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Archivo para: Diciembre 2007

26.12.07

¿Va a estar bueno el Bafici?



Postdata o pre postdata, como quieran:
El nuevo director del Bafici es Sergio Wolf. Es una alegría después de tantos rumores (ver abajo): Sergio demostró con creces que es una de las personas más capaces para ese lugar y lleva tiempo trabajando en el Bafici. Lo cierto es que Edy Flehner estuvo confirmado (de todas maneras, verán el texto que sigue en potencial, porque la confirmación no era "oficial", sino que venía de "fuentes inobjetables" que, al no autorizar su nombre, se volvían "objetables") y de allí el patalear antes de que cayera la noche.

Esto no le quita peso a las desprolijidades (se levantó dos veces el anuncio del sucesor de Peña; no dudo que los comunicados de Fipresci y el PCI tuvieron algo que ver) ni a lo que podría pasar más adelante. Ni, por supuesto, carece de peso -ahora tiene mucho más- el pedido de autarquía para el Bafici.

Lean nomás abajo y sigan discutiendo. Fanatismos e insultos aparte, sirve muchísimo que descarguemos ideas. De paso, y a todos, gracias por 2007 y feliz 2008. Va texto "como estaba":


Pasó lo que todos temíamos, indefectiblemente como suele ser en este país o esta ciudad-estado que es Buenos Aires. El Bafici se quedó sin su cabeza porque a nadie le importó mantenerla y los rumores de alejamiento de Fernando Martín Peña, como todos saben, se confirmaron. Ahora hay otros rumores. Uno, que el responsable del Festival sería Sergio Wolf, lo que es una garantía de seriedad y continuidad del trabajo ya realizado. El otro, temible, que el nuevo director del Bafici sería el publicitario Edy Flehner.

Flehner hace una cantidad enorme de cortos publicitarios al año. Su acercamiento al cine independiente tiene grandes raíces: fue el productor de Cohen Vs. Rossi y tuvo que ver con películas como Comodines y el debut cinematográfico de La Sole, La edad del sol. Un currículum insuficiente y totalmente opuesto para el cargo al que sería promovido.

Como para seguir afianzando los lazos entre el Pro y la ex-Alianza (costado radical), Flehner es además el marido de Cecilia Felgueras. ¿Recuerdan a Cecilia Felgueras? Fue la segunda de Darío Lopérfido en el área de Cultura del Gobierno de la Ciudad. Entonces planeaba recuperar cines de barrio -yo le hice una nota para La Maga en esa época- con un presupuesto soñado que andá a saber en qué quedó. Después, cuando De la Rua pasó a ser presidente por el breve lapso que le permitió su ineptitud, y siendo vicejefa de Aníbal Ibarra, pasó a interventora del Pami. Su segundo en el Pami era Horacio Rodríguez Larreta, hoy hiperreferente de Macri. Hay muchos radicales sushi en el Pro: no sería extraño ver actuar a Shakira en la 9 de julio.

En fin, ustedes dirán "qué importa". Yo me pregunto por qué no hay memoria y cómo puede ser que gente que no tiene ni el perfil ni la idoneidad profesional para ejercer cargos como éstos sigan dando vueltas por la política argentina. Sí, claro...ustedes no los votan porque son gente "designada". Pero ¿Esperaban otra cosa del gobierno Pro?

Sigamos. Como saben, tanto el PCI como Fipresci piden la autarquía y la independencia del Festival. Blindarlo, digamos, al humor del caciquito de turno. Otra vez, ustedes dirán "buéh, después de todo es el Festival de Cine y no los hospitales". ¿Cómo saben que este comportamiento autoritario, antiprofesional y evidentemente resultadista no va a repetirse en el resto de las áreas del nuevo gobierno? Me hago cargo: lo que está cerca del arte, el espectáculo y la cultura tiene mucha visibilidad porque así funciona el mundo. Es decir: yo puedo criticar y patalear por esta idiotez alrededor del Bafici y muchos mandarines culturales saldrán a decir lo suyo indignados y señalando con el dedo, mientras que si el problema son contratos de prestación con sanatorios o que un funcionario encargado de planificación fue defensor de la dictadura, nadie dice mucho o se queja.

