El BigoBlog

24

de
Julio

Qué hacemos

El debate sobre los espectadores del post anterior me dejó un sabor amargo. No porque no concuerde o concuerde con lo que fueron escribiendo, sino porque en ciertas ocasiones me da la impresión de que seguimos usando el famoso "vos no podés opinar porque tu nariz es verde". ¿Por qué no puede alguien que va al cine frecuentemente hablar de cine? Bien, aquí aparece otra punta que me parece interesante: el trato que tenemos los críticos en general.

Hace mucho tiempo, cuando alguien me preguntaba por mi profesión, decía "crítico de cine". La gente suele esperar que uno diga "médico", "abogado", "piscólogo", "trabajo en una financiera", "soy poeta y nadie me comprende" o "estudio". No "crítico de cine", que viene a ser algo tan raro como "piloto de avión". Ahora digo "periodista" y es más común, hasta que alguien me empieza a decir "ah, entonces vos debés saber qué pasa con el campo-el jefe de gabinete-la desaparición de Madeleine-Ingrid Betancourt-Cristina-etc.", y aclaro "no, yo escribo sobre cine". Ahí vuelve el desconcierto y viene una serie de preguntas. La más usual, común, repetida es la siguiente: "¿Qué hay de bueno para ver?".

La respuesta suele ser siempre la misma "Y, mirá… depende de qué te guste ver; a mí me gusta todo el cine en general pero a lo mejor lo que me parece bueno a vos te parece malo. Es cuestión de ir y probar".

Y acá es donde volvemos al post anterior. Muchas veces se dice que en Buenos Aires en los 60 la gente llenaba salas para ver a Godard o Bergman o Fellini, y que ahora ya no. Eso es cierto, demasiado cierto en cierto punto. Pero se olvida que el clima de la época era propicio para que el espectador "comprara" ese cine. Muchas veces hablo con no cinéfilos que solían ir a ver esa clase de cine porque, en parte, era una moda y, en parte, sentían curiosidad por lo que decían las críticas o los afiches. Es decir: en cierta medida también eran "films-evento" de los que se tenía que participar de algún modo. Y muchas, muchísimas veces, esas películas eran alabadas acríticamente por razones no cinematográficas. En gran, gigantesca medida, el prestigio de Bergman se basó en eso, por ejemplo. Nadie osaba decir que El huevo de la serpiente era pésima (lo es, véanla por favor). Nadie se atrevía a negar el estatuto de maestro para ciertos nombres canónicos. Esa recepción acrítica le hizo mucho mal al cine de arte porque, en un punto, quienes quedaban "fuera" de la veneración o no la comprendían decidían en un punto no ver más esa clase de cine y rechazarlo en bloque.

Quiero decir -perdón que mencione a Dios Ingmar, pero es un caso sintomático, de paso se está por cumplir un año de la muerte- si en algún momento los grandes diarios hubieran podido eludir el panteón y decir, por ejemplo, que era mejor ver El Silencio que Persona, que La hora del lobo resultaba más sutil que Gritos y Susurros, es decir, bajar al nivel humano a quien se colocaba en la cima inalcanzable, es probable que el diálogo entre el crítico y el espectador hubiese sido más fluido. Y que el cine de arte, por llamarlo de alguna manera (para mí es arte tanto El desprecio como Tiburón, Batman Vuelve como Madre e Hijo, The Waterboy como Mundo Grúa, Detrás de los olivos como Moulin Rouge!) habría mantenido un espacio constante. La crítica debería haber tratado a su lector como un adulto con opinión propia y provocarlo, convocarlo a la reflexión. Eso no sucedió, cierto cine quedó en la esfera de "para entendidos" (que fueron desapareciendo) y, finalmente, aquel viejo público cinéfilo se redujo.

