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Archivo para: Marzo 2008

28.03.08

El asunto del campo




Me inspiraron. Tanto se desviaron al tema del campo, que recordé una gran película poco vista (muy poco vista, desgraciadamente) sobre problemas rurales. No, no tiene mucho que ver con lo que pasa en estos días en este país. Igual vale la pena y, como el cable suele pasarla en una copia completa y excelente que no se editó en el país (sí, claro, si tienen torrentes pueden conseguirla), quiero avisar.

El film se llama Las puertas del cielo, es en gran medida un western pero, también, un film político. La acción se desarrolla en 1890 en el Oeste americano. El elenco incluye a Kris Kristofferson, Jeff Bridges, Isabelle Huppert, Mickey Rourke, John Hurt, Sam Waterston y Brad Dourif. Costó 40 millones de dólares, lo dirigió Michael Cimino y fue un fracaso tan grande que acabó con los días de gloria de los directores-autores en Hollywood. La remontaron y recortaron, la volvieron a estrenar y siguió fracasando. Ahora está editada –afuera- completa y es casi una obra maestra.

La historia es la de los inmigrantes europeos que tratan de instalarse en el Oeste, y de los grandes terratenientes que se sienten amenazados por esa presencia extraña, con –además- ideologías poco favorables al Sueño Americano. Estos terratenientes (ganaderos) terminan masacrando a los inmigrantes (ovejeros) en una secuencia tremenda. El conflicto de la película y la intervención del Estado se parecen mucho a La Patagonia Rebelde, con la diferencia de que está bien filmada.

Lo que me parece interesante en este caso es la diferencia entre los grandes productores (amparados por el Estado) y los pequeños productores (desamparados completamente, para colmo de males en la película son extranjeros). Si uno lo piensa, el gran problema de la película reside en esa lucha del gran capital contra cualquier amenaza pequeña y cómo el Estado termina tomando partido por ellos. Hay otros temas: Cimino trabaja el espacio como un campo épico enorme –no poco se parecen sus movimientos de cámara a los que usa Paul Thomas Anderson en la maravillosa Petróleo Sangriento, y no es casualidad- donde caben los conflictos románticos, el revisionismo sobre el western –y su desmitologización, aunque el film construye sus propios mitos y su propia belleza- y, sobre todo, una mirada política que toma partido, en los albores de la era Reagan, contra el Estado represor.

Anoche, de pura casualidad, anduve por Recoleta y caminé por Callao hasta Congreso para poder volver a mi casa. En la concentración a la altura de Santa Fe pregunté a una chica de 16 años y sus amigas por qué protestaban. Me dijeron que “porque el Gobierno está contra el campo”. Pensaba, pues, que quizás muchos sabían por qué estaban allí, pero muchos otros, no. Pensaba quién en los Estados Unidos habría comprendido Las puertas del cielo, o el por qué del conflicto entre ganaderos y ovejeros (las ovejas comen el pasto hasta la raíz y destruyen las tierras de pastoreo de los vacunos, que sólo toman las hojas; si vieron aquel corto de Droopy donde era un pionero ovejero, saben de qué hablo). Digamos: lo que más me llamó la atención es cuánto ruido (de parte del Estado, de parte de las partes en conflicto, de parte de los parapiqueteros que golpean, de parte de algunos que golpean cacerolas) enturbia la información. Recordé, pues, Las puertas del cielo, una película donde un crimen monumental, económico, se tapaba con el más blindado de los olvidos.

A veces, las películas “que no tienen nada que ver”, tienen que ver. Sirven de ejercicio para abrir los ojos y la cabeza (películas, o libros, o canciones, o cuadros, elijan ustedes). A eso me refería con el asunto “Sobreviven-Videla”, a eso me refiero con Las puertas del cielo. La sensibilidad del momento nos permite adaptar alguna cosa que nos interesa a lo que nos urge; es un mecanismo asombroso. Si pueden, vean esta película de Cimino. No les recomiendo que la bajen de Internet porque es ilegal y no pretendo hacerle a los piratas el campo orégano.