Bueno, entonces me parece útil contar estas cosas. Aclaro que mi relación con el Bafici es que conozco personalmente y soy más o menos amigo de algunos de los programadores y que -doy fe- son gente con un enorme amor por el cine y la conciencia de que mostrar imágenes de todo tipo y de todo el mundo es intervenir políticamente en el mundo de todos los días -supongo que eso se esconde detrás de las críticas como que "hay películas que no son para el público", ¡Es un festival de cine, no la presentación de El Código Da Vinci!-. Y que lo hacen muchas veces en condiciones difíciles, a veces sin contrato, a veces como pueden.

Porque esto pasa ante cada cambio de gobierno (nacional, estadual, citadino, cualquiera) es que las cosas que valen la pena deben ser autárquicas e independientes. Uno no pide que nadie controle las cuentas -para eso hay una sindicatura- sino que quienes saben hacer algo y lo hacen bien sigan haciéndolo. Sería una excelente lección democrática: lástima que, más allá del proceso eleccionario, pocos tienen conciencia de lo que implica "democracia".

Si las cosas siguen así, va a estar bueno tener la propia videoteca.


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  • Posteado en15:21:42

12.12.07

Bajen el precio de la entrada de cine




Con varios colegas venimos pensando en hacer algo para que las entradas de cine bajen de precio. No es que me "copio" de lo que dice por ahí Gustavo Noriega o lo que publicó Agustín Campero en el último número de El Amante, sino que como somos gente social y charlamos mucho, todos tenemos más o menos las mismas ideas, o pensamos más o menos en lo mismo al mismo tiempo aunque con opiniones diferentes.

Pero como quiero sumarme a esto, repito: la entrada de cine está demasiado cara. ¿Estamos? La entrada de cine hoy cuesta 17 mangos. Las promociones son pocas y cada vez más restringidas. A ese precio, poca gente es mucha plata. Pero resulta que acá la entrada de cine es más cara que en los Estados Unidos y Europa.

¿Cómo es ésto? Veamos. Si ustedes viven en Nueva York, digamos, y cobran un salario de 1.000 dólares (sí, sí es una exageración: con esa plata viven en un banco de Central Park; el actual ingreso anual per cápita de los EE.UU. es de 41.557, algo más de 3.000 por mes) y la entrada promedio en Manhattan (carísima) es de 12 dólares, pueden comprar con esos mil dólares 83 entradas. En París, la entrada sale poco menos de 9 euros. Es decir, si ganan 1.000 euros compran 111 entradas. En Londres, el promedio está en 10 libras. Es decir, compran 100 entradas.

Si en Buenos Aires tienen 1.000 pesos (¿y quién gana 1.000 pesos? Bueno, no...ésa es otra cuestión) y la entrada sale 17, compran 58 entradas. Y comparé tres ciudades muy caras con una cantidad de dinero absurda para que todo quede bien claro. En la Argentina, el cine es carísimo. Porque el asunto no es que ustedes miren la conversión de pesos a euros, dólars o libras. Los cines en la Argentina pagan salarios (miserables) en pesos, pagan impuestos en pesos y cobran, justamente, en pesos.

¿Entonces? Entonces cuanto más cara sea una entrada, menos gente va a ir, menos se van a vender, menos películas se van a ver (claro, si hay poca demanda, por qué tiene que haber mucha oferta, ¿verdad?) y el cine cada vez más se transforma en un entretenimiento de elite en lugar de seguir siendo un arte popular.

¿Qué tenemos que hacer? Propongo algunas cosas:

1) Juntarse de a muchos e ir a ver blockbusters a las funciones de la mañana de los multiplex, cuando salen más baratas o casi normales.

2) Paralelamente, no ir más al cine a la tarde y a la noche.

3) Organizar petitorios y presentarlos en todos y cada uno de los cines.