No quiero decir que la crítica sea la única responsable del estado de cosas actual, sí que perdió una gran oportunidad que, como un espejismo, pareció recobrar en los noventa. Y digo "pareció" porque la renovación que en cierto punto dio la impresión de generarse en los grandes medios quedó trunca. Hoy leo textos más bien rutinarios, carentes en general -salvo excepciones- de ideas que vayan más allá de la descripción de la trama o el sumario de la historia (más el chistito ocasional o el juego de palabras porque sí, como si un film fuese siempre algo totalmente menor y carente de verdadera importancia). A veces creo que esto ocurre por la falta de oferta; pero sería demasiado simple. Más bien creo que es porque en gran medida se instaló la idea de que el cine sólo es en la medida en que sea masivo, y que la única dimensión a juzgar de una película es su capacidad de ser espectáculo o -recíprocamente- de transmitir una enseñanza útil a nuestras vidas.

Si bien ambas cosas pueden estar en una película, el cine es mucho más que eso. Es el arte de la curiosidad, de la mirada, del movimiento, del tiempo. Es una manera de acercarnos al mundo que no podemos conocer salvo por especulación o por fantasía (es tanto una fantasía Wall-e como El sabor de la cereza). Es una investigación constante sobre lo humano. Es la ventana abierta a otros mundos posibles e imposibles, una mirada al pensamiento de otros, a sus imaginaciones y sus miedos, que bien pueden ser los nuestros.

Si un rol tiene la crítica debería de ser ése de intentar un camino y ensayar una mirada, provocar el diálogo y el ejercicio de la inteligencia. Siempre le digo a quienes me preguntan "qué hay para ver" que "lo que tengan ganas de ver; a los críticos hay que leerlos después de ir al cine".

Y, de paso, ustedes también son críticos: ¿Qué dicen cuando alguien les pregunta por la última película que vieron? Ahá…¿Vieron?

21

de
Julio

Espectadores, ese mal

En el último número de El Amante, Gustavo Noriega, Javier Porta Fouz y el que suscribe publicamos sendos textos quejándonos. Siempre nos quejamos de algo, porque es el imperativo categórico del crítico. Pero siempre mantuvimos a raya cierto elemento que no queríamos criticar: los espectadores. Esta vez nos pusimos en el rol de espectadores de cine, no de críticos, y salimos con los tapones de punta.

El resultado fue que en varios blogs (acá sólo les linqueo el de Diego Lerer, Micropsia, pero pueden ver también acá) nos han pegado como si lo que hubiéramos dicho fuera vaya uno a saber qué maldición imposible. Aquí en este blog varias veces le pegué a los espectadores actuales y sus hábitos porquerizos (vean cómo queda una sala después de un blockbuster y verán por qué el adjetivo chacinado), así que no es novedad. Pero esto me llevó a pensar en cómo la realidad a veces obliga a cambiar un código deontológico.

Yo recuerdo mi primer horror con un crítico de cine. Ante el estreno de Misión: Imposible, Osvaldo Quiroga, entonces comentarista de espectáculos en el noticiero de América que conducía el ensalzador de la dictadura Enrique Llamas de Madariaga (también recuerdo la versión no trasnoche de Videoshow que él conducía), dijo para destruir el film con Tom Cruise “lo dirigió Brian De Palma, que es el que hizo Carrie, esa película de terror que sólo le gusta a la gente que tiene dos neuronas y una, resfriada”. Más allá de que todos sabemos que Carrie es una obra maestra y que Brian De Palma es uno de los mayores cineastas de los últimos cuarenta años, lo que me parecía inaudito era el insulto al público por parte de un crítico. El público no es –no era- su objeto. Su objeto son las películas. Insultar al público está –estaba- mal.

Vamos a ver: el cine es el único arte que conserva todavía su estatuto ambiguo de ser a la vez entretenimiento industrial. Me van a decir que la música y la literatura en cierto sentido también, y les voy a decir que no. Que los libros y los discos ya se han dividido entre productos de puro consumo que no aspiran ni en su factura a la categoría de arte y los que sí (que lo logren es otra cuestión). En el cine, si bien tal división estuvo siempre latente y se está produciendo, todavía no cuajó. Esto es porque los cineastas que realizan blockbusters, en su mayoría provienen de escuelas de cine donde la teoría de autor se volvió un imperativo y creen en ella. Es por eso que no es lo mismo una película de Hulk firmada por Ang Lee que por Louis Leterrier, por poner un caso a mano.

