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28.02.08

Perdido con Lost

Este domingo comienza la nueva temporada de Lost. La cuarta temporada, para ser precisos. Si son primerizos, como el que escribe, pueden ver todas las anteriores en TerraTV. La noticia del regreso de Lost es un poco extraña porque me da la impresión de que no hay fan en el mundo que no haya visto el primer episodio del año cuatro. Después de todo, está para descargar en miles de sitios de todo el mundo (y con subtítulos).

Pido perdón, pero a mí Lost no me apasiona. Digamos que ni me gusta. Mi afición por las series terminó el 14 de mayo de 1989. No, no porque ese día Menem ganó su primera elección presidencial sino porque –cosa del destino- fue la fecha de emisión del último episodio de Moonlighting, aquella perfección con Bruce Willis y Cybill Sheperd. Desde entonces, me prometí no seguir ninguna emisión que me obligara a no perderme capítulos. Como buen cinéfilo, soy enemigo del continuará.

Seguramente hay algo de pereza: me educaron para que la pantalla me diera todo lo que me tiene que dar en una cantidad preacordada de horas y/o minutos. Aunque me gustaba, siempre odié esos capítulos de La familia Ingalls donde se iban a una ciudad y uno tenía que esperar semana a semana hasta que, finalmente y con un hijo adoptado, se volvían a Walnut Grove. Dejé de ver Galáctica (aquella Galáctica, la del tipo de Bonanza) cuando tenía que esperar demasiado para ver un ataque cylon. Y sí, confieso: me banqué los episodios triples de cada miércoles de 1984 de V-Invasión extraterrestre porque era un mes, nomás. La serie bien, gracias, a lo mejor algún día la recuerdo.

Mi problema con Lost es que, en lugar de atraparme sus misterios, cada uno me parece una pirueta más de guión casi realizada a lo desesperado. Y porque, en realidad, todo suena muy artificial. Imagino que los creadores de la serie no tenían muy claro a dónde iban –les creo que tienen el final desde siempre- y que el éxito comercial los obliga a estirar lo inestirable. Hay personajes que me resultan interesantes y otros, tediosos. Pero el problema básico reside en el “continuará”. Para lograrlo, hay que meter más y más subtramas y entretejerlas hábilmente con el hilo principal, pero dado que muchos de estos hilos se inventan sobre la marcha, noto una gran inconsistencia.

Por otro lado, me parece una serie cínica. Matar personajes que uno quiere porque sí, para golpear –no pocas veces debajo del cinturón- al espectador es algo que me parece demasiado manipulador. En el cine, la manipulación evidente es enemiga de la creación de un mundo autónomo (por supuesto que hay excepciones, verbigracia Godard), pero siempre es un punto a discutir. En cambio, cuando se trata de una serie de televisión que se reclama –más allá del uso de flashbacks o flash-forwards, algo que existe desde que el cine narra- clásica, que tiene como núcleo su “cuento” y sus “personajes”, matarlos, introducir vueltas de tuerca cada dos segundos e inventar misterios es algo así como la inflación que devalúa el producto.

Como verán, no será Lost la serie que me lleve nunca a una isla desierta.

De aquí a Terra.

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  • Posteado en18:22:00

25.02.08

Lo que el Oscar nos dejó



Bueno, en fin. Pasaron las grullas y los Oscar. En realidad no pasaron: como saben, no tengo cable y por eso me tengo que conformar con el minuto a minuto. Ustedes si quieren opinen de la fiesta, yo la veré mañana. No creo que me pierda de nada, salvo de las lágrimas de la platea cuando aparezca la imagen de Heath Ledger a la hora de los obituarios. De todas maneras, me parece que es la primera vez que la película ganadora no está en cartel en el país cuando se entrega el premio. Eso habla de la desorientación que significan: es tan grande el peso de los blockbusters insustanciales que las películas nominadas al premio son casi imperceptibles en las carteleras globales. Quizás Hollywood tome nota de todo esto y algo cambie en el negocio. No creo, pero soñar no cuesta nada.