4) ¿Algo más agresivo? Organicemos un fin de semana sin cine. Es decir: crucemos mails, mensajes, avisos a toda persona que conozcamos y digamos "buéh, tal sábado y tal domingo no vamos a ver nada a ninguna parte". Sí, es complicado, pero por algo hay que empezar.

5) Enviar todos, todo el tiempo TODAS las entradas de cine que tengamos al INCAA para el concurso. Y poner en sobre aparte las que no tienen la forma obligatoria, porque eso implica que no se están pagando los impuestos respectivos a la exhibición (sí, bueno, eso también da para discutir).

Tengo más, pero como no sé si es legal proponerlo, me callo. Ustedes imaginen. Lo que quiero decir es que tenemos que hacer algo para que el cine vuelva a ser un lugar de encuentro democrático y no un parque de diversiones aburrido. ¿Se entiende? Sí, se entiende.

Por lo demás, otra protesta: cada vez que alquilo un film en mi videoclub de marca enemigo, tengo que bancarme tres o cuatro minutos de lo siguiente:

a) Dos nenitos conminados a decir, en mexicano, tonterías porque miran una película pirata. "Tenemos un papá pirata", dice un mexicanito rubio (como la mayoría de los mexicanitos, claro). El mensaje dice "Las películas piratas se ven mal, pero tú como padre te ves peor". No sólo es una publicidad horrible, sino que después de Johnny Depp...¿Qué nene no quiere tener un papá pirata?

b) La otra, la de "no robarías equis, y griega, zeta", que termina con carteles que dicen "Bajar-Películas-De Internet-Es un robo- El Robo- Es- Ilegal". ¿Quién fue el publicista idiota que hizo eso?

c) Un minuto de mensaje neutro de la Unión Argentina de Videoditores sobre el holograma de seguridad etcétera.

¿Por qué miércoles, jueves, toda la semana tengo que ver obligado eso? ¿Por qué no puedo pasar esos mensajes idiotas con mi control remoto? ¿Y cuánto se llevaron los que armaron esas terribles e inoperantes tonterías? Porque encima la cosa es que este asunto no queda sujeta a mi libre determinación de ver o no ver algo: estoy o-bli-ga-do, repito, a verlo si quiero acceder a la película. Eso es autoritarismo del peor cuño. Fascismo publicitario.

Y tercera protesta: una pena que no discutan el post anterior sobre cine argentino, porque está terriblemente relacionado con esto que hablamos acá.

Sí, sí, ya sé: es más importante que la leche está por las nubes o el pan sube o el transporte aumenta, porque son cosas imprescindibles. Ojo: el cine también es imprescindible, es uno de los motivos por los cuales comemos, laburamos, trabajamos y nos quejamos de lo caro que está todo.

Saludos al Indec.

  • Creado por El BigoteCreado por El Bigote
  • Posteado en19:26:06

06.12.07

Dónde está el cine argentino




Ha sido un año tremendo para el cine nacional. No hubo grandes películas, lo que parecían "tanques asegurados" (cañoncitos de dulce de leche en realidad) no lograron cumplir con sus expectativas. El cine independiente apenas puede anotarse el parcial éxito de crítica de Una novia errante o Música Nocturna, y el documental tuvo varios interesantes ejemplos fuera del circuito comercial y Pulqui, un verdadero gran film. Poco o nada.

Es decir, piensen que este año fracasaron Isidoro, El Arca, Incorregibles. Que el debut de Dady Brieva en la dirección (màs que digno, aclaremos) no tuvo éxito, que el segundo intento de Fito Páez en el cine (un film alegre y feliz como pocos) pasó sin pena ni gloria.

