27
de
Abril
Para qué sirve el cine

Disculpen la ausencia, pero a veces uno no puede hacer lo que quiere. Prometí hablar un poco de Pierre Hébert, pero como en estos días recibí varios libros, me parece que es mucho mejor dedicarnos a eso. En parte también a Hébert: tuve la suerte de presentar en el Bafici su libro El ángel y el autómata. Como ya saben, la animación es mi fuerte y cuando me ofrecieron hacer esto no pude decir que no. No conocía la obra de Hébert y fue un descubrimiento fascinante. Más lo fue su libro, que analiza su propio desarrollo creativo. Hay mucho interesante en el texto, pero lo que más me impactó es la búsqueda de argumentos para que el universo de la crítica, demasiado influido por ciertas ideas de André Bazin –a veces mal digeridas-, considere la animación como parte del cine. Para muchos es “otra cosa”, un arte menor y al margen que coincide con el cine de acción en vivo por su reproducción mecánica y nada más.
Hébert hace algo muy interesante: toma ideas que Andrei Tarkovsky desarrolló en su libro Esculpir en el tiempo para definir como valor cinematográfico esa tensión temporal que invade cada plano de cada película, animadas incluidas. Y es cierto: cada fotograma es provisorio, presenta algo en tensión hacia un cambio. Y esa tensión, eso no definitivo de cada fotograma, es lo que diferencia el cine de cualquier otro arte. Si ése es el valor cinematográfico, la animación está comprendida perfectamente. Charlar con Hébert al respecto –un señor alegre, tranquilo, clarísimo en sus ideas y sumamente agradable- fue estar frente a una mezcla de sabiduría enorme, erudición y humildad artesanal. Para Hébert, el cine sirve para ensanchar la imaginación y discurrir sobre la relación entre la realidad y la imaginación a partir de plasmarla en un film sin constreñirse a formas establecidas. Cuanto más vuela la inspiración, más sabemos de nuestro pensamiento. El cine como una ventana al mundo interior, digamos.
Gracias a la Feria del Libro, llegaron a mis manos otros dos libros editados por la barcelonesa Laertes. Uno es Hollywood, el Pentágono y la Casa Blanca, un texto que había conocido en su original francés y que está perfectamente volcado al castellano por María Valeria di Battista. Es la obra de Jean-Michel Valentin, un señor que se dedica a estudios estratégicos y al análisis de la política militar global. Y que, por añadidura, es un cinéfilo. Resulta que en el libro analiza diversos estadios de lo que llama “cine de seguridad nacional”, algo así como un paraguas para los géneros más variados, desde la acción a la comedia, y que le permite delinear la estrategia de producción de imágenes e ideología a través del cine.
Lo mejor del libro es que no se trata de algo condenatorio, sino de una inteligente manera sesgada de ver las películas, respetando lo que es propio del arte cinematográfico. Es decir: no es que dice “los yanquis hacen esto para convencernos de aquello” sino que se mete en la puesta en escena de cada película y analiza las relaciones entre la elección de la puesta en escena y las ideas que rodean, fuera del cine, la producción de cada film. Traten de conseguirlo (en España cuesta 15 euros; aquí se consigue en la Feria, aclaro que hay pocos ejemplares) porque vale la pena ver cómo se puede hacer crítica de cine desde un lugar que no es, precisamente, ese gueto de la crítica de cine. Y aparte es una manera de responder a la pregunta del título de este post.
El otro libro de Laertes es traducción de un texto del francés Alain Bergala y se llama La hipótesis del cine. Bergala escribe en Cahiers du Cinéma y, desde hace mucho tiempo, se dedica a enseñar cine en las escuelas primarias y secundarias. Sin ser un académico, Bergala utiliza lo que sabe como crítico para explicar algo que, aunque de Perogrullo, parece que nadie ha pensado: no sirve enseñar películas malas. No sirve ni siquiera para explicar lo malas que son –y por contraste crear la idea de “buena película”-, ni sirve porque sea “importante el tema que trata”. Es decir, no sirve pasar La Historia Oficial. Lo que sirve es pasar buenas películas y acercarse al arte como lo que el arte es, algo excepcional, disruptivo y en última instancia subversivo. Algo que es una excepción y no una regla, algo que no puede –el arte, claro- reducirse a los estrechos márgenes de una currícula.
Bergala defiende la formación del gusto a través de las buenas películas, a que el joven que se acerca a un film por primera vez sepa comprender la belleza de las elecciones que lo constituyen, que pueda ver la fuerza de las imágenes y los sonidos por su complementación en la pantalla y no por algo que está fuera del cine. Para Bergala, no sirve ver un mal documental sobre Bach para que un chico aprenda a apreciar la música de Bach. Lo útil es ver Los 400 golpes, o Dónde está la casa de mi amigo, o Los 39 escalones, o Más corazón que odio. O –esto lo agrego yo- Pinocho, pero no por lo que “enseña” sino por lo que es. El cine sirve entonces para despertar, también, el gusto por la belleza. También lo consiguen con un poco de suerte en la Feria.
Sí, sí, los otros libros del Bafici (El plano justo, de Fillipelli, Bafici-10 años, compilado por Marcelo Panozzo, y Algunos paseos por la ciudad de Sylvia, compilado por Jaime Pena) son buenísimos también, y útiles, y dan para hablar largo y tendido sobre cine y sobre para qué sirve, si de algo sirve. Por lo menos, ya sabemos que también sirve para leer, aunque como ven, para leer cine primero hay que verlo.








