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El otro día tuve una discusión con una colega respecto del Bafici. Quiero aclarar que hay muchas cosas del Festival (de éste o de cualquiera, en realidad) que me molestan. Me molesta el esnobismo, me molestan los periodistas que sólo hablan de periodismo o buscan únicamente el último chisme, me molesta mucho que se haya perdido la comunicación y la reflexión amable de las charlas de café. Podría seguir con otras cosas, pero resultan más bien “de gueto”. No me molestan, sin embargo, los que vienen vestidos de “look bafici”, una especie de moda. Es el público que es y sería tan tonto quejarse de eso como de quejarse porque las señoras que van al Multiteatro se emperifollan como para ir a un casamiento. Es pintoresco pero no es malo en sí: ni los jóvenes baficeros ni las señoras emperifolladas carecen, por defecto, de inteligencia o sensibilidad.
Lo que discutía era el postulado “el Bafici es demasiado extremo, debería presentar menos películas difíciles”. El problema es doble: primero, ¿qué es una “película difícil”? Aparentemente, lo que escape de la narración clásica del cine mainstream es “difícil”. ¿Qué tiene de difícil la película sobre conversaciones con Godard? Nada: es un señor hablando con otro y lo que dice Godard es interesante, como puede ser interesante la conversación que tiene el vecino de mesa en un bar. ¿Qué tiene de difícil En la ciudad de Sylvia? Nada tampoco: es un muchacho que persigue un ideal de mujer por la bella Estrasburgo. Que no nos expliquen mucho y apelen a nuestra inteligencia o nuestra sensibilidad no implica que sean películas herméticas, que también las hay.
La segunda parte del problema es que la oferta cinematográfica no sólo se ha reducido en cuanto a los orígenes del cine (mucho estadounidense, bastante argentino, nada en el medio), sino también en cuanto a las formas. En los heroicos y un poco sobrevalorados años de los “cines de la L”, aparecían films que corrían no sólo el riesgo de hablar de cosas que nadie decía (pienso en la política o el sexo) sino también formales (La Chinoise se estrenó en salas en nuestro país; Oblomov era apta para todo público, muchos años después, Stalker tenía seguidores, ¿qué me dicen de que alguien intente estrenar Persona hoy, por ejemplo?). Pero es evidente que los espectadores han perdido mucho, muchísimo, la costumbre de correr riesgos y acercarse a un cine que juega con las posibilidades de la imagen en movimiento en lugar de pensar primero en la narración y después en su forma.
Me da la impresión, y espero que nadie lo crea un ataque, que hay miedo a lo no necesariamente experimental, pero sí fuera de lo común. Ni hablar de lo experimental, aunque el propio mote ya pone en guardia y “criba” al público. El Bafici cumple con la misión de compensar y complementar la abúlica agenda semanal de estrenos y abrirnos los ojos a otras posibilidades para el cine. Y está muy bien que así sea, porque de alguna manera mantiene despiertos los sentidos.
Lo malo, en todo caso, es que siempre vengamos los mismos, y que las entradas que se agoten sean las de los números puestos. Pero incluso así, siempre hay quien apuesta por el riesgo, y mucha más gente que en los pequeños ciclos, casi invisibles, que alimentan en secreto la cinefilia de Buenos Aires. Para mí es perfecto que exista un festival así, monstruoso y todo. Lo que importa no son las remeras que pueblan la platea sino los colores que invaden las pantallas. Por las dudas, lean el libro sobre los 10 años del Bafici que editó el festival, toda una prueba de que esta muestra no sólo vale la pena sino que, cada día más, se vuelve imprescindible.