Sin embargo, para la gran mayoría del público el cine es apenas un entretenimiento. “Quiero ver algo donde no tenga que pensar”, dicen. Es una frase de enorme recurrencia, incluso si uno le explica a su locutor que cuando ve una película, el hecho de tratar de entender qué pasa en ella o para qué lado se mueven los personajes es pensar. Pero sigamos; la cuestión es que se elige una película por los más diversos motivos: horarios, se lo prometió a la novia, quiere aturdirse, es la que todo el mundo promociona, es lo único que hay para ver con los chicos, tiene buenas críticas. Como con cualquier otro arte, los cinéfilos o especialistas son la minoría más mínima y siempre lo serán. Sería más educada una sociedad donde tal minoría fuese más numerosa, pero agradezcamos a treinta años de destrucción sistemática de la educación en el país que tal cosa sea más que utópica.

Pero es tan enorme el malestar que cualquiera que quiere ver bien una película o que quiere ver alguna de las cien mil cosas que aquí no se estrenan y valen la pena tiene que sufrir al ir al cine, que lo de no decirle al espectador que en gran medida tal estado de cosas es su culpa es patear la pelota afuera. Repito que se escribió desde el lugar del tipo que va al cine porque le gusta ver una buena película en buenas condiciones, no desde el lugar del crítico que está por encima de la humanidad.

Ahora bien. Lo que escribimos en la revista fue que a pesar de esto:

1) No se justifica que la gente hable, ensucie, grite, mande SMS, etcétera en los cines. Y que el precio de la entrada no da esos derechos.

2) Es público un enorme acceso a bienes culturales gratuitamente vía Internet y sin embargo eso no genera mejor consumo cultural ni más educación porque, simplemente, la mayoría de público sólo quiere lo mismo pero gratis.

3) Esta clase de vida está llevando a la disolución de la vida ciudadana y política. Piensen en “lo que pasó con el campo”. Sobre todo, que la mayoría de las personas que los rodeaban eran incapaces de decir cuál era el núcleo real de la discusión (y se dejaron arrastrar, de un lado y de otro, por una retórica maximalista, estúpida y apocalíptica; por la veleta épica de las cacerolas y por los titulares de los grandes diarios; quiero decir, por el disfraz para la gilada, cuando en realidad todo era la discusión por la suba de un impuesto).

4) Es hora de decirlo para tomar conciencia. No hay enfermedad que se cure sin diagnóstico previo.

Pero parece que cometimos un delito al hablar así. La pregunta que les hago es qué piensan ustedes de todo esto. Si no es hora de dejar de proteger al público y comenzar a decir que es imprescindible un cambio y una toma de conciencia.

A lo mejor nos equivocamos.

16

de
Julio

Wall-e, una persona más

A pedido del público (no me imaginaba que alguien me pudiera pedir algo, pero es lindo, gracias), va algo más sobre Wall-e de lo que publiqué o publicaré en otros lados (porque además tengo que mandar una buena cantidad de caracteres para El Amante). Quisiera decir –y tratar de demostrar por qué- que Pixar es la única usina de personajes míticos que queda y la película del robotito es la última prueba.

¿Qué es un personaje en el cine? ¿Por qué nos quedan en la memoria Rick Blane, Marilyn, Bugs Bunny, Carlitos, Antoine Doinel, Kane o Mickey Mouse? Es difícil saberlo porque siempre hay un plus, algo más que cuaja con un elemento del inconsciente colectivo en un momento dado de la Historia y vuelve fijos e inmortales a los personajes. Pero también hay otra cosa que sí es importante: son simples, están definidos con pocos trazos perfectamente claros y al mismo tiempo, sólidos. A partir de la combinación de esos trazos, su personalidad se vuelve infinita. En Pixar conocen a la perfección este axioma y diseñan los universos de cada film siguiéndolo a pies juntillas. De hecho, si siguen la línea de las películas dejando de lado las dirigidas por Lasseter, descubrirán que los animadores parecen plantearse cada vez un desafío diferente ante la creación de personajes.

