El BigoBlog

27

de
Abril

Para qué sirve el cine

Disculpen la ausencia, pero a veces uno no puede hacer lo que quiere. Prometí hablar un poco de Pierre Hébert, pero como en estos días recibí varios libros, me parece que es mucho mejor dedicarnos a eso. En parte también a Hébert: tuve la suerte de presentar en el Bafici su libro El ángel y el autómata. Como ya saben, la animación es mi fuerte y cuando me ofrecieron hacer esto no pude decir que no. No conocía la obra de Hébert y fue un descubrimiento fascinante. Más lo fue su libro, que analiza su propio desarrollo creativo. Hay mucho interesante en el texto, pero lo que más me impactó es la búsqueda de argumentos para que el universo de la crítica, demasiado influido por ciertas ideas de André Bazin –a veces mal digeridas-, considere la animación como parte del cine. Para muchos es “otra cosa”, un arte menor y al margen que coincide con el cine de acción en vivo por su reproducción mecánica y nada más.

Hébert hace algo muy interesante: toma ideas que Andrei Tarkovsky desarrolló en su libro Esculpir en el tiempo para definir como valor cinematográfico esa tensión temporal que invade cada plano de cada película, animadas incluidas. Y es cierto: cada fotograma es provisorio, presenta algo en tensión hacia un cambio. Y esa tensión, eso no definitivo de cada fotograma, es lo que diferencia el cine de cualquier otro arte. Si ése es el valor cinematográfico, la animación está comprendida perfectamente. Charlar con Hébert al respecto –un señor alegre, tranquilo, clarísimo en sus ideas y sumamente agradable- fue estar frente a una mezcla de sabiduría enorme, erudición y humildad artesanal. Para Hébert, el cine sirve para ensanchar la imaginación y discurrir sobre la relación entre la realidad y la imaginación a partir de plasmarla en un film sin constreñirse a formas establecidas. Cuanto más vuela la inspiración, más sabemos de nuestro pensamiento. El cine como una ventana al mundo interior, digamos.

Gracias a la Feria del Libro, llegaron a mis manos otros dos libros editados por la barcelonesa Laertes. Uno es Hollywood, el Pentágono y la Casa Blanca, un texto que había conocido en su original francés y que está perfectamente volcado al castellano por María Valeria di Battista. Es la obra de Jean-Michel Valentin, un señor que se dedica a estudios estratégicos y al análisis de la política militar global. Y que, por añadidura, es un cinéfilo. Resulta que en el libro analiza diversos estadios de lo que llama “cine de seguridad nacional”, algo así como un paraguas para los géneros más variados, desde la acción a la comedia, y que le permite delinear la estrategia de producción de imágenes e ideología a través del cine.

Lo mejor del libro es que no se trata de algo condenatorio, sino de una inteligente manera sesgada de ver las películas, respetando lo que es propio del arte cinematográfico. Es decir: no es que dice “los yanquis hacen esto para convencernos de aquello” sino que se mete en la puesta en escena de cada película y analiza las relaciones entre la elección de la puesta en escena y las ideas que rodean, fuera del cine, la producción de cada film. Traten de conseguirlo (en España cuesta 15 euros; aquí se consigue en la Feria, aclaro que hay pocos ejemplares) porque vale la pena ver cómo se puede hacer crítica de cine desde un lugar que no es, precisamente, ese gueto de la crítica de cine. Y aparte es una manera de responder a la pregunta del título de este post.

El otro libro de Laertes es traducción de un texto del francés Alain Bergala y se llama La hipótesis del cine. Bergala escribe en Cahiers du Cinéma y, desde hace mucho tiempo, se dedica a enseñar cine en las escuelas primarias y secundarias. Sin ser un académico, Bergala utiliza lo que sabe como crítico para explicar algo que, aunque de Perogrullo, parece que nadie ha pensado: no sirve enseñar películas malas. No sirve ni siquiera para explicar lo malas que son –y por contraste crear la idea de “buena película”-, ni sirve porque sea “importante el tema que trata”. Es decir, no sirve pasar La Historia Oficial. Lo que sirve es pasar buenas películas y acercarse al arte como lo que el arte es, algo excepcional, disruptivo y en última instancia subversivo. Algo que es una excepción y no una regla, algo que no puede –el arte, claro- reducirse a los estrechos márgenes de una currícula.