De aquí a Terra.
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24.03.08

Carpenter contra Videla



El 24 de marzo es un rarísimo feriado donde se supone que deberíamos reflexionar sobre lo que fue la dictadura criminal que sufrimos de 1976 a 1983. Como todos ustedes saben –y más este año gracias a la Semana Santa- suele ser otro fin de semana largo más que engrosa el dinero que gana nuestro bienamado turismo y los muertos que se cobran nuestras malodiadas rutas. Tenía ganas de escribir sobre el cine que se produjo durante y después de la dictadura, pero como eso es casi un lugar común (saben que voy a decir que hay films abyectos como Comandos Azules o ¡Qué linda es mi familia!, films aprovechadores y mediocres como La historia oficial, films pésimos y casi porno como La noche de los lápices, películas importantes y excelentes como Garage Olimpo), prefiero recomendarles la mejor película jamás filmada sobre la dictadura argentina y sus consecuencias.

El director es John Carpenter. La película se llama Sobreviven. Dudo (pero no puedo asegurarlo) que Carpenter conozca algo respecto de esos años en nuestro país. Eso hace el film todavía más terrorífico si cabe. La historia es la de un par de tipos (un rubio sin destino, un negro que vive en una villa) que se encuentran en una ciudad. Ambos descubren que el mundo está dominado por seres extraterrestres que están lavando el cerebro de la población. Nadie puede distinguirlos de los humanos a menos que se utilicen ciertos anteojos negros.

Los anteojos revelan que la Los Angeles colorida y llena de publicidades es otra cosa. Los carteles que venden gaseosas o blockbusters en realidad dicen ¡Obedezca! ¡Consuma! ¡No cuestione la autoridad! El núcleo de la invasión/lavado de cerebros está en una cadena de televisión. Hay, también, un grupo de resistentes que trata de hacer saber la verdad y que tiene entre sus filas a un cura valiente, casi podríamos decir tercermundista, que se ocupa de dar de comer y amparar a la gente de la villa.

Digo “villa” porque sí, es una villa miseria en medio de la ciudad el lugar donde tratan de sobrevivir los que viven al margen de este universo despojado de civilidad, de democracia, de política, de contacto entre las personas. Un mundo del sálvese quién pueda y del consumo inmediato y ultrarápido. Un mundo que, en realidad, carece de colores: es gris y blanco y negro y sin matices. Los resistentes hacen lo que pueden pero alguien los infiltró. Vienen los invasores y los atacan.

La secuencia del ataque es la mejor fotografía de “nuestra” dictadura. Palas mecánicas y fuerzas armadas sin rostro y sin nombre arrasan las casuchas de la villa. Matan a diestra y siniestra sin preguntar y “desaparecen” gente. Así nomás. Carpenter, el cartesiano y efectivo Carpenter, no usa un solo discurso aleccionador ni señala con el dedo: sólo coloca la cámara de modo tal que el horror se transmita de manera efectiva. Ningún argentino que más o menos conozca lo que sucedió en este país puede dejar de relacionar esa secuencia con las topadoras y los parapoliciales que arrasaron nuestra tierra.

Al final, los héroes que quedan intentan el golpe desesperado de quebrar la invasión. La antena de la televisora queda destruida y, por primera vez, los periodistas de los noticieros, invasores ellos mismos, quedan desnudos, su cara real y monstruosa evidente para todos. Los traidores, los humanos que se pasaron de bando por una libra de carne, también quedan en evidencia. Pero Carpenter no es ingenuo: con la verdad a la vista, los humanos no reaccionan efectivamente como oprimidos que luchan contra el opresor. Tampoco lo contrario: el final queda en suspenso.

Aquí, hoy, es fácil estar contra la dictadura. Es fácil y muchas veces cómodo, porque los crímenes fueron tan terribles que es imposible reivindicarlos de ninguna manera. Pero nadie dice, nadie se anima a decir que la responsabilidad no es sólo de unos soldados malvados y sanguinarios que tomaron el poder y nos pusieron a dormir. La película de Carpenter, además de demostrar que el verdadero arte habla del mundo gracias a la metáfora y sigue vibrando en la memoria, obliga a pensar más allá de la fecha cerrada, de la conmemoración vacía y del lugar común. Nos lo debemos, creo.