Por ejemplo: Woody y Buzz son muñecos, que como copian a los seres humanos tienen una cantidad de movimientos y expresiones más bien ilimitados. Pero más tarde aparecen los monstruos, uno de ellos sólo un ojo. Y más, más tarde, peces, que carecen de manos y piernas. Y después autos, que son sólo caras. Y después –ahora- robots que o bien tienen un solo trazo (EVE) o bien tienen sólo dos ojos que no se deforman, agrandan o achican para dar el rango de expresiones, sino que siempre las generan a partir de una justa restricción de la libertad.

Me van a decir que en Los Increíbles y Ratatouille, los dos grandes films de Brad Bird, esta regla no se sigue. Es verdad en el segundo caso, pero en el primero hay una restricción curiosa. En primer lugar, todos los personajes son humanos; así que hay que trabajar en la diferenciación dentro del registro satírico del dibujo. Y lo que hace Bird es taparle a los protagonistas parte del rostro, ni más ni menos. Lo de Ratatouille da para escribir un tratado y es, con Bichos, una excepción a la regla.

En Wall-e me impacta el hecho que comentaba más arriba, que ninguna parte del diseño del personaje se deforma para forzar más el rango de emociones. Y eso implica que los realizadores piensan en los robots realmente como seres que existen, lo tratan no como a creaciones desde la nada sino como a personas. No otra cosa hacían los grandes Freleng, Jones, Avery, Clampett y McKimson con los personajes de Warner, los dirigiera quien los dirigiese. Y resulta que, de esa manera, se piensa más en el personaje como un semejante (y se lo trata con el respeto que se le debe a cualquier persona) que como un objeto a manipular de acuerdo con lo que obligue el guión. Eso hace de estos seres inventados un puente entre la ficción y nuestra realidad cotidiana: Wall-e, EVE, M-O, y el resto de los robots locos son como nosotros gracias a una elección estética y tecnológica al mismo tiempo. Una elección, de paso, que tiene que ver con el amor por un arte y por el amor por los espectadores. El uso realista de la cámara en Wall-e (esa sorprendente cámara testigo que aparece en la escena del supermercado, por ejemplo, que parece filmada por un ojo de seguridad; los zooms setentistas que salpican las evoluciones del protagonista en la Tierra) también tiene que ver con la idea de que toda película es al mismo tiempo una ventana a otro mundo y una metáfora sobre el propio.

Y todo esto, amigos, con la menor cantidad de elementos posibles, casi sin diálogo, con personajes sin boca ni nariz ni orejas ni pelo. Una proeza digna de Fred Astaire, el tipo que transformaba en bailarín un perchero. De eso se trata la magia de la animación y del cine: de creer que todo forma parte de la –nuestra- vida, incluso lo que apenas imaginamos.

14

de
Julio

Películas que no existen

Siguiendo con la serie “qué lindo si…”, estuve pensando en otras cosas que me hubiera gustado ver en el cine pero que ya son imposibles. Algunas estuvieron a punto de concretarse, por ejemplo The Short Night, una película que Hitchcock pensaba filmar a principios de los 70, que narraba un triángulo amoroso entre espías y una pobre mujer y que podría haber tenido como protagonistas a (traguen saliva) Clint Eastwood, Catherine Deneuve y Robert Redford. La Deneuve, no creo que nadie lo dude, pudo haber sido la heroína que a H. le faltó desde la defección de Grace Kelly, salvo quizás por el acento francés.

Con Hitchcock siempre pensé de adolescente que debió haber filmado Humphrey Bogart. Sin embargo, cuando uno ve películas de ambos, se da cuenta de que Bogart nunca podría haber interpretado al inocente que, por un pecado, cae en una trama macabra, porque Bogie podía ser noble, caballeresco y romántico, pero nunca inocente. Ni aparentarlo. Tampoco Wayne podría haber filmado con el gordo porque Wayne es pura naturaleza hecha hombre; los films de Hitchcock son siempre urbanos; uno de los problemas de su mundo es, justamente, la urbanidad como máscara de lo salvaje y primario.