Bergala defiende la formación del gusto a través de las buenas películas, a que el joven que se acerca a un film por primera vez sepa comprender la belleza de las elecciones que lo constituyen, que pueda ver la fuerza de las imágenes y los sonidos por su complementación en la pantalla y no por algo que está fuera del cine. Para Bergala, no sirve ver un mal documental sobre Bach para que un chico aprenda a apreciar la música de Bach. Lo útil es ver Los 400 golpes, o Dónde está la casa de mi amigo, o Los 39 escalones, o Más corazón que odio. O –esto lo agrego yo- Pinocho, pero no por lo que “enseña” sino por lo que es. El cine sirve entonces para despertar, también, el gusto por la belleza. También lo consiguen con un poco de suerte en la Feria.

Sí, sí, los otros libros del Bafici (El plano justo, de Fillipelli, Bafici-10 años, compilado por Marcelo Panozzo, y Algunos paseos por la ciudad de Sylvia, compilado por Jaime Pena) son buenísimos también, y útiles, y dan para hablar largo y tendido sobre cine y sobre para qué sirve, si de algo sirve. Por lo menos, ya sabemos que también sirve para leer, aunque como ven, para leer cine primero hay que verlo.

21

de
Abril

Sin lugar para los premios

1-El Bafici funcionó muy bien, tuvo una cantidad récord de espectadores que ya querría cualquier tanque de las últimas semanas y se vieron muy buenas películas.

2-Los premios fueron vergonzosas apuestas a lo seguro, tanto formal como temáticamente. Las películas más arriesgadas no tuvieron los premios que merecían (Profit Motives…. e Historias Extraordinarias). Hubo alguna alegría parcial como el premio para süden, una muy buena película que está entre lo mejor que presentó el Festival. También un premio menor para Una semana solos. Pero el palmarés no refleja, ni de lejos, lo que pasó con el cine argentino en esta edición.

3-Lo que nos lleva a, justamente, el cine argentino. Hubo una película gigante, enorme, genial, cuya importancia les aseguro que va a crecer con el tiempo y se llama Historias Extraordinarias. Hubo un film que decidió hacerse cargo de lo que es hoy el cine “nuevo” y buscarle otra salida, Los Paranoicos. Y hubo, también, mucho cine calculado, correcto, con un ojo puesto en lo que el realizador necesita decir y otro en qué puede programar un festival afuera, cómo llevarse un premio. Unidad 25 es un ejemplo de eso. Cuidado: no decimos que se trate de una mala película. Es buena, pero queda en ese lote de “corrección fílmica” que es hora de debatir y, sí, de quebrar.

4-La selección internacional competitiva está lejos de lo que fue, por ejemplo, la de 2001, cuando se vieron Platform, Barking dogs never bites, Thomas est amoureux, Modelo 73, Mad songs of Fernanda Hussein, Chopper y varias más. Pero en diez años pasó que el circuito de festivales se homogeneizó tanto como el mainstream, lo que provoca films híbridos que no van a fondo ni con nuevas elecciones estéticas ni con nuevas rupturas temáticas, sino simplemente con una pequeña mezcla de ambas cosas. Films que carecen de la honestidad de ser fieles a quienes las hacen, de surgir de un deseo genuino. Hay una distancia sideral entre quienes filman Those Three, Up the Yangtse o Night Train y un Gus Van Sant que hace Paranoid Park o un Pere Portabella que larga El silencio antes de Bach, sin ir más lejos. Es raro, porque el cine más joven y vital parece venir de los que ya están amortizados, no de quienes deberían generar nuevas formas y nuevos lugares.