O sea, ganó Sin lugar para los débiles. Un film con una primera mitad sólida, seca, casi perfecta en cuanto a narración y uso del espacio. Hasta que aparecen los personajes de Woody Harrelson y Tommy Lee Jones y todo tiende a la filosofía y a la justificación de un film "de género" por el lado de la denuncia de "qué mal que está el mundo, ¿vio, doña?". Qué quieren que les diga: con el tiempo, Juno y Petróleo Sangriento van a forjar más memoria que este film correcto que se quiere disfrazar de importante. De paso, los Coen se llevaron el premio a la mejor dirección. Debería revisar, pero creo que es la primera vez que ganan dos personas en el rubro. La verdad, también se lo merecía más Paul Thomas Anderson. O Jason Reitman, hijo del gran canadiense olvidado Ivan "Cazafantasmas" Reitman, por La joven vida de Juno. Pero bueno, ya está, se lo dieron a estos muchachos y da la impresión de que la Academia -como hizo el año pasado con Scorsese- está pagando viejas deudas. Cada vez más este rubro parece ser a la trayectoria (del tipo "tomá y no jodas más") que al trabajo real de un realizador.

Veo algunas justicias. Ratatouille ganó como mejor largo animado (si ganaba Persépolis también me ponía contento, pero la de la rata es una obra maestra). Bardem ganó, era casi número puesto. En realidad si lo piensan (bueno, si lo piensan cuando vean la película), es el mejor personaje y la mejor actuación de la película de los Coen. Realmente es una caracterización cinematográfica en un film habitado por entelequias.

Otro tiro para el lado de la justicia es que ganase el premio a Mejor canción Falling Slowly, de una gran película llamada Once (atención que me contó un pajarito que va al Bafici), un musical "artesanal" sobre un muchacho de Dublín y una inmigrante checa que laburan de cualquier cosa para vivir pero después se dedican a la música. Y se conocen, enamoran y componen canciones. Todo en la calle, con nada de producción y un corazón así de grande. Esa canción sincera y perfecta le ganó a los "números puestos" de Encantada. Lo que se dice votar con los ojos y las orejas al mismo tiempo.

También es justo el premio de guión original. La joven vida de Juno es una gran película que va mutando poco a poco, de comedia irónica y distanciada a film comprometido con sus personajes. Diablo Cody, la escritora, se nota que no sólo tiene talento para escribir el diálogo sino también para crear su sonido. Uno puede decir la mejor frase, pero la cuestión es cómo suena. Y suenan muy bien. Ratatouille también tenía un guión genial, pero aquí no hay queja. Y más justo que Transformers no ganase mejores efectos especiales (aunque La Brújula Dorada no es ninguna maravilla tampoco).

Le dieron el premio de guión adaptado a los Coen. Bueno, está bien, qué sé yo...Expiación, deso y pecado es una adaptación mejor (dan ganas de leer el libro). Y si bien el guión de Petróleo Sangriento es muy bueno, casi no tiene nada que ver con la novela original de Upton Sinclair en la que se basa. No vi La escafandra y la mariposa. Lejos de ella tiene un guión sólido también, pero no necesariamente extraordinario.

Lo de Daniel Day-Lewis es bastante lógico. Yo prefería a Viggo Mortensen o Johnny Depp, pero el Daniel Plainview de Petróleo Sangriento es uno de esos personajes que quedan en la historia. Quizás no les guste mucho ahora, pero esperen unos años y la película va a cobrar importancia. Porque si bien Day-Lewis sobreactúa o se pasa de rosca, Paul Thomas Anderson logra que quede perfecto: una gran colaboración actor-director (lo mismo valía para mis favoritos, claro).