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20.03.08

Por qué Titanic es una obra maestra




Hace mucho que quiero escribir esto. Ustedes perdonarán que no me ocupe de la actualidad, ni de los allanamientos a repetición en el INCAA, ni de lo que vendrá al Bafici. Ya llegará el momento: esta semana es mi oportunidad de salvar Titanic del odio inconmensurable que despierta. Para eso, vamos de a poco.

Primera mirada: una historia romántica de época, basada en una reconstrucción minuciosa y maníaca miriñaque a miriñaque. Todo es puro lugar común: el malo es muy malo, la chica es indómita, el héroe es demasiado bueno. Hay una subtrama cuasi policial (el famoso diamante), un desnudo, una escena de sexo, y el naufragio es un enorme espectáculo con gente que se muere a lo bestia. El final deriva a lo onírico y parece –parece- tranquilizador.

Segunda mirada: Titanic no es nada de eso. La película comienza con una hermosa secuencia documental que muestra el Titanic como está hoy, ahí, abajo del mar. Luego, la aparición de la caja fuerte y la de la señora Rose llevan el film del terreno del documental de exploración al puro cine clásico. El ayudante de Bill Paxton le dice “¡No le podés creer nada a esa señora! Fue actriz...¿Cómo le vas a creer a una actriz?”

Rose llega a bordo con su nieta. Primero le muestran la reconstrucción por computadoras del naufragio. Recuerden, la señora fue actriz del Hollywood clásico. Bien, los cazadores de tesoros se sientan alrededor de ella, que decide contar el naufragio. Comienza: “Lo llamaban el barco de los sueños...” y uno de los marinos la interrumpe. “No se preocupe, señora...cuente como le salga, lo que se acuerde”. Rose sale de su rol de anciana narradora, lo mira severo, le dice “¿Me va a dejar contarlo a mi modo?”. El marino se calla. Ella repite “Lo llamaban el barco de los sueños...” etcétera. Nada de lo que Rose cuente puede ser comprobado de ninguna manera: todo el naufragio es la construcción que hace la narradora por el purísimo placer de contar un cuento.

En un momento, se vuelve de la proa del Titanic soleado a los restos submarinos. Viene la escena del desnudo y la pintura. Cameron toma el contraplano del público de Rose: todos tienen cara de embobados, nenes a los que les cuentan Caperucita por enésima vez. La narradora, abuelita después de todo (pero piola), los mira y les pregunta “Ustedes quieren saber si ‘lo hicimos’, ¿no?”. Todos se sonrojan y miran para otro lado. Rose dice “Jack era un caballero...” y comienza a narrar la parte de la pintura...que lleva a la escena de sexo, escena “pedida” sin ser pedida por el auditorio. Luego, el naufragio, que –presten atención- es igual a lo que Rose ve en el monitor de una computadora antes de contarlo y comienza porque los vigías se distraen...viendo lo felices que son Rose y Jack. Pero como Cameron sabe, las imágenes de síntesis no sirven de nada sin personas: el relato de Rose (todo es el relato de Rose) es el que incluye la gente resbalando, reventando contra postes, incluso el tipo que choca con la hélice.

En medio, las escenas citan al cine clásico -y no sólo de Hollywood. La danza irlandesa que viene de John Ford, las escalinatas con los marinos apuntando a la multitud, de Potemkim, la imagen que sale de Rose y, subiendo, toma los cadáveres en el agua es igual al enorme plano secuencia de Lo que el viento se llevó tras el desastre de Atlanta. Rose es cinéfila, nunca lo olviden. Rose es la superviviente del cine americano, de aquel Hollywood.

Al final, Rose tira la única pieza que puede darle realidad al relato. Es algo que sólo vemos los espectadores de Titanic, no la gente del barco. Rose y nosotros. ¿Qué es eso? Rose tira el diamante para que la ficción del naufragio, esa que incluye a ese héroe que nunca estuvo oficialmente a bordo y que nunca llegó a Nueva York, sea perfecta. Impriman la leyenda, que no quede una sola huella de la realidad. Originalmente, el capitán del barco y la nieta ven a Rose tirar el diamante. Eso sería una mala pasada. Pueden ver el fragmento quitado en la edición especial.

