortbus dejaría bastante insatisfechos a los habitués de esas salas porque se concentra más en los personajes y sus relaciones que en el sexo y en excitar al espectador. La diferencia sustancial entre el cine y la pornografía reside justamente allí: al porno no le importa en lo más mínimo las criaturas que pone en pantalla sino la exhibición genital.

De paso, y ya que estamos: si el porno termina siendo aburrido es, justamente, porque carece de criaturas con las que podamos sentir alguna empatía. Films de los 70 como El diablo en Miss Jones o Detrás de la puerta verde funcionaban como disparadores del deseo en continuado porque diversificaban las imágenes y construían personajes. Un plano de penetración de 8 minutos es algo así como sentarse a ver una máquina extractora de petróleo con la mente en blanco. O sea, si me disculpan el juego de palabras: la cuestión estética del porno pasa por el montaje. Sí: hoy el porno va en contra de sus propios objetivos porque dejó de ser cine. Y es más inocuo incluso que el mal cine de terror del que hablamos la semana pasada.

Bueno, en fin. Volviendo a La Nación, seguramente saben que mis amigos de El Amante reaccionaron, lo que está muy bien. Pero a esa reacción, desde aquí, yo quería agregar algo más. Quería reivindicar el sexo en el cine y también, por qué no, la pornografía.

Hay un sistema de calificación por el cual un nene no puede ver una imagen de sexo explícito. Esto quiere decir que quienes sí podemos acceder a esas imágenes estamos en edad de comprenderlas y enfrentarnos a ellas. Superado este pequeño avatar legal, creo firmemente que el cine puede y debe convocar toda clase de emociones: si es lícito que una película nos haga reír, llorar o asustarnos, también es lícito que sus imágenes nos exciten sexualmente.

Pero el sexo sigue siendo visto como algo pecaminoso y peligroso, cuando es casi la cosa más natural del mundo. Otra vez, uno no está obligado a ver una película porno o con escenas de sexo explícito (ver más arriba la diferencia), sino que paga por hacerlo: lo hace voluntariamente. En una sociedad liberal (se supone, mal que nos pese, que lo somos) cada quien es dueño de hacer con el valor de su entrada lo que quiera. ¿Por qué, entonces, restringir la visión o pedir la restricción de la visión de esa clase de imágenes que también forman parte de la experiencia humana?

Hace décadas, el gran crítico francés Barthélémy Amengual -casi no traducido al castellano- reivindicaba la pornografía como el único lugar, en el universo de la manipulación de las imágenes, donde aún vivía el ideal de reproducción de la realidad de los hermanos Lumière. Donde todo era inmediato, acción pura, documento de la realidad. Y que funcionaba justamente por eso.

Entonces se me plantea la siguiente pregunta: ¿Defendemos Shortbus contra el ataque de Minghetti porque NO es pornografía? ¿No sería mejor defender el derecho de existencia de la pornografía y, también, la pertinencia de la imagen de sexo explícito en el cine más allá de categorizarlo o no como "explícito"?

Hace un par de años soñábamos con Diego Brodersen con una película llena de estrellas que contase una historia donde el sexo explícito fuera imprescindible. Y nos dimos cuenta de que no era imposible escribir tal cosa: lo imposible era que alguien la financiara o aceptara hacerla.

La gran pregunta es ¿por qué algo esencial a ser humanos genera tanta resistencia?

Si alguien tiene la respuesta, adelante.

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  • Posteado en16:39:38

01.11.07

Basta de terror




Elevo mi voz de protesta: estoy cansado, harto, estufado, podrido -si se me permite el término en este contexto- del cine de terror que nos atosiga últimanente. He detectado tres corrientes:

-Destazamiento sanguinario
-Remakes de obras maestras (y no tanto)
-Fantasmitas japoneses

Está bien, admito que, entre toda la masa, ocasionalmente aparece alguna película que salva las papas del fuego. La primera La Llamada, la remake de El amanecer de los muertos (cómo nos engrupió después ese director con 300...), La casa de cera. En fin, poco o nada más. Quiero aclarar que no es porque me moleste la sangre o que no pueda verlo: algunas de las más grandes películas de la historia pertenecen al género (Psicosis, La noche de los muertos vivos, El exorcista, El enigma de otro mundo -versión Carpenter).

Hay incluso algunas películas que "parecen" del género -o lo toman como excusa- pero no lo son (el genial Drácula de Francis Ford Coppola, la noble y divertida Momia de Stephen Sommers), y otras que no se venden como "de terror" y terminan siéndolo (anoche reví Guerra de los Mundos, de Spielberg, y es una verdadera galería de horrores de principio a fin; también declaro aquí que es una obra maestra total y desafío a un concurso de pulseadas a quien quiera negarlo). Pueden agregar lo que quieran a estas listas arbitrarias.

En realidad lo que quiero decir es que los avances tecnológicos destruyeron el género. Así nomás. Gracias a los efectos digitales y mecánicos, hoy es posible en la pantalla hacer cualquier cosa con un cuerpo humano: torcerlo, trocearlo, emascularlo, eviscerarlo, transformarlo en licuado...lo que se les antoje. Y el mayor problema es que muchos realizadores creen que esto -que no deja de ser una proeza deportiva en manos de los nerds que crean efectos especiales- es suficiente para causar una emoción en la pantalla.

Viene a cuento de la última El juego del miedo, pero podría ser lo mismo para Hostel, sin ir más lejos. Supongamos que sea lícito ver una y otra y otra más secuencias de asesinato de manera continua, una más tremenda y explícita que la otra. Las secuencias de crímenes ni siquiera tienen el manejo del tiempo preciso y tenso de los asesinatos creados por Dario Argento en Suspiria o Rojo Profundo. No, acá la cosa es primero asquearse y -por saturación- luego divertirse con las mil maneras de reventar un cuerpo.

Un gran crítico cinematográfico llamado Serge Daney decía -repitiendo a Jacques Rivette, busquen acá el texto llamado El travelling de Kapó- que, frente a la muerte, todos éramos impostores. Que la muerte no se puede representar más que con temor y temblor. La explicitud provoca asco y abulia, finalmente provoca un enorme desinterés porque ya no vemos a ese personaje destrozado como persona sino como campo de pruebas de las últimas y más modernas técnicas de maquillaje.

Recuerden que en la famosa escena de la ducha de Psicosis jamás veíamos cómo el cuchillo entraba en la carne. ¿Por qué sigue siendo efectiva? Porque lo que importa acá es la encarnación inesperada, sobrenatural, mortífera del puro horror. La cámara reproduce la brutalidad del crimen pero siente miedo (la cámara siente miedo: ahí está la clave) ante lo que está sucediendo. De paso, vean en vuestros DVD la secuencia siguiente, la larga limpieza que Norman realiza de la escena del crimen y vean cómo ahí el miedo se multiplica. Y no a Norman, precisamente. ¿Más pruebas? Busquen explicitud o regodeo en las películas de John Carpenter. Cuando lo horroroso se hace explícito, el propio director siente ese horror. Por eso nos conmueve.

En fin, que el asesinato ya no puede considerarse como una de las bellas artes y que el género está pasando por su peor momento estético y, por lo tanto, ético. Podría decir, de paso, que a mayores posibilidades técnicas, menos imaginación en las películas. Pero creo que eso es para otro momento.

Por las dudas, sí: es mejor ver Ligeramente embarazada.


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  • Posteado en15:59:10