Siguiendo con la remake yanqui y eterna de Cuidado con las imitaciones, pero sin la Cruzada del Buen Humor ni, mucho menos, Tito Martínez del Box(a ver quién entiende este chiste), le dieron el premio de Mejor Actriz a Marion Cotillard por sufrir y gritar y sufrir y recordar al nene muerto y sufrir y cantar y sufrir en La vie en rose. Desde aquí, gritamos un ¡Aguante Ellen Page!, que es la pura humanidad en La joven vida de Juno. Y le mandamos un beso a Julie Christie, que aunque a mí no me guste Lejos de ella está más que bien. Premio pésimo.

Como el de Tilda Swinton por esa cosa amorfa llamada Michael Clayton. ¿La vieron? Seguro que no, porque anduvo mal y tampoco la alquilan mucho en los videos (ni que hablar de que la reestrenaron). Le saca el premio a Cate Blanchett por su trabajo en I'm not there. Que no es muy bueno tampoco: imaginen que a Canela le dan cinco líneas de cocaína. La mejor de todas las nominadas era Amy Ryan por esa pequeña gran película que se llama Desapareció una noche. También estaba bien Ruby Dee en Gánster americano, pero yo prefería a la Ryan tras una segunda visión no muy alentadora de la película de Todd Haynes.

Lo de Mejor Documental es raro. Para mí está bien que gane Taxi to the dark side, pero hubiera preferido que ganara Sicko. ¿Por qué? Porque si bien la denuncia de lo que los estadounidenses están haciendo en Irak, Afganistán o la base de Guantánamo es importante, creo que lo que Michael Moore dice del sistema de salud estadounidense, de lo que son otros sistemas de salud en el mundo, de lo que muestra de Cuba tienen una vibración mayor y nos incumben más. Es algo que, sospecho, estamos a un paso de sufrir en este país y en muchos otros. Que no sólo los militares matan y torturan en los Estados Unidos, sino que cualquiera que tiene poder en ese país es capaz de destruir a sus propios conciudadanos es mucho más fuerte. Pero bueno, algo había que decir de la guerra...

Me cansé, la verdad. Como siempre, la maratón es mortal y nos pone de mal humor hasta el año siguiente, cuando volveremos a caer en esta cosa de mirar hasta altas horas de la madrugada una fiesta gringa que sigue ejerciendo su gradito de fascinación. Aunque para divertirme, cada vez más, prefiero los premios de MTV, que por lo menos tienen alguna guarrada memorable.

Buenas noches.

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  • Posteado en01:53:23

20.02.08

Tus zonas erróneas



Y bueno, terminemos con el tema Oscar: prometo posteo tras la entrega. Ahora sólo quiero hablar de un tema que me obsesiona desde hace años: por qué para ganar un premio como actor uno tiene que a) imitar a alguien o b) pasar por enfermo (o loco, o loco enfermo).

A veces la diferencia entre arte y deporte no es tan clara. Tampoco es clara la diferencia entre arte y prestidigitación. Empecemos por lo segundo, porque me parece sustancial. Cuando ustedes ven a un mago hacer un truco, saben que les está ocultando algo (eso es "prestidigitación") pero como el mago les está mostrando ostensiblemente otra cosa (irrelevante para la mecánica del truco), no ven lo que realmente sucede. Es decir, un detalle irrelevante se lleva la atención y se vuelve demasiado importante.

Recuerden ahora que tendemos a mirar aquello que nos llama la atención. Bien. Y que lo que nos llama la atención es lo que se sale de lo común. Ahá. Bueno, miren: la enfermedad o la discapacidad son siempre excepción y no regla. Por eso es que nos llama tanto la atención alguien a quien le falta un miembro, o ver un ciego, o la conversación de señas entre sordomudos. Un actor que quier pasar por ciego, sordo, mudo, paralítico, loco o con Alzheimer simplemente tiene que aprender y ejercitar los signos exteriores de esa enfermedad y listo. Es más parecido a lo que hace un deportista cuando entrena que a otra cosa. Y como en general no sabemos qué es no tener una pierna, un brazo, o carecer de alguno de los sentidos -justamente porque los discapacitados son minoría es que los gobiernos no respetan sus derechos, una verdadera aberración- nos pueden camelear fácil y decimos "¡Qué actor! ¡Cómo me hizo creer que era un X!".