El film no tiene final feliz. El final es un paneo por una cantidad de fotos de Rose (Rose a caballo, Rose manejando aviones, Rose actriz, Rose feliz) y ella durmiendo –o muriendo- imaginando el happy end ideal que Hollywood habría impuesto al film: ella y Jack en la escalera, aplaudidos por todo el elenco de esa película dentro de la película que Rose imaginó.

¿Pruebita? Por ahí se hunde con el barco Les demoiselles d’Avignon, de Picasso, que obviamente no estuvo nunca en el Titanic. Todo es pura imaginación y una reflexión acerca de la validez de contar cuentos, del modelo clásico, de los lugares comunes. Titanic logra hacer todo eso de contrabando pero conscientemente. Es la última gran película clásica contada desde la distancia y el procedimiento de lo moderno. Por eso es, ni más ni menos, una obra maestra.

PD: Y Kate Winslet es hermosa, qué tanto.

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18.03.08

Un elefante (virtual) ocupa mucho espacio




Bueno, volvamos al cine. Ya está, ya conté una interna del medio: aclaro nuevamente que no era por el chiquitaje del chisme, sino por algo que me llama la atención de los medios desde hace mucho y que el hecho me dio la oportunidad de poner en palabras.

Esta semana decidí tomarme vacaciones de la actualidad y escribir sobre dos cosas que me interesan mucho. La primera, el film de animación; la segunda –por fin- demostrar la excelencia de Titanic. A menos que la actualidad se imponga, del exitoso naufragio de James Cameron me ocuparé en el fin de semana. Por las dudas, quienes quieran, ténganla en gateras para rever (la edición de Gativideo en dos discos es bastante buena, incluso es interesante ver el final alternativo y comprender por qué se lo cortó...pero mejor me guardo todo para el próximo posteo).

Volvamos a los animados. Vi Horton y el mundo de los Quién (estoy seguro de que lleva tilde) acompañado por mi encantadora ahijada de nueve años, Daiana. Daiana no tenía muchas ganas de ver una película antes de entrar a la sala, pero se fue relajando a medida que aparecían los personajes, a cuál mejor diseñado, y al final se quedó muy entusiasmada y charlando de lo que había visto. Primera lección: escuchemos a los que saben.

Ustedes saben que la animación digital permite hacer cualquier cosa. Y que, por lo general, los que se dedican a eso hacen –literalmente- cualquier cosa, como por ejemplo hacer rarísimos movimientos de cámara que duran minutos y minutos para meternos dentro de la película o marearnos (o lo que ocurra primero). El problema es que, todavía, el lazo entre un film narrativo y nosotros lo establecen los personajes: es creer en ellos lo que nos lleva a creer lo que pasa en pantalla, incluso en el mundo absurdo de un film como Horton.

Lo que me llamó la atención es que sólo en momentos muy puntuales del film existe ese vértigo por escenarios enormes. En realidad, todo es una pequeña y bien narrada fábula sobre la tolerancia y la imaginación. Y como se trata de dos universos disímiles que requieren que los veamos en todas sus dimensiones (sus tres dimensiones), el uso de la animación digital queda perfectamente justificado. Segunda lección: una película es buena cuando no tengo que preocuparme todo el tiempo por cómo la hicieron.

Y después, por fin, es una película que no tiene vergüenza de ser estrictamente lo que es y no apela a esos chistes tontos sobre la actualidad. ¿Vieron que las películas “para chicos” hacen esa cosa terrible de meter chistes “de actualidad” (a veces subidísimos de tono) para enganchar a los adultos? Bueno, en Horton... eso no pasa (o, si pasa, queda inadvertida). Es tan bueno el cuento en sí mismo y las secuencias tienen una duración tan justa (amén de que nos permite mirar todo ese universo y maravillarnos) que no hace falta que nos chantajeen con la portada del diario o lo último de la tele.