Otra película que no existe (más) es la versión de Soberbia que tenía en mente Orson Welles. Quizás algún día alguien encuentre esas latas que filmó originalmente el buen hombre, pero lo que se sabe es que lo que no está no está y punto. Lo que quedó del film es realmente extraordinario (y es evidente que Scorsese lo estudió muchísimo antes de filmar La edad de la inocencia, bueno, ése y la Madame Bovary de Vincente Minelli) así que es perfectamente dable soñar con lo que podría haber sido si le hubieran hecho caso.

Una que por suerte no existe es El Hobbit. No es necesario aclarar que me gusta Disney y tengo una debilidad casi patológica por Tolkien que ya no intento curar. Pero lo que Disney pensaba hacer con el cuento es vomitivo. La idea era un corto para Fantasia II (se suponía que cada año Fantasia agregaba un corto nuevo y sacaba uno viejo, una obra siempre en remodelación, con cada fragmento como una partitura que, de tanto en tanto volvía). Entre los fragmentos figuraban El cisne de Tuonela, de Sibelius, y varias cosas de Wagner. El nuevo cuento de El Hobbit era Bilbo enamorado de una valquiria, a la que rescataba con ayuda del resto de sus piespeludos amigos. Tolkien quiso ir a trompearlo a Disney cuando se enteró. No se hizo porque Fantasia fue un fracaso.

Pero sí hay una película de Disney, de la misma época (hablamos de los años 40) que me hubiera gustado ver. En plena Segunda Guerra Mundial, había actos de sabotaje contra aviones estadounidenses e ingleses, principalmente los segundos. Popularmente, los pilotos decían que “gremlins”, genios malos de las máquinas, los que los descomponían. Disney contactó con un piloto de la RAF y periodista para que escribiera un relato infantil que hablara de los Gremlins, una cosa humorística de inspiración patriótica. La película se llamaría, obvio, Gremlins. El autor, que nunca había escrito para chicos, se llamaba Roald Dahl. El proyecto se demoró demasiado por cuestiones económicas y terminó siendo un libro que se reeditó en 2006, y dio pie a dos cortos de la Warner dirigidos por Bob Clampett: Russian Rhapsody (donde los “gremlins del Kremlin” destruyen un avión al mando de Hitler) y Falling Hare, donde Bugs Bunny debe enfrentar a un gremlin en un avión que cae en picada.

Y uno que quizás alguna vez exista se llama Goddess. Se trata de la vida de Marilyn Monroe, y comenzó a ser escrita por Mark Frost y un amigo que la iba a dirigir. Bueno, el amigo se llama David Lynch. Parece que cuando apareció un tercer guionista tratando de llevar todo para el lado de la conspiración que mató a la actriz (algo no probado y que es mucho más improbable de lo que parece), Lynch dio un paso al costado. Cuando se ven El camino de los sueños e Imperio, uno nota que ese film sobre Marilyn sigue dando vueltas en su cabeza.

Como última expresión de deseos, me hubiera gustado ver a Jerry Lewis haciendo la remake de Las siete oportunidades, el grandioso film de Buster Keaton. Sí, claro que hay una remake así con Chris O’Donnell que es una bazofia cuadrada. Pero pienso que la idea del hombre primero rechazado y luego perseguido por todas las mujeres del mundo era un tema ideal para el Jerry de los años 50 y primeros 60. Basta pensar en la obra maestra total de El terror de las chicas para advertirlo.

Los sueños sueños son, qué le vamos a hacer.

8

de
Julio

Versiones definitivas

La revolución del DVD nos causa un problema a muchos que amamos ciertas películas. El problema es cómo hacer con nuestras ideas críticas respecto de ciertos films cuando aparecen "versiones del director", "extendidas" o "cortes sin censura". No siempre ocurre, pero en ocasiones el film en "nueva versión" es radicalmente diferente del que conocimos cuando el estreno. Hay tres casos que me gustaría mencionar.