Lo mismo pasa con los que se llevan un premio porque imitan perfectamente a Ray Charles, Émile Zola, Truman Capote, Disraeli, Enrique VIII, Louis Pasteur, Tomás Moro, George S. Patton, Jake La Motta, Mahatma Ghandi o Idi Amín. Ok: lo de De Niro con La Motta es trampa porque De Niro crea un personaje además de imitar a alguien (y lo mismo el Patton de George C. Scott). También pueden decir que a tipos como Enrique VIII, Pasteur, Moro , Zola o Disraeli hay que crearlos porque no había fotos o documentos filmados sobre ellos. No es cierto: sobre todos hay enorme cantidad de literatura e iconografía. Y es facilísimo copiarla.

Si no menciono actrices es porque hay muchas representando "papeles de la vida real" pero pocas personas "célebres". En general, cuando hay elementos biográficos, se trata de mujeres anónimas a las que el sufrimiento o la lucha volvieron famosas. Y también son fáciles de imitar: Julia Roberts en Erin Brockovich simplemente usó relleno de corpiño y convivió con la Erin real; y Charlize Theron en Monster se sentó en el sillón del maquillador y a la lona (por no mencionar a Nicole Kidman, que se ganó el Oscar en Las Horas...por una nariz).

¿Quieren una lista de personajes con capacidades diferentes o enfermedades que se llevaron el premio? Jack Nicholson por Mejor Imposible (trastorno obsesivo); Geoffrey Rush por Claroscuro (trastorno límite de la personalidad); Nicolas Cage en Leaving Las Vegas (alcohólico); Tom Hanks en Forrest Gump (retraso mental); Tom Hanks por Filadelfia (sida); Al Pacino por Perfume de mujer (ceguera); Daniel Day-Lewis por Mi pie izquierdo (parálisis cerebral); Dustin Hoffman por Rain Man (autistmo); Cliff Robertson por Charlie (retraso mental grave).

Las mujeres también en este rubro están menos representadas: una cosa es que les peguen y las violen (Jane Wyman por Johnny Belinda, Hillary Swank por Los muchachos no lloran) y otra, mostrarlas como enfermas. Porque en general las actrices proveen -o proveían- glamour y no gustan, salvo las muy arriesgadas, de este tipo de caracterizaciones: prefieren llevarse un premio por borrar su guarrería o sexualidad de la juventud haciendo de monjas comprensivas (Susan Sarandon en Mientras estés conmigo).

El papel más difícil para un actor no es ocultar su estatuto estelar detrás de la fama de otro (cuando imitan) o de un truco como las características feas de una enfermedad (algo morboso), sino que dejemos de creer que esa superestrella que aparece ante nuestros ojos es ese señor o señora tan famosos y parezca, por un par de horas, una persona común, alguien con quien podemos cruzarnos en el colectivo. O bien crear un ser más grande que la vida y que no nos corra por izquierda con que le falta un brazo o se llama Cervantes de apellido.

Esa transparencia es lo mejor que puede lograr un actor de cine, pero como se luce tan poco (y no depende de la fama ajena), los actores le huyen como a la peste. No el buen cinéfilo, que sabe no engañarse por lo que, después de todo, no es muy diferente del efecto especial.

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  • Posteado en08:55:02

19.02.08

Las pruebas de la infamia



Sí, semana de los Oscar. Hablemos de los Oscar, pero no tanto de lo que viene sino de lo que fue. Una de las tareas fijas del año para quienes nos dedicamos a este asunto de escribir sobre cine es revisar los ganadores y nominados a lo largo de la historia. Es una tarea ingrata, porque por lo general descubrimos que varias bazofias se han llevado premios inmerecidos y que esas películas que uno ama quedan zapateras.