No vi la película en el original en inglés, sí en castellano. Lo que no deja de ser particularmente interesante: no me molestó para nada el doblaje. No me di cuenta, quiero decir. Ni lo pensé. Me estaban contando un lindo cuento y alcanzaba con eso.

No, no es una obra maestra, pero sí una pequeña lección de cómo hacer buen cine (el buen cine no es sólo el de las obras maestras, sino aquel que nos hace felices y nos permite el recuerdo). Y da el paso de dejar de pensar en las computadoras y comenzar a hacerlo en las personas, o las personitas animales o pequeñísimas de una mota de polvo.

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  • Posteado en18:41:08

14.03.08

Una cuestión profesional




Lo que voy a contar seguramente les interese muy poco a muy pocos, pero como de ello se puede extraer una enseñanza general, vale la pena. Este posteo iba a ser sobre cine de animación digital y mi sorpresa ante la honestidad estética de Horton y el mundo de los quien, pero me parece que esto es más interesante.

Los críticos de cine somos pocos. Los críticos verdaderos, quiero decir, excluyendo chimenteros, gacetilleros, canapevíparos, comentaristas radiofónicos o espectaculeros generalistas. Somos pocos, pues, y nos conocemos casi todos. Con algunos nos llevamos mejor que con otros, como sucede en cualquier otra actividad humana, intelectual o no. Diego Batlle, crítico de La Nación y que tiene además su propio sitio, www.otroscines.com, lo conozco por La Maga: él me dio mi primera oportunidad profesional y siempre le voy a estar agradecido. A Diego Lerer, sin dudas la pluma a leer de Clarín, lo conozco más o menos de la misma época. A Sergio Wolf, actual director del Bafici y tipo con larguísima trayectoria, me une también el respeto profesional y un conocimiento de años. Aclaro todo esto porque es importante que sepan dónde estoy parado. También, si lo leen, que lo sepan ellos tres.

El jueves, Lerer escribió una columna breve con adelantos de la programación del Bafici, que se dará a conocer oficialmente el próximo martes. El mismo día, Batlle publicó en Otroscines una nota que -más allá de la información sobre el festival- comenzaba con una queja respecto de que Clarín (él lo nombra como "holding periodístico", pero las cosas por su nombre: el diario se llama Clarín y es uno de los factores de poder más grandes y temibles de la Argentina) se había hecho con la información que ningún otro medio tenía. Explicaba además que Clarín, durante años, había publicado un suplemento sobre el Bafici y que, en lugar de pagar por ello, siempre había cobrado. Su queja alcanzaba a Lerer, a Wolf y a Lola Silberman, jefa de prensa de esta edición.

Más tarde, en los comentarios, de la nota, se aclararon dos cosas: primero, que sí había habido un adelanto de la programación para medios mensuales, cosa lógica porque necesitan cerrar sus ediciones a mitad de mes y, de acuerdo con la programación, saben qué espacio merece -según el tipo de medio- en la grilla. Seguramente no va a ocupar el Bafici la misma cantidad de páginas en El Amante que en Cinemanía, pero ambas revistas debían saberlo antes del anuncio. Esto lo explicó el propio Wolf, según Batlle. Luego se lee a Lerer diciendo que nadie le adelantó nada, que él consiguió justamente ese adelanto para mensuale por sus propios medios y que el diario decidió publicarlo por su interés periodístico. Y que no veía ni la falta ni el motivo de enojo.

Aclaro algo más: soy parte de la redacción tanto de Crítica de la Argentina como de El Amante. En el primero, tengo como jefe a Marcelo Panozzo, programador del Bafici. Y en el segundo, el editor general es Javier Porta Fouz, director de programación del Bafici. Ambos, además, son mis amigos. El primero no quiso publicar nada antes de tiempo, teniendo todo a mano; al segundo ni se me ocurriría llamarlo para pedírselo. Sí le pedí a la jefa de prensa que, si tenía algún adelanto publicable, me lo hiciera llegar (con el acento en "publicable").