Es decir, estamos en un momento difícil de describir. Las grandes luces de la renovación del cine nacional que aparecieron a fines de los 90 y principios de los años 00 no se apagaron pero ya no brillan como antes. La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina (¡Miren que hay que ser genuflexo para no ponerle "Academia de cine nacional de la Argentina", por ejemplo, o algo menos igual que la que otorga el Oscar, único norte estético de la mayoría de nuestros "prodiúcers"!) se congratula de nada en la entrega de su premio insignificante. Y encima, dado que soplan vientos de cambio político y el mundo se tiene que acomodar a la cristinadad, organizaciones que obtuvieron pingües beneficios con la actual dirección del INCAA piden la cabeza de Jorge Álvarez. Para más inri...¿Vieron que hubo un gran festival de cine en San Luis con estrellas y todo? Ah, no...no vieron. Nadie vio. Ni dieron notas, ni el Estado provincial se comportó como parte de un país...sí, sí...imaginen quiénes fueron a cubrirlo...Sí, vino Catherine Deneuve, pobre.

En fin: el tema daría para más chacota si no fuera que el cine es muy importante. Porque el cine es la ventana que el hombre tiene al mundo, ni más ni menos; la posibilidad de ser testigo de lo extraordinario. Y también, caramba, el cine de un país es el prisma y la lente que genera memoria colectiva. Imaginario viene de "imagen", como es obvio.

La cosa es que, quizás porque fue año electoral, nada importante pasó en la pantalla grande vernácula. O sí: pasó que nadie fue a ver cine argentino, ni bueno ni malo. Que la tendencia pulpo de la distribución y exhibición se volvieron más dañinas, si cabe, que en años anteriores. Y que falta lo nuevo.

Por eso me parece interesante la solicitada que lanzó la gente del PCI (Proyecto de Cine Independiente) respecto de la situación actual de nuestro cine, que pueden leer acá. Para que se entienda mejor: las firmas incluyen a varios de los realizadores más talentosos y arriesgados de la actualidad. Dos cosas se destacan de entre los puntos. El primero es el pedido de "normalización" del INCAA, que hoy está funcionando sin su Consejo Asesor (que es el que tiene a su cargo el asesoramiento, justamente, en la ejecución del presupuesto) y el pedido de "transparencia".

A principios de este año, el diario Perfil publicó una investigación sobre cómo se había incrementado el patrimonio de Jorge Coscia durante su paso por el Instituto. En esa nota se dejaba claro que ningún pedido de resolver irregularidades que enviase la Sindicatura General de la Nación había dado resultados. El presupuesto del INCAA es el 10% de toda entrada o alquiler cinematográfico registrado en el país. Plata que justifica con creces ser auditada.

Lo que quiero decir con todo esto es que no hay posibilidad de un cine bueno en condiciones de poca transparencia. Que se siguen haciendo negocios privados, subsidios mediante, con fondos públicos. Y que nadie quiere dar la discusión de fondo, no ya si hay o no que subsidiar el cine -imposible hacer cine nacional sin subsidios- sino quiénes se benefician realmente con el presupuesto del INCAA. Sí, ahora me van a correr con "la iniciativa privada", etcétera.

Estamos hablando de que gran parte del problema es que los "privados" llenan películas con chivos -sin participar al Estado del dinero que eso provee-, inundan salas y espacios publicitarios que tienen casi gratis por la vincuación con un canal de TV y además cobran subsidios. Y esos son el problema, justamente, no la gente del PCI.

Lean la nota y digan si les parece bien. A mí, sí.
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  • Posteado en18:27:09

03.12.07

The Police

Amigos:

Pido disculpas por ocupar este espacio de cine con un texto sobre música. Resulta que en la adolescencia fui fan de The Police (mis fanatismos eran medio raros en música: Leonard Bernstein, The Police, Yes, Beatles, Zeppelin, Charly García, Mercedes Sosa, los Blues Brothers, Aretha Franklin y The Clash; por eso soy crítico de cine) y me invitaron a ver el recital del domingo. Apelando a la impunidad del blogger, pedí escribir algo al respecto y aquí está. Pueden decir lo que quieran.

En el segundo concierto River no estaba a pleno. No como, por ejemplo, a fines de 1987, cuando el propio Sting inauguró la era de los megaconciertos en la Argentina. Había menos gente que en los shows de los Stones o de Soda Stereo. De todas maneras, el clima era de muchedumbre.