Entre las segundas, ahí van algunos títulos: Vértigo, El terror de las chicas, Scarface (cualquie Scarface), Más corazón que odio (ajá, claro...a Ford nunca le dieron un Oscar por un western), Rio Bravo, cualquier Carpenter que se les ocurra, Cuando Harry conoció a Sally. En fin, medio es aburrido hacer la lista porque seguro que las grandes películas sin Oscar son la mayoría de las que uno vio.

Lo mejor, dado que uno de los servicios que provee esta columna es la catarsis, es hacer la lista de esas que uno no puede entender por qué los miles de votantes de la Academia de Artes (?) y Ciencias Cinematográficas de Hollywood decidieron que era lo mejor que habían producido en el año. En realidad, amigos, lo que más me importa es tratar de descubrir ese porqué. Por eso, y para dejar prueba definitiva de que el Oscar no tiene nada de artístico y sí mucho de “corrección comercial/política”. Así que, en términos de absoluta arbitrariedad, abogados que somos, listemos esa serie de obras que, como diría Borges, nadie se resigna a rever:

-La vida de Emilio Zola (1937): Yo no sé si alguno de ustedes la vio, pero resulta que es la actuación por la que sí le dieron un premio a Paul Muni. No, no por el Tony Camonte de Scarface, sino por ponerse barba postiza y declamar al estilo Su mejor alumno (que igual me gusta más). Ese año, la Academia podía elegir The Awful Truth, de Leo McCarey, Horizontes Perdidos, de Frank Capra, Punto muerto, de William Wyler y la primera versión de Nace una estrella, de George Cukor. Cualquiera de esas películas era más representativa de su época (y se ve mejor hoy) que el afeite de Muni.

-Rosa de Abolengo (1942): Está bien, cedamos, el mundo estaba en guerra y la historia de esta mujer inglesa y su familia en medio de las bombas tiene lo suyo (y es de William Wyler, un verdadero experto en el melodrama aunque Chabrol haya dicho de él que es -literal- "Una mierda"). Pero ese mismísimo año nominaron como Mejor película a Soberbia, de Orson Welles, que destrozada y todo es mejor que El Ciudadano (o sea, está más allá de la estratósfera), Kings Row, de Sam Wood, que no sólo es la mejor actuación de Ronald Reagan sino que como Soberbia- es una gran mirada crítica sobre el paso del siglo XIX al XX en los Estados Unidos; y dos films extraordinarios más: Yankee Doodle Dandy, una muestra de que James Cagney era un genio, y la comedia de George Stevens (en su mejor época) The Talk of the Town.

-Hamlet (1948): Nos volvemos cultos, caramba, y le damos el premio a esta clase de teatro filmado por Sir Larry Olivier. No le damos el premio ni a una obra maestra como Las Zapatillas Rojas, de Powell y Pressburger, Ni a Nido de víboras, el melopsicodrama de Vincente Minelli, ni a El tesoro del Sierra Madre, una de las mejores películas de John Huston lejos. Ay, pero qué lindo que queda ser chespiriano, no...

-El espectáculo más grande del mundo de Cecil B. De Mille (1952) le ganó a El hombre Quieto, de John Ford. Seinomor.

Después hay como un hiato de décadas donde o todas las películas tenían importancia nula (el año de Marty, 1955) o la que ganaba era justa (Contacto en Francia en 1971, El Padrino en 1972). Los 80 nos devuelven el mal con

-Gente como uno (1980): Este telefilm dramático del presuntuoso Robert Redford, ése que se cree “liberal” pero es más conservador que un termo, le ganó a (tranquilos por favor) Toro Salvaje, El hombre elefante y Tess (repitan conmigo: de lo mejor de Scorsese, Lynch y Polanski). A ver si se animan a ver “the winner” de nuevo...