5-Por eso, volvamos, la aparición de Historias Extraordinarias es un relámpago en cielo claro, porque es un film al que le importa un pito si gana o pierde plata. Simplemente está hecho por la necesidad de hacer cine y de compartirlo. La necesidad de pasarla bien filmando y que uno la pase bien mirando. La absoluta confianza en el poder fascinador de las imágenes y de los textos. La absoluta confianza en el propio gusto y las propias elecciones. Como pocos films, Historias… es su director. Es Llinás hecho película, es ese grupo de cineastas lanzados a una aventura monumental transformados en ese grupo de personajes fuera de toda norma. Esa fe en el cine, en uno mismo, en el espectador como ser inteligente apareció, notablemente, en una serie de films que justifican la existencia de cualquier festival. Llinás y Gianvito aparte, está en Jogo de cena, en En la ciudad de Sylvia, en Hamburger Lektures, en Encounters at the End of the World, en Luz silenciosa (sí, y me cae mal el cine de Reygadas en general, pero a ésta no hay con qué darle), en Redacted, en Joe Strummer: The Future is Unwritten, en Violent Virgin, en la sublime La plante humaine. Ahí hay ganas, invención; un festival en lo que la creación, la protesta y la invención tienen de festivo.

6-La próxima les cuento algo de Pierre Hébert, un tipo al que hay que descubrir ya mismo.

17

de
Abril

Cómo estar sentado cuatro horas en el cine

Si ustedes vieron Balnearios, seguramente recordarán que aquella película contaba varias historias, todas o casi todas con enorme presencia de la voz en off, y marcaba una ruptura (cómica) en el nuevo cine argentino, además de revelarnos el nombre de Mariano Llinás. Debo admitir –y el propio Llinás me lo recuerda cada vez que se cruza conmigo- que Balnearios me había gustado formalmente pero que, ideológicamente, me despertaba una enorme cantidad de reparos: básicamente que los personajes eran mirados “desde arriba”, como desde la posición de un aristócrata. Así lo escribí, de paso, en otro medio. Lo cuento porque no soy un “llinafílico” de la primera hora: más bien me conquistó su segunda película, la no estrenada El Humor. Pero me preguntaba cómo iba a evolucionar aquella estética de Balnearios.

Cuando descubrí que la película nueva de Llinás duraba cuatro horas, me asusté. Después pensé que era una típica humorada del realizador. Después me temí algo así como una miniserie televisiva. Más tarde, me comentó mi amigo Diego Brodersen que se trataba de tres historias. Casi todo el mundo creía que las tres historias se contaban enteras, primero una, después la otra, y así, como si fueran tres películas. Como si fuera, digamos, la nunca jamás estrenada aquí Grindhouse (y el paralelo con Tarantino no es gratuito). No: están todas mezcladas. Vi , pues, Historias Extraordinarias, cuatro horas y media si se suman los intervalos. Lo primero que tengo para decir es: vayan. Si durase ocho horas, se quedarían las ocho.

Llinás cuenta, efectivamente, tres historias. Pero también la de los personajes que se cruzan con los protagonistas de cada una de ellas, los cuentos que se narran entre ellos para pasar el rato, las investigaciones que realizan sin darse cuenta de que son absurdas, lo que surge de una noticia policial, de la enumeración de cosas (la enumeración como modo narrativo es una marca del estilo Llinás), de una foto, de un gesto. Es una película donde vemos a la gente dialogar aunque no la escuchamos hablar: se trata todo el tiempo de voces en off (de los actores Daniel Hendler, Juan Minujín y Verónica Llinás –sí, si no lo sabían es la hermana, sí) que resultan totalmente coherentes, que acurrucan al espectador y que agregan contrastes y matices a lo que vemos. Todo parece una empresa enorme y desaforada, pero tiene una precisión notable. De alguna manera, el director se deja llevar por sus intuiciones, está convencido de que las cosas funcionan de ese modo desmesurado y confía de paso en la inteligencia del espectador. Nadie puede decir que se trate de un film disgresivo, porque lo asume desde el primer plano. Y lo hace con enorme amenidad, con muchísimo humor (en ese sentido, Historias… es lo más parecido a una epopeya cómica, utilizando cada término de manera literal) y con una amabilidad enorme.

