No conozco demasiado cuál es la edad de los usuarios que se aventuran en esta página. Sí sé que muchos recuerdan bien los años 80 y que varios leen medios dedicados al cine (El amante pero no solamente). Esta semana llegó a mis manos Espíritu de Simetría, el libro que compila las críticas de Ángel Faretta en la revista Fierro (primera época) entre 1984 y 1991. Lo esperaba por muchas razones: en especial porque había guardado demasiado tiempo mi colección de la revista -que ya no me interesa- sólo por esos textos. Segundo, para poder recomendarlo.
Aunque en el prólogo del libro el propio Faretta se encarga de pegarnos a quienes recordamos con cariño haberlo leído, hay cosas que hay que recordar. En los 80, Faretta era el crítico de cine en quien podíamos confiar. Era la persona que nos abría los ojos a la cinefilia a quienes entonces -adolescentes con hambre y ya amantes del cine aunque sin disciplina- nos ayudaba a separar la paja del trigo. Y era quien podía dedicar un texto complejísimo a demostrar que Aliens era una obra maestra, que Carpenter era uno de los más importantes artistas y pensadores del siglo, que Coppola era lisa y llanamente un genio. Era quien nos hacía comprender por qué nos gustaban Hitchcock, Ford, Welles, Hawks, Minelli o Sirk. Más todavía: era quien nos obligaba a buscar otras lecturas, a mirar el mundo y ver cómo devenía, en el caso de los verdaderos autores, film, cómo existía para eso. No se trataba -no se trata- de una lectura "fácil": Faretta es un verdadero autor de críticas que exige una cultura enorme.
Por supuesto, hay muchas cosas que seguramente irritarán al lector. No sólo porque Faretta es implacable, sino porque con el correr de los textos dejó de preocuparse por ser "claro" en el sentido más trivial de la palabra. Fue dejando de lado (como si se pudiera) la pura crítica entendida como hermenéutica del film a la teoría cinematográfica, a la construcción que luego denominó concepto del cine.
No es un autor poco polémico, pero lo bueno que tiene es que, para discutirle algo, hay que estar a la altura por lo menos de sus lecturas. O cerca, porque a veces de la impresión de que no ha dejado libro por leer o película por ver. Eso es todo un desafío y un estímulo. En algún lugar de la introducción, dice algo con lo que no se puede estar más de acuerdo:
"(...) Desde hace varias décadas, el acceso al qué del cine, como un todo, es la promesa venal que se les ofrece a los jóvenes y no tan jóvenes habitantes de clase media de las ciudades como compensación vicaria de su rasa horizontalización filistea.(...) El acceder a toda cosa fílmica les es administrado como un antídoto o, mejor, como un filtro mágico para olvidar. A todo aquel que no sabe qué es una terza rima o un pentámetro yámbico, qué significa al menos escolarmente "entelequia" o qué cosa es un axioma -no digamos distinguir el dórico del jónico-, a todos aquellos que conocen la historia de su país y del mundo sólo desde su propio nacimiento -con lo cual labran el primer y fundamental eslabón en la cadena de su propia esclavitud-, se los induce a creer que todo ello puede solucionarse con el entendimiento inmediato, mágico, sobre todo voluntarista, de algo llamado 'cine'.(...)"
Aclaro que en la misma nota nos pega a los críticos (o a algunos, yo no creo estar incluido pero quién sabe) con precisión. El párrafo no sólo es muestra de estilo sino de la puesta en escena de la escritura. Es decir: aquí el estilo es la forma de la idea. Las palabras son justas. Podrán estar o no de acuerdo, pero los insto a pensar cómo responder a este diagnóstico.
El cine para Faretta es el último avatar del pensamiento y la poesía. La cinefilia, conquistada por el medio pelo, debe ser trascendida. Lo que hace interesante la lectura del volumen es que vamos siguiendo el devenir intelectual del autor, como cuando vemos la obra de un gran cineasta desde sus primeras a sus últimas películas (digamos, a Hitchcock, o San Alfred, como lo denomina don Ángel). Y el recorrido es estimulante, polémico, complejo, a veces oscuro, muchas veces luminoso. Muchos empezamos a escribir sobre cine porque leímos estos textos en el momento donde la crítica de los diarios era apenas un catálogo de lugares comunes, cuando no de lisa y llana complicidad con los malhacedores de cine nacional "que tanto esfuerzo conlleva".
Hay una historia aquí, una historia que nos ha provocado o estimulado (ustedes elijan) a muchos. Hoy que la ramplonería se enseñorea en todas partes y que, tras lo que pareció una saludable depuración y avance, la crítica de los diarios ha vuelto en gran medida a la mala escritura y la falta de ideas de hace veinte o treinta años (y aclaro que no me siento exento de tales pecados), releer al católico Faretta es casi imprescindible. Después pueden quejarse, burlarse, permanecer indiferentes (lo último no lo creo). Pero primero traten de entender: Faretta fue el crítico que nos abrió el cine y la biblioteca a una generación completa. Después ejercimos el libre albedrío. Sería bueno que tal cosa vuelva a pasar.