-La fuerza del cariño (1982): Ni Nicholson, ni Shirley MacLaine, ni la hermosa Debra Winger, ni Danny De Vito harán que me vuelva a acercar a esta cosa deshilachada y falsa que le ganó a Reencuentro y a Los elegidos para la gloria, dos obras mayores.

-África Mía (1985): Esta antigualla que no hacía honor a la obra maestra de Karen Blixen (o Isak Dinesen, como quieran) le ganó a El color púrpura, El honor de los Prizzi y Testigo en peligro. ¿Quién la vuelve a ver y quién no vuelve a ver las otras?

-Conduciendo a Miss Daisy (1989): El comienzo de la carrera digna de Morgan Freeman como “gran hombre bueno negro y paciente” del cine le ganó a La sociedad de los poetas muertos (que es un Weir menor, pero lejos está de ser una mala película), a la perfectamente clásica El campo de los sueños (comparen con Miss Daisy) y a Nacido el 4 de julio, la mejor de las películas de Oliver Stone sobre Vietnam.

-Shakespeare apasionado (1998): Ese año estaban nominadas ni más ni menos Rescatando al Soldado Ryan (discútanla, pero a ver quién filma una película así) y La delgada línea roja, una verdadera obra maestra. Repítanse...Shakespeare apasionado le ganó a La delgada línea roja.

-Belleza Americana (1999): Sobreactuada, evidente, aleccionadora, subrayada malamente (la voz en off en la secuencia de “la bolsita”) y moralista –anche homofóbica, ver a Chris Cooper- hasta decir basta, este mal film le ganó a Sexto Sentido (si la ven de nuevo conociendo el final en lugar de perder puntos, gana, por la actuación increíble de Haley Joel Osment y Bruce Willis y el clima muy “exorcístico” del Washington del film) y de esa genialidad llamada El informante.

-Una mente Brillante (2001): ¿Pero cómo? ¿No estaban nominadas el delirio pop de Moulin Rouge! y la primera parte de El Señor de los Anillos? ¿Sí? ¿Y ganó esta cosa que hace de una gran historia una película de “enfermedad de la semana” donde se comete el horror de no mostrar linda a Jennifer Connelly? ¿Se animan a alquilarla un domingo para ver en casa?

-Chicago (2002): Pandillas de Nueva York es mejor. Las Dos Torres es mejor. El Pianista es mejor. Pero no importa: este musical que parece dirigido por Alejandro Romay con ceguera y paro cerebral fue la Mejor Película de ese año.

-Crash-Vidas cruzadas (2005): No la vio nadie en ninguna parte, ni en los Estados Unidos. No como Buenas noches y buena suerte o Munich, también nominadas. Ni como Secreto en la montaña, que por lo menos ya se volvió un mito del cine más allá de su calidad (un poco como Lo que el viento se llevó, si disculpan el símil). Pero bueno, ganó. No sé si les interesa verla, realmente...

Listo, ya está. Hice una selección porque podría pasarme días armando esta lista en todos y cada uno de los rubros. La historia de un arte elude las coyunturas: el valor de una película no se puede medir por los meses o semanas o días que van desde su estreno hasta que queda candidata a un premio o lo gana. Y en el caso del cine, arte fugaz y veloz, todo es más flagrante. Espero sus propias listas e incluso sus disensos.

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  • Posteado en12:25:39

13.02.08

La huelga




Hay temas que el contexto no nos deja valorar en toda su dimensión. Por ejemplo: hay una huelga y los huelguistas ganan. En la Argentina hay paros todos los días; por lo general se levantan cuando los trabajadores logran algo de lo que piden. En Francia, lo mismo. Pero en los Estados Unidos uno no piensa en huelgas, piquetes y marchas. Mucho menos que una cosa así dure tres meses. Mucho menos que ponga en jaque a una de las industrias más poderosas de ese país, la del entretenimiento audiovisual. Y mucho, muchísimo menos, que los huelguistas ganen.