El espectador nunca siente que las cosas se hagan pesadas, sino que le cuentan una gran cantidad de anécdotas y se va engcanchando con cada una. De hecho, se trata ni más ni menos de la mejor transposición de esas conversaciones entre amigos que duran horas y horas, donde entre asado y copas se van contando una y otra y otra historia más. Y todas –por eso se cuentan- salen de lo ordinario. Ante el cine ordinario, pues, ante la rutina de cuentos siempre contados de la misma manera, ante la imposición del plano vertiginoso como única verdad, este proyecto resulta un antídoto y una provocación. Lo escribí en otra parte, también, pero no importa: el Bafici puede tener películas mejores que ésta, pero ninguna tan importante (para el cine argentino especialmente) como Historias Extraordinarias. ¿Me animo? Y sí: es una obra maestra.

14

de
Abril

En defensa de lo extremo

 

 

El otro día tuve una discusión con una colega respecto del Bafici. Quiero aclarar que hay muchas cosas del Festival (de éste o de cualquiera, en realidad) que me molestan. Me molesta el esnobismo, me molestan los periodistas que sólo hablan de periodismo o buscan únicamente el último chisme, me molesta mucho que se haya perdido la comunicación y la reflexión amable de las charlas de café. Podría seguir con otras cosas, pero resultan más bien “de gueto”. No me molestan, sin embargo, los que vienen vestidos de “look bafici”, una especie de moda. Es el público que es y sería tan tonto quejarse de eso como de quejarse porque las señoras que van al Multiteatro se emperifollan como para ir a un casamiento. Es pintoresco pero no es malo en sí: ni los jóvenes baficeros ni las señoras emperifolladas carecen, por defecto, de inteligencia o sensibilidad.

 

Lo que discutía era el postulado “el Bafici es demasiado extremo, debería presentar menos películas difíciles”. El problema es doble: primero, ¿qué es una “película difícil”? Aparentemente, lo que escape de la narración clásica del cine mainstream es “difícil”. ¿Qué tiene de difícil la película sobre conversaciones con Godard? Nada: es un señor hablando con otro y lo que dice Godard es interesante, como puede ser interesante la conversación que tiene el vecino de mesa en un bar. ¿Qué tiene de difícil En la ciudad de Sylvia? Nada tampoco: es un muchacho que persigue un ideal de mujer por la bella Estrasburgo. Que no nos expliquen mucho y apelen a nuestra inteligencia o nuestra sensibilidad no implica que sean películas herméticas, que también las hay.

 

La segunda parte del problema es que la oferta cinematográfica no sólo se ha reducido en cuanto a los orígenes del cine (mucho estadounidense, bastante argentino, nada en el medio), sino también en cuanto a las formas. En los heroicos y un poco sobrevalorados años de los “cines de la L”, aparecían films que corrían no sólo el riesgo de hablar de cosas que nadie decía (pienso en la política o el sexo) sino también formales (La Chinoise se estrenó en salas en nuestro país; Oblomov era apta para todo público, muchos años después, Stalker tenía seguidores, ¿qué me dicen de que alguien intente estrenar Persona hoy, por ejemplo?). Pero es evidente que los espectadores han perdido mucho, muchísimo, la costumbre de correr riesgos y acercarse a un cine que juega con las posibilidades de la imagen en movimiento en lugar de pensar primero en la narración y después en su forma.