Muchedumbre amable, sin posibilidad de riesgos, corridas o roturas. Muchedumbre sonriente dispuesta a pagar 10 pesos la caja de galletitas saladas, seis el agua mineral de medio litro y cinco la coca (la coca es más barata porque da más sed de la que quita). En la popular de River había, por lo menos, 50 centímetros a cada lado de cualquiera que se parase a bailar o aplaudir cada tema.

Que no eran todos: una parte importante del público gozó el recital reconcentradísima, mirando los enormes plasmas y los extraordinarios juegos de luces a través de la pantalla del celular mientras grababan en pequeños microvideos de calidad ínfima el histórico hecho. Lo que es el progreso.

Algo curioso: el público de por lo menos el segundo de los recitales de The Police incluia no pocos niños (algunos de pecho), preadolescentes y adolescentes, todos acompañados por alguien que bordeaba, rodeaba o pasaba los 40. Y sí: alguien tenía que saber las letras o dónde iban colocados los "Ieeeee-ieee iooooo" de The Other Way of Stopping, clásico disparador de griterío de la banda. Que, claro, es ni más ni menos una banda de hits: como dijo una vez Roberto Petinatto, la mayor influencia que ejerció The Police en la Argentina fue que los disc-jockeys de las radios comenzaran a tener buen gusto (en los 80, aclaremos: hoy en una misma radio con nombre de padre del dibujo animado se puede escuchar en seguidilla a Ricardo Arjona, los Rolling Stones y Maroon 5 sin que nadie pida disculpas).

Bien, es lo de menos el hoy, porque el recital de The Police obliga a ser testigo del ayer. O de que los tres teñidos-de-rubio tienen algo parecido a la máquina del tiempo, o que con dinero uno se mantiene mejor, algo así. Lo cierto es que eran sólo tres personas en el escenario y sonaron como doscientas. También que tocaron todo lo que debían tocar sin marrar una nota ni cometer la indecencia de envejecer en el escenario. Y también que son músicos de verdad.

Sting es Sting, el mismo Sting al que la revista Humor, en 1980, calificó de "un poco demagógico". Sting es un rocker profesional (Johnny Lydon alguna vez Rotten dijo de él que no era un músico "nine to five" pero que iba camino a eso: no se equivocó demasiado) y sabe cuándo pedir que lo sigan en el canto y cuándo no insistir, cuándo sonreír y decir con la mirada "jé, acá tienen ese hit que estaban buscando".

Sabe, también, que la empatía tiene un límite. Y que es un recital de The Police, no de Sting: tocó el bajo con la precisión acostumbrada y permitió el lucimiento de sus partners. ¿Que no llega a los agudos que adornaban los primeros discos de la banda? Es lo de menos: quien haya visto ese clásico de los boliches de los 80 que fue el concierto final de The Police (ah, el VHS repetido con el muchacho bailando Wrapped Around Your Finger en porro...) sabrá que ya no "llegaba" en esa época.

Lo que no le impidió sostener impecablemente la voz en ese casi himno que es Synchronicity II o alcanzar la cota rompegargantas del puente de Every Breath you Take. Oficio, le llaman, y estado físico impecable.

Lo de Stewart Copeland fue enorme: demostró por qué fue uno de los primeros bateristas en salir a buscar otra cosa además del beat perfecto para una banda de rock. De allí la obsesión por conseguir sonidos y construir con ellos, lo que quedó perfectamente plasmado en ese experimento personal que fue The Rhytmatist o en la banda de sonido de La Ley de la Calle.

El baterista veloz y a veces rupturista se dio la mano en River con el melodista de la percusión, haciendo olvidar las capas de sintetizador que envolvían los tracks de Ghost in the Machine o Synchronicity. Temas como Wrapped around your finger o Walking in your footsteps (dos de los por lo menos ocho hits de Synchronicity) sonaban, gracias a los juegos percusivos de Mr. Stewart, como en el disco: prueba para el oído mal entrenado de que The Police siempre fue un verdadero trío y no Sting más dos.