Imagino que, hasta acá, pensarán que se trata sólo de una "interna entre críticos" o "periodismo de periodistas". No me gusta demasiado hablar de estas cosas, que suelen quedar para charlas de colegas o chicanas de café. Pero creo que esta historia en realidad narra algo más, algo nefasto del lugar donde vivimos.

Hay noticias importantes y noticias que no lo son. Hay información urgente (aquella que puede salvar una vida o que afecta inmediatamente a los ciudadanos) y otra que no lo es. Ciertamente, la programación del Bafici es importante -para los que gustan del cine- pero no urgente. Clarín no publicó una nota de cuatro páginas con toda la programación, sino un adelanto a una columna bastante insuficiente con lo mínimo. ¿Qué necesidad tenía Clarín de publicar eso, más allá de la ansiedad idiota de "ser los primeros"? Estoy seguro: Clarín estuvo mal y la falta no es inmoral, pero sí ética. No se mató a nadie, pero no se respetron las reglas de juego que todos los periodistas y críticos seguimos en la confianza de que los demás se rigen por esas mismas reglas. Que no son un código secreto, sino transparentes.

Si el dato hubiera sido la inflación que el Gobierno piensa publicar en lugar de la real, o una amenaza terrorista concreta (sin los malditos potenciales de Clarín ni el nefasto "ahora dicen que..."), un corte de circulación imprevisto, un golpe de estado en marcha, la predicción de un huracán asesino para mañana o el advenimiento del Juicio Final, el que lo sepa primero que lo diga incluso a riesgo de equivocarse. Pero...¿Un adelanto insustancial de la programación del Bafici? ¿No es más elegante y ético publicarlo cuando todos?

Batlle también metió la pata en dos cosas: primero, no mencionando a Clarín por su nombre; segundo, no llamando a Wolf primero para preguntarle y salir con ese texto enfadado. Por otra parte, quizás debería haber averiguado antes de pubicar si la responsabilidad de este adelanto fue del redactor o una decisión del editor de cine (que no es Lerer sino Pablo O. Scholz).

El problema es éste, y es algo que a ustedes sí les interesa: nuestros medios -y muchos periodistas- están dominados por la urgencia. No por la reflexión respecto de lo que se va a publicar y cómo. Como todo, el periodismo se ha transformado en un negocio. Pero además en un negocio que casi nadie entiende: parece reducirse hoy al autobombo (es asqueroso lo que hizo Clarín con Guinzburg) y a ser primero. Ser primero no significa ser relevante, ni siquiera -en muchos casos es lo contrario- ser veraz. Yo nunca quise ser periodista pero el tiempo me transformó también en uno: me parece que las tres necesidades básicas para un periodista son la buena fe, la veracidad y la relevancia.

Ejemplo. Mucha gente habla de la "sensación térmica" de la inseguridad. Estuve leyendo las estadísticas de delitos comunes en la Argentina: el crecimiento promedio es muy bajo, aunque hay lugares donde crecieron mucho y otros donde muy poco. Tiene que ver con el crecimieno de la población y con el de la miseria: el hambre envilece. También vi que, en años anteriores, a cada purga en la Bonaerense seguía una ola de delitos violentos. Los medios no cuentan esos datos, que explican la realidad, que son más importantes que dos páginas dedicadas a un crimen horrible. Porque un crimen horrible es excepcional, pero en términos generales sólo afecta a unas pocas personas. Las estadísticas reales sobre delitos permiten comprender en qué lugar vivimos. Esta falsificación de la realidad en busca de la "primicia sensacional" nos está volviendo cada vez más ignorantes, cada vez más limitados. Y, cada vez más, dependientes.

Esta historia chiquita que sólo molesta a una ínfima cantidad de gente en esta parte olvidada del mundo, me parece, sirve como ejemplo de algo mayor y subterráneo, algo que afectó a mis amigos Lerer y Batlle y que, seguramente, me afecta a mí también como periodista y como ciudadano: la ansiedad maldita por ganar la carrera hacia algún lugar seguro. No miren a otra parte: seguro que también les pasa a ustedes. Y es algo malo.

Prometo que en la próxima vuelvo a hablar de cine.

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  • Posteado en15:36:53