Sí, semana de los Oscar. Hablemos de los Oscar, pero no tanto de lo que viene sino de lo que fue. Una de las tareas fijas del año para quienes nos dedicamos a este asunto de escribir sobre cine es revisar los ganadores y nominados a lo largo de la historia. Es una tarea ingrata, porque por lo general descubrimos que varias bazofias se han llevado premios inmerecidos y que esas películas que uno ama quedan zapateras.
Entre las segundas, ahí van algunos títulos: Vértigo, El terror de las chicas, Scarface (cualquie Scarface), Más corazón que odio (ajá, claro…a Ford nunca le dieron un Oscar por un western), Rio Bravo, cualquier Carpenter que se les ocurra, Cuando Harry conoció a Sally. En fin, medio es aburrido hacer la lista porque seguro que las grandes películas sin Oscar son la mayoría de las que uno vio.
Lo mejor, dado que uno de los servicios que provee esta columna es la catarsis, es hacer la lista de esas que uno no puede entender por qué los miles de votantes de la Academia de Artes (?) y Ciencias Cinematográficas de Hollywood decidieron que era lo mejor que habían producido en el año. En realidad, amigos, lo que más me importa es tratar de descubrir ese porqué. Por eso, y para dejar prueba definitiva de que el Oscar no tiene nada de artístico y sí mucho de “corrección comercial/política”. Así que, en términos de absoluta arbitrariedad, abogados que somos, listemos esa serie de obras que, como diría Borges, nadie se resigna a rever:
-La vida de Emilio Zola (1937): Yo no sé si alguno de ustedes la vio, pero resulta que es la actuación por la que sí le dieron un premio a Paul Muni. No, no por el Tony Camonte de Scarface, sino por ponerse barba postiza y declamar al estilo Su mejor alumno (que igual me gusta más). Ese año, la Academia podía elegir The Awful Truth, de Leo McCarey, Horizontes Perdidos, de Frank Capra, Punto muerto, de William Wyler y la primera versión de Nace una estrella, de George Cukor. Cualquiera de esas películas era más representativa de su época (y se ve mejor hoy) que el afeite de Muni.
-Rosa de Abolengo (1942): Está bien, cedamos, el mundo estaba en guerra y la historia de esta mujer inglesa y su familia en medio de las bombas tiene lo suyo (y es de William Wyler, un verdadero experto en el melodrama aunque Chabrol haya dicho de él que es -literal- "Una mierda"). Pero ese mismísimo año nominaron como Mejor película a Soberbia, de Orson Welles, que destrozada y todo es mejor que El Ciudadano (o sea, está más allá de la estratósfera), Kings Row, de Sam Wood, que no sólo es la mejor actuación de Ronald Reagan sino que como Soberbia- es una gran mirada crítica sobre el paso del siglo XIX al XX en los Estados Unidos; y dos films extraordinarios más: Yankee Doodle Dandy, una muestra de que James Cagney era un genio, y la comedia de George Stevens (en su mejor época) The Talk of the Town.
-Hamlet (1948): Nos volvemos cultos, caramba, y le damos el premio a esta clase de teatro filmado por Sir Larry Olivier. No le damos el premio ni a una obra maestra como Las Zapatillas Rojas, de Powell y Pressburger, Ni a Nido de víboras, el melopsicodrama de Vincente Minelli, ni a El tesoro del Sierra Madre, una de las mejores películas de John Huston lejos. Ay, pero qué lindo que queda ser chespiriano, no…
-El espectáculo más grande del mundo de Cecil B. De Mille (1952) le ganó a El hombre Quieto, de John Ford. Seinomor.
Después hay como un hiato de décadas donde o todas las películas tenían importancia nula (el año de Marty, 1955) o la que ganaba era justa (Contacto en Francia en 1971, El Padrino en 1972). Los 80 nos devuelven el mal con
-Gente como uno (1980): Este telefilm dramático del presuntuoso Robert Redford, ése que se cree “liberal” pero es más conservador que un termo, le ganó a (tranquilos por favor) Toro Salvaje, El hombre elefante y Tess (repitan conmigo: de lo mejor de Scorsese, Lynch y Polanski). A ver si se animan a ver “the winner” de nuevo…
-La fuerza del cariño (1982): Ni Nicholson, ni Shirley MacLaine, ni la hermosa Debra Winger, ni Danny De Vito harán que me vuelva a acercar a esta cosa deshilachada y falsa que le ganó a Reencuentro y a Los elegidos para la gloria, dos obras mayores.
-África Mía (1985): Esta antigualla que no hacía honor a la obra maestra de Karen Blixen (o Isak Dinesen, como quieran) le ganó a El color púrpura, El honor de los Prizzi y Testigo en peligro. ¿Quién la vuelve a ver y quién no vuelve a ver las otras?
-Conduciendo a Miss Daisy (1989): El comienzo de la carrera digna de Morgan Freeman como “gran hombre bueno negro y paciente” del cine le ganó a La sociedad de los poetas muertos (que es un Weir menor, pero lejos está de ser una mala película), a la perfectamente clásica El campo de los sueños (comparen con Miss Daisy) y a Nacido el 4 de julio, la mejor de las películas de Oliver Stone sobre Vietnam.
-Shakespeare apasionado (1998): Ese año estaban nominadas ni más ni menos Rescatando al Soldado Ryan (discútanla, pero a ver quién filma una película así) y La delgada línea roja, una verdadera obra maestra. Repítanse…Shakespeare apasionado le ganó a La delgada línea roja.
-Belleza Americana (1999): Sobreactuada, evidente, aleccionadora, subrayada malamente (la voz en off en la secuencia de “la bolsita”) y moralista –anche homofóbica, ver a Chris Cooper- hasta decir basta, este mal film le ganó a Sexto Sentido (si la ven de nuevo conociendo el final en lugar de perder puntos, gana, por la actuación increíble de Haley Joel Osment y Bruce Willis y el clima muy “exorcístico” del Washington del film) y de esa genialidad llamada El informante.
-Una mente Brillante (2001): ¿Pero cómo? ¿No estaban nominadas el delirio pop de Moulin Rouge! y la primera parte de El Señor de los Anillos? ¿Sí? ¿Y ganó esta cosa que hace de una gran historia una película de “enfermedad de la semana” donde se comete el horror de no mostrar linda a Jennifer Connelly? ¿Se animan a alquilarla un domingo para ver en casa?
-Chicago (2002): Pandillas de Nueva York es mejor. Las Dos Torres es mejor. El Pianista es mejor. Pero no importa: este musical que parece dirigido por Alejandro Romay con ceguera y paro cerebral fue la Mejor Película de ese año.
-Crash-Vidas cruzadas (2005): No la vio nadie en ninguna parte, ni en los Estados Unidos. No como Buenas noches y buena suerte o Munich, también nominadas. Ni como Secreto en la montaña, que por lo menos ya se volvió un mito del cine más allá de su calidad (un poco como Lo que el viento se llevó, si disculpan el símil). Pero bueno, ganó. No sé si les interesa verla, realmente…
Listo, ya está. Hice una selección porque podría pasarme días armando esta lista en todos y cada uno de los rubros. La historia de un arte elude las coyunturas: el valor de una película no se puede medir por los meses o semanas o días que van desde su estreno hasta que queda candidata a un premio o lo gana. Y en el caso del cine, arte fugaz y veloz, todo es más flagrante. Espero sus propias listas e incluso sus disensos.