 

Me da la impresión, y espero que nadie lo crea un ataque, que hay miedo a lo no necesariamente experimental, pero sí fuera de lo común. Ni hablar de lo experimental, aunque el propio mote ya pone en guardia y “criba” al público. El Bafici cumple con la misión de compensar y complementar la abúlica agenda semanal de estrenos y abrirnos los ojos a otras posibilidades para el cine. Y está muy bien que así sea, porque de alguna manera mantiene despiertos los sentidos.

 

Lo malo, en todo caso, es que siempre vengamos los mismos, y que las entradas que se agoten sean las de los números puestos. Pero incluso así, siempre hay quien apuesta por el riesgo, y mucha más gente que en los pequeños ciclos, casi invisibles, que alimentan en secreto la cinefilia de Buenos Aires. Para mí es perfecto que exista un festival así, monstruoso y todo. Lo que importa no son las remeras que pueblan la platea sino los colores que invaden las pantallas. Por las dudas, lean el libro sobre los 10 años del Bafici que editó el festival, toda una prueba de que esta muestra no sólo vale la pena sino que, cada día más, se vuelve imprescindible.

 

De aquí a Terra.

11

de
Abril

Dos versiones de la Historia

Sí, sí, Bafici. Mi amigo y correligionario Nazareno Brega los informa en Terra; yo no quiero superponerme a su leal saber y entender, sino solamente contarles que vi dos películas muy diferentes en la Competencia que me hacen pensar acerca de lo real, de la Historia, de esas cosas.

Una es Profit Motives and the Whispering Wind, del estadounidense John Gianvito. El hombre, basado en un libro, lo que hace es recorrer hermosos paisajes de los Estados Unidos donde sopla el viento y tomar imágenes de cementerios, monumentos funerarios y placas conmemorativas. Todos esos monumentos cuentan la historia de la lucha de clases en aquel país, en un doble viaje en el espacio y el tiempo. No hay voz en off, apenas sí hay música, cada plano dura lo justo y se produce un estado hipnótico donde, al mismo tiempo de contemplar la belleza de cada imagen –aseguro que, aunque ustedes sólo sean devotos de Michael Bay, lo bello del film no les va a resultar indiferente-, comprendemos una versión siempre oculta de la Historia.

Es de esas películas que sanan. Sanan la vista, sanan ese furor vertiginoso de las montañas rusas que, semana a semana, se vomitan en tantas, demasiadas, pantallas. Sobre todo, sanan la cabeza, porque nos llevan, con una amabilidad enorme y convicciones férreas, a pensar y participar. Es como leer un poema de Emily Dickinson, esos casi secretos llenos de misteriosos signos tipográficos que, como hiatos en la respiración, nos obligan a pensar más allá de las palabras.

Y después vi Up the Yangtsé, un film documental que no lo parece porque su manipulación de la imagen es enorme, malvada. Hay por ejemplo una chica muy, muy pobre. La cámara se dedica a mostrar la miseria en la que vive con su familia y no ahorra la imagen de un gatito blanco (no puedo perdonar que se le falte el respeto a un gato en una película) famélico, hociqueando en busca de comida. Mientras tanto, el realizador –descendiente de chinos- usa la voz en off para contar lo lindo que su abuelo le decía que era el río, lo malo que es el capitalismo, lo ridículos que son los turistas americanos que abordan los cruceros fluviales y un largo etcétera.

Es de esas películas que enferman. Enferman la vista con su elección abyecta de la miseria humana, refuerzan esa maldita costumbre de las películas, que, semana a semana, se vomitan en tantas, demasiadas, pantallas, donde nada queda librado a nuestro libre arbitrio o nuestra inteligencia. Sobre todo, enferman la cabeza porque nos llevan, con una prepotencia enorme y un alarde de superioridad, a adherir acríticamente a sus postulados. Es como leer el discurso de un demagogo, esos llenos de adjetivos que, como escupitajos en la cara, nos conminan a no ir más allá de las palabras.