1-Blade Runner. Uno de los elementos importantes del film cuando se vio en 1982 era el cambio radical de tono en la secuencia final. Allí, a contramano del libro, se abre un futuro de esperanza para Rick Decard (Harrison Ford) y Rachel (Sean Young, qué bonita que era, lástima que después enloqueció). Además, había una voz en off, la del propio Decard, que anclaba toda la ficción en el territorio del recuerdo. Parece que a Ridley Scott, que entonces tenía realizadas dos grandísimas películas como Los Duelistas y Alien, esto le parecía una guarangada: el film original debía terminar con el ascensor final, Rachel siendo tan efímera como sus hermanos replicantes y ninguna voz en off explicando nada.

Sin embargo, si algo le daba al film espesor era, justamente, esa conjunción de elementos que a Scott no le interesaban en lo más mínimo. Con el tiempo -y basta ver el resto de su filmografía- quedó claro que el problema del realizador estribaba en ser mucho menos talentoso de lo que pensábamos y en querer "hacerse el duro" con finales infelices (que a veces le salen tremendamente horribles, como la secuencia "paradisíaca" que cierra Gladiador). El corte "del productor" sigue siendo más interesante, más cercano al verdadero espíritu paranoico pero optimista de Pillip K. Dick (recuerden la caja de empatía, recuerden el comportamiento de los androides con la araña, recuerden, de hecho, cómo Rick vuelve con su mujer) y el tono de cuento de hadas para adultos que la propia película sostenía desde su puesta en escena. Qué decirles: la versión "uncut" es la prueba de que muchos directores creen que son artistas sí y sólo sí son pesimistas.

2-Aliens. Bueno, estamos en un terreno increíble. En la versión delj director hay algo así como 17 minutos más, que parece no ser mucho pero en una película de dos horas es una barbaridad. Lo que se agrega es: la vida de la colonia espacial antes de que descubran a los Aliens (y el destino de la familia de Newt); la imagen de la hija de Ripley, muerta anciana mientras mamá vagaba congelada por el espacio, una secuencia impresionante donde dos ametralladoras robot destrozan aliens (fuera de campo) y entendemos que no son suficientes, una pelea con la reina Alien un poco más larga y dos planos enormes, bellísimos. Cuando Ripley sale del vehículo para rescatar a Newt, Hicks le pregunta el nombre. Ella dice "Ellen", y él responde con el suyo (Dwayne). Se miran unos segundos y sabemos que son papá y mamá, el uno para el otro. Todas estas escenas hacen todavía más intensa la experiencia del film, ese paseo por los Infiernos donde la redentora (que va al último círculo y pelea con el Diablo en forma de Reina) es una querida operaria, lo más humilde de lo humilde, y una mamá. La secuencia de las ametralladoras está dentro de lo más terrorífico de la película y eso que no se ve un solo monstruo. Las demás emocionan mucho y refuerzan toda la idea central de la película, que incluye la desconfianza en la tecnología y en la fuerza bruta aplicada por los marines. Está en los videoclubes.

3-Titanic, también de Cameron. Aquí no se trata de algo agregado al montaje, sino de cómo se puede comprender un film si uno ve lo que no está. La escena en que la vieja Rose arroja el diamante es presenciada por su nieta y el capitán del barco. Le piden que no lo haga, pero al final la comprenden y ella lo arroja. Se vuelven, así, testigos de que el relato de Rose era verdadero. Con esa escena, el mundo cambiaba definitivamente para los personajes que escucharon el relato de la señora, porque ahora comprendían que no se trataba sólo de un conjunto de ilusiones para conmoverlos. Pero resulta que, así, el film se vuelve más "testimonial" y, sobre todo, explicado. Si Rose arroja el diamante sola, en cambio, los únicos testigos somos los espectadores, y en el universo del film todo queda como un cuento, como la construcción de un "cielo privado" para la protagonista. Es la metáfora de su muerte, que de hecho -podemos inferir- ocurre en ese onírico travelling final con los personajes aplaudiendo a la pareja (eso que a muchos les parece "cursi", pero que es ni más ni menos el sueño de Rose comunicado a nosotros). Es una de las pocas veces donde un agregado a una edición en DVD nos confirma la sabiduría de un realizador a la hora de eliminar y pulir su material. También se consigue en videoclubes.