Bueno, ni más ni menos es lo que pasó y que todos saben: los guionistas de televisión y cine se mandaron una huelga histórica, alteraron la producción de series y películas -causando pérdidas millonarias-, lograron la suspensión de los Globos de Oro (una medida que, más allá de la pérdida económica que significó para los televisadores y esos distinguidos parásitos que forman la Asociación de la Prensa Extranjera en Hollywood, fue todo un símbolo) y, con solidaridad y organización, bancando a muchos que perdieron su trabajo, lograron que les dieran bolilla.

Lo que pedían era simple: la multiplicación de medios de difusión de una obra audiovisual está produciendo billones a los dueños de medios. De eso, los guionistas no ven un centavo. Pedían un porcentaje de las ganancias por downloads de series y películas, un mejor porcentaje de reparto por la venta de DVD, y que los guionistas de realitys y shows animados estuvieran comprendidos en el acuerdo. Lo último es lo que no lograron; lo demás, sí. Como todos los contratos colectivos de la industria del espectáculo, tiene una validez de tres años.

Bueno, esos son los detalles. Lo que me parece interesante analizar es cómo un hecho como éste perfora la imagen que tenemos de los Estados Unidos. Hay sindicatos, la gente protesta, se hacen huelgas, se lucha por derechos; y se supone que es el país más capitalista del mundo. Sin buscr excepciones (F.I.S.T. o Norma Rae), ¿cuántas veces ven, como algo más o menos normal o frecuente, una huelga o un piquete en series o películas estadounidenses? Y sí, estos guionistas hicieron piquetes en las puertas de los estudios, y se mantuvieron ahí hasta que ganaron el conflicto; nadie se preguntó, de paso cuento, si había que expulsarlos o si estaban violentando el derecho de tránsito (ok, sí, no impedían el paso de nadie ni cortaban más que un carril de la calle). ¿Por qué no vemos todo esto?

Es decir: los Estados Unidos son un país donde los trabajadores están organizados y luchan por sus derechos. Y muchas veces ganan con la organización y la ley en la mano. Estos tipos le ganaron a la Alianza de Productores de Cine y Televisión, que integran Viacom, Warner, Disney y Fox, o sea, los conglomerados de medios más grandes del mundo. Pero no les escribían una línea ni para el monólogo de Jay Leno, y la ley dice que ese texto lo tiene que escribir un guionista sindicalizado. Sí, Jay Leno también, pero para eso Leno tiene que ser un guionista sindicalizado. Y, si el sindicato decreta paro, no puede escribir. Si escribe, pueden echarlo. Si lo echan, deja de ser un guionista sindicalizado. Y si no lo es y dice un monólogo, tanto él como la cadena televisiva están...fuera de la ley.

La otra enseñanza que deja todo esto es que uno no puede atarse a las imágenes estereotipadas de nada. Los Estados Unidos son un país muy complejo como para considerar que es un conjunto de fanáticos de la religión y el dinero que quieren apoderarse del mundo (sí, claro, muchos lo son). Y que las imágenes que ese país proyecta al mundo son apenas una pátina que recubre toda esa complejidad donde caben luchas sindicales, intelectuales brillantes y -hablemos de lo nuestro- cineastaas imprescindibles dentro de un universo industrial.

Sin querer defender a los estadounidenses -y sin querer atacarlos tampoco- me parece interesante ver cómo la propia industria que crea esas falsas imágenes para sus ciudadanos y para el resto del mundo es la que las perfora con una acción ciudadana concreta y tan cercana al resto del mundo y de la experiencia de cualquiera que siente que abusan de él en el trabajo. Sería interesante también que los argentinos, siempre considerándonos ombliguísticamente los peores o los mejores del mundo, ciclotímicos entre la autocelebración y la autoflagelación, también tomáramos distancia y medio tono. A veces se lucha y se gana, incluso en los Estados Unidos. Incluso acá.

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  • Posteado en22:21:54