La realidad es inasible, incluso por el cine. Estas dos películas, opuestas, son los extremos a los que se puede arribar cuando se intenta contar la Historia –pasada, presente, incluso futura- desde el lugar del poeta o del demagogo. El verdadero cine, el que nos marca a fuego, es el de los poetas, esos que creen que la imagen esconde siempre un misterio del que se pueden dar indicios pero que es imposible revelar completamente. Los demagogos creen que se puede decir y mostrar todo. Por eso terminan siendo redundantes.

8

de
Abril

El señor Heston, de derecha a izquierda

Bueno, se murió Charlton Heston. Y como hace varios posteos que venimos hablando de política, resulta que es todo un problema acercarse a este hombre sin mencionar, aunque sea de refilón, sus posiciones extremas de los últimos años. Seguramente todos vieron Bowling for Columbine, el documental de Michael Moore. Seguramente recordarán ese final donde entrevista de manera maliciosa y más que un poco falazmente a Heston, casi culpándolo del asesinato de una niña. Heston siempre fue un tipo de derechas y siempre pensó que los norteamericanos tenían derecho de armarse en defensa de sus propiedades. Una posición sin dudas extremista, es cierto, y con la que estoy en absoluto desacuerdo. Sin embargo, que Heston haya podido hacer campaña como presidente de la NRA (Asociación Nacional del Rifle) habla de cómo funciona la democracia y la libre expresión. Me dirán que otros que opinan lo contrario no tienen las mismas facilidades; responderé que sí, que es verdad pero que eso no es, precisamente, culpa de Heston.

Una vez resuelto este asunto de lo político, otra paradoja. Heston fue, primero, un héroe más bien “de derechas” en la pantalla: el Cid, Moisés, Ben-Hur. Sí, me van a mencionar Sed de Mal. Allí el incorruptible Vargas, lleno de buena conciencia, es el preludio del monstruoso Quinlan. Uno bien puede ver en el pensamiento monolítico de Heston el germen de alguien a quien el desencanto volverá cínico, y el cinismo, inhumano. Vargas, buenote y todo, es un liberal a punto de asustarse, finalmente será el fascista terminal, resignado hasta la propia muerte, que Quinlan representa.

O sea, sigamos, de derechas. Sin embargo, sus tres películas de ciencia ficción son antiutopías de izquierda, o por lo menos de lo que puede considerarse izquierdas en los Estados Unidos. Son El planeta de los simios, El hombre Omega y Cuando el destino nos alcance. En la primera, la sociedad de los simios parece reducir, satíricamente, la sociedad estadounidense que llevaba a la guerra nuclear: científicos sumisos y militares arrogantes. Heston era el último humano, y terminaba diciendo “malditos”, ¿se acuerdan? Los malditos eran los que habían lanzado la bomba, ya no importaba si rusos y norteamericanos. Era ese mundo y esas tensiones las que habían explotado.

En El hombre Omega era Robert Neville, el personaje que hizo recientemente Will Smith en Soy Leyenda (El hombre… es la segunda adaptación de la novela de Matheson). Otra vez, la sociedad de consumo, llevada al extremo de la perversión tecnológica, acababa con lo humano nuevamente. La condena, otra vez, era a la ciencia desaforada, salida de madre. Heston era, otra vez, el último ser humano y su resistencia era inútil.

La más tremenda de las tres es Cuando el futuro nos alcance, de Richard Fleischer, realizada en 1973. Es un policial negro ambientado en un futuro superpoblado, donde una cucharadita de mermelada de frutilla es un lujo y donde el suicidio es legal. Donde la gente se mata por conseguir un poco de soylent verde, alimento cuasi único para la ex clase media. Hay otros “soylents” más baratos, cada dos por tres hay desabastecimiento y el Estado reprime los alzamientos con topadoras y palas mecánicas. Heston descubre que todo es el fruto de una conspiración: el estado industrial destruyó la Tierra y el soylent green (lamento contarles el final) es, ni más ni menos, cuerpos humanos procesados.