El que no sonó como en ningún disco (bueno, quizás en Outlandos d'amour) fue Andy Summers. En The Police, Summers buscó siempre un sonido climático, solos hechos de acordes o capas de acordes que se acoplaban más tarde en la producción (no debe de haber disco más difícil de presentar en vivo que Ghost in the Machine). Había, cada tanto, algún solo visceral, antimelódico, anguloso. En su trabajo solista -escuchar por ejemplo su álbum XYZ- sigue esa deriva hacia un jazz climático. Pero el Andy Summers que aparece en este Police es otro, más cerca de Jimi Hendrix que de Pat Metheny, si se disculpa el símil.

Si en el escenario había un rocker, era Andy Summers. Solos asesinos, guitarra veloz: The Police fue la new wave, The Police creó uno de los mejores discos pop de la historia (varios de los mejores, pero también Synchronicity). Y gracias a Andy Summers, The Police hoy, en el escenario, es una banda de rock.

Nadie puede quejarse del repertorio. No faltó ningún hit, básicamente: la Enciclopedia Ilustrada The Police sin fallas. Por lo demás: ¿quién se atrevería a pedir que cambiasen, digamos, Roxanne por Spirits in the Material World o Message in a Bottle por Rehumanize Yourself?

Sabiamente, varias de las canciones que Sting versionó como solista (Bring on the Night, Shadows in the Rain, Demolition Man, Too Much Information, One World-Not Three, siguen hits) no figuraron en la lista. Quizás sí sea sorpresiva la aparición de Truth Hits Everybody, de Outlandos... (es como poner, digamos, Canary in a Coalmine de Zenyatta...), pero de lo demás, nada. Lo que en estos casos está muy bien: The Police no es una banda que revolucione la música actualmente, sino una con historia. Y la selección de 19 temas demuestra que es una de las historias grandes del rock y el pop.

Entre esas 19 canciones, las hay geniales (¿quién puede decir que Every Brteah you Take NO es una de las más perfectas canciones pop de la historia? ¿Quién le puede negar a Roxanne el lugar de hiperclásico al lado de -y sin desmerecerse ante- She's Living Home o Brown Sugar? ¿Quién no considerar que la melodía de Every Little Thing She Does Is Magic está a la par de la de cualquiera creada por Elton John o Paul MacCartney?). Las hay hiteras también. Y las hay perfectas y hiteras: esas que se definen como un verdadero pedazo de historia de la cultura popular. Esas que sabemos todos.

Bien, eso es lo que The Police puede ofrecer. La puesta de luces del show -perfecta también, con las pantallas de alta definición más increíbles que se han visto en estos pagos- jugaba con eso, con las tapas y los colores de cada disco envolviendo cada tema, con algún que otro clip de niños con hambre (Invisible Sun, más cerca del blues que del reggae industrial -si cabe la definición- que aparentaba ser en Ghost in the Machine) y, al final, unas cuántas fotos de aquellos policías de fines de los 70 y principios de los 80.

Cosa rara: quien esto escribe hacía por lo menos 15 años que no escuchaba un solo disco de The Police tras haber sido fan irredimible. Pero ante cada par de acordes, le salía toda la letra completa de cada canción. Eso sí: no podía moverme como en 1983. Lo malo es que ellos, en el escenario, sí. Malditos.

¿Ofrecieron entonces nostalgia? No: hicieron lo mejor que pueden hacer, música en vivo con potencia, alegría y felicidad. Ninguna novedad: cualquiera que haya estado en River sabe que eso es todo lo que hay y habrá de The Police, que la historia de The Police es algo terminado y que es agradable que nos paseen en vivo por ella sus mismos protagonistas. The Police no ofrece futuro y, por suerte, no mostró pasado en decadencia: es un simple y enorme presente histórico, ni más ni menos.

La salida de la cancha, sin incidentes.



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