Estas tres antiutopías son ejemplos de un género y, también, documentos del desencanto de finales de los sesenta y principios de los setenta. Heston era tan grande que verlo caer multiplicaba el horror. El futuro, en estos films, no era lugar para los débiles ni para los fuertes. Lo interesante es que son obras políticas –mejores o peores, en realidad ninguna de las tres es mala- y que de alguna manera se oponen a las posiciones que Heston sostuvo en su vida fuera de la pantalla. Es lo bueno del cine –y del arte-: su potencia es capaz de volver a las personas puras paradojas.

3

de
Abril

Salvajes recomendaciones del Bafici

 

 

Bueno, ok. Este posteo no es la cosa más extraordinaria del planeta, pero visto y considerando que ya hay bastante del Bafici que se agotó, me parece que vale la pena decirles que NO tratar de ver. No lloren porque ya no hay entradas para Shine a Light, dado que se estrena al otro día de proyectada en el Festival. No se maten por I’m not there, porque la verdad, la verdad, es bastante aburrida. Yo prefiero buscar lo siguiente:

-Historias extraordinarias, de Mariano Llinás. Digo, una película de cuatro horas con intervalo que hace de Buenos Aires un país fantástico. Hay humor, amor, aventuras y el estilo de juego constante, entre lo erudito y lo popular, de Llinás. Vayan.

-Los Paranoicos, de Gabriel Medina. Algunos la ven como una comedia; no lo es tanto. Hay algo muy denso en el film que tiene, además, elementos que recuerdan a mucho del último cine independiente. Y cuando digo “mucho” es para trazar un arco que va desde Rejtman hasta Szifrón. No puedo decir mucho más, sólo que no es más de lo mismo.

-Profit Motive and the Whispering Wind, de John Gianvito. Este hombre hizo un film desesperado, deshilachado y perfecto en 2001, The Mad Songs from Fernanda Hussein. Aquí vuelve al grito político con una obra de menos de una hora de duración. Cuenta las luchas sociales en los Estados Unidos desde su nacimiento y es imprescindible.

-Tom Petty and the Heartbreakers: Runnin’ Down a Dream, de Peter Bogdanovich. El último realizador clásico norteamericano recorre en varias horas (y no se siente) la carrera de este rocker extraordinario y casi secreto. Puro goce musical y cinematográfico.

-Mister Lonely, de Harmony Korinne. A mí me gustó mucho Julien Donkey Boy, un film cuasi dogma donde Werner Herzog torturaba a su hijo para volverlo campeón de lucha libre. Aquí cuenta la historia de un grupo de gente que vive de imitar celebridades. Y los actores son Diego Luna, Samantha Morton, James Fox… No es lo único: también está Herzog dando vueltas. Y se acerca mucho más a la comedia que al tremendismo de Julien… Yo voy.

-Carne sobre carne, de Diego Curubeto. Un documental con material inédito sobre la Coca Sarli, un film medio legendario que Curubeto lleva bastantes años cocinando. Qué será, no lo sé, pero ¿quién no siente curiosidad por algo así?

-Sukiyaki Western Django, de Takashi Miike. Una guerra de clanes en Japón, contado como spaghetti western con samuráis. Y con Tarantino. Y con algo de Cosecha Roja (bueno, casi la adapta, como lo había hecho Sergio Leone en Por un puñado de dólares o Kurosawa en Yojimbo). ¿Querían diversión salvaje y descontrol? Ahí tienen.

-Calle Santa Fe, de Carmen Castillo. La esposa de Miguel Enríquez, secretario general del MIR chileno, asesinado en 1974, vuelve tras varios años de vivir en Europa a su país, mira e interroga lugares y viejos momentos de la militancia. No es un film simple y, aunque la realizadora tiene una mirada inequívoca, abre caminos. Además permite comprender qué pasó en aquellos años cuando Pinochet se apropió de Chile.

Y vayan a ver cualquier cosa, ché… elegir al azar es una de las mejores cosas que se pueden hacer en el Bafici. Manden las suyas y compartan.

De aquí a Terra.

1

de
Abril

Preparados para el Bafici

Este año estoy contento con el Bafici. Los motivos son varios: en primer lugar, y más allá del alejamiento de Fernando Martín Peña, porque se mantuvo la continuidad de la línea del festival (y se comenzará a discutir en serio la autarquía, lo que la aseguraría definitivamente). En segundo, porque la programación es muy buena. En tercero –principal para mí, adulto cansado- porque no se superpone con Mar del Plata.

Aquí yo quisiera hacer un balance del Bafici. Van diez festivales y eso alcanza para que nos podamos sentir orgullosos de tener en la Argentina. Los primeros eran buenos aunque no tanto; sin embargo, se pudieron ver retrospectivas completas de Nani Moretti y Paul Morrisey, sin ir más lejos. Y en fílmico. La gestión Quintín llevó el Festival a la radicalización en busca de la originalidad (de todo tipo) y a la bienvenida inflación de títulos. La de Peña continuó con ese perfil y también logró hacer crecer el aspecto didáctico que tiene que tener una muestra. Albricias.

Hay una crítica que siempre se le hace al Festival y es, justamente, la cantidad de películas. Y sí, más de 400 títulos son demasiados como para no sentir que uno se pierde algo –o mucho. Pero estratégicamente es muy bueno, sobre todo para el cine argentino. Esa programación que se esfuerza por reunir lo más nuevo y relevante del cine mundial siempre fue un gran anzuelo para programadores de otros países que vienen a ver, qué sé yo, la retrospectiva de Raya Martin y se encuentran con las películas argentinas. Resultado: se llevan películas argentinas a pasear por el mundo. Ese costado difusor del Bafici, íntimamente relacionado con su variedad y su desprejuicio, es de la máxima importancia.

También ha sido el lugar donde muchos autores no argentinos encontraron los ojos que los descubrirían. Naomi Kawase, Apichatpong Weerasetakhul, Bong Joon-ho, Zia Zhanké (sí, está bien, son todos asiáticos, algo que habla bien de la búsqueda del Bafici) empezaron a ser reconocidos internacionalmente gracias a la pantalla que significó Buenos Aires. Es decir: a medida que el Bafici fue, cada vez más, un centro de interés para la crítica internacional, también se fue transformando en semillero.

El desafío del Bafici es crecer. Bueno, es una frase hecha que siempre escuchan respecto de eventos exitosos y no tanto (lo mismo se dice de Mar del Plata). Pero el verdadero desafío del Bafici es crecer, instaurar la “marca” más allá de los 12 días de abril. Que las películas se queden más que sólo los días del Festival para que el efecto amplificador del público sirva. Eso redundaría en la posibilidad de tener un buen circuito alternativo y que la variedad cinematográfica sea mayor.

Y que la variedad crezca implica un verdadero crecimiento cultural. Vivimos el siglo (los siglos, ya) de las imágenes, que vehiculizan hoy más cultura que las palabras. Sería una pena que el Bafici aparezca desintegrado a una política de las imágenes y que se transforme en el gueto que en ocasiones se lo acusa de ser. Para eso tiene que, sin perder su perfil y sin claudicar con los títulos, buscar más público. Eso requiere de políticas activas, de difusión, del boca a boca. Y de que dejemos de lado el cinismo que nos suele convocar como porteños, ese de “báhhh…en el pupichi ves pelis de chinos aburridos y van todos nenes de palermo jólibud”, una estupidez escuchada (con variada declinación) de boca de muchos ignorantes, muchos de ellos periodistas, muchos de ellos periodistas “de cine” (no saben la cantidad creciente de ignaros que posa de “gente de cine” en el medio), muchos de ellos gente que tiene la responsabilidad de abrir los ojos y la cabeza antes de escribir en medios muy masivos. Un festival de cine es una de las mejores cosas que puede pasar en una gran ciudad, y el de Buenos Aires es impresionante. Vayan y arriesguen.

De aquí a Terra

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