De aquí a Terra

5

de
Julio

Tres cuestiones animadas

Hacía tiempo que quería escribir sobre cine de animación aquí. Lo hago intermitentemente y mechado dentro de alguna otra cuestión, básicamente porque se trata de una especie de militancia. Como Terra continúa con sus ciclos de cortos y ahora se dedia al género, parece un momento perfecto para establecer algunas líneas al respecto.

1-El cine de animación no es necesariamente "odiado" por la crítica en general. Más bien la crítica oscila entre los que lo desprecian como algo totalmente distinto del cine y quienes lo consideran (el gran Serge Daney, por ejemplo) "el jardín de infantes" de la cinefilia. Ambos están equivocados. En primer lugar, es cine en la medida en que en su factura conserva una huella clara de la realidad en el trazo del artista, en la composición de cada fotograma y, especialmente y como enseñaba Norman McLaren, en esa cantidad de operaciones intelectuales que ocurre entre un fotograma y otro. Porque, recuerden: el cine animado es aquel donde no hay nada que registrar. Hay que inventarlo todo y, claro, inventar el movimiento. Si ustedes están filmando una película de acción en vivo, por ejemplo, y la cámara se apaga sin que se den cuenta, el movimiento frente a la lente continúa hasta que alguien dice "paren que sonó la máquina". En el cine de animación directamente no hay movimiento. No hay cine. Y el dominio de la máquina para crear movimiento es cosa de adultos, no de niños. Que Disney haya "infantilizado" la animación por cuestiones didácticas y comerciales no implica que el género sea un "preparatorio" para una comprensión real del cine.

2-No toda la animación es dibujo animado, aunque el dibujo animdo es la "línea principal". Como ningún otro tipo de cine, el animado guarda la huella del artista, la huella real porque alguien dibujó o construyó ese personaje con el que, por algunos minutos o quizás horas. Eso permite un grado de autoconciencia y conocimiento del campo mucho mayor que el de la acción en vivo. Orson Welles decía que "la dirección de cine es la única profesión donde uno puede trabajar durante décadas siendo un perfecto incompetente y sin que nadie se de cuenta". Eso, en la animación, es imposible: la construcción de un film animado requiere conocer todos y cada uno de los resortes de su producción. Es casi una tarea matemática y abstracta. En todo caso, si el cine narrativo tradicional (el cine en general) es una especie de rémora de la literatura o la novela (Borges hablaba de las "novelas filmadas" de Von Sternberg), la animación es la traslción de los procedimientos de la música a la pura imagen.

3-El cine de animación es siempre, siempre, siempre satírico. Incluso cuando se trata de obras realistas y dramáticas, hay un elemento clave: el dibujo (o diseño en general si se trata de un film con muñecos) no pretende sustituir la realidad sino ser su estilización, una abstracción de lo real. Y eso lleva siempre a una mirada objetiva de la que se extrae un personaje o una idea que es un poco más y un poco menos que el objeto real. Más porque para ser transmitida con economía de trazos, es necesario exagerar los que se eligen (los ojos grandes japoneses, por ejemplo). Menos, porque cuanto más exagerado, más transparente es para nosotros que estamos ante algo irreal y tomamos distancia respecto de lo que vemos. Es decir: si nos emocionamos con algo es porque voluntariamente decidimos dejarnos llevar por esa caricatuOtroue se nos proyecta en la pantalla.

Partiendo de estas tres cosas, queda claro que el cine de animación es el de mayor participación intelectual del espectador, y una elaboradísima forma de ver nuestro mundo de manera al mismo tiempo divertida y analítica. Mucho del cine actual, lleno de efectos especiales, está moldeado narrativa e ideológicamente alrededor de la animación: la mayoría de las pelìculas de superhéroes no son sino Looney Tunes por otros medios (suelen ser las mejores: las dos primeras de el Hombre Araña o Iron-Man, sin ir demasiado lejos). Otro día, prometo hablar de los dos caminos para la animación. Por ahora, disfruten de lo que tenemos por acá.

1

de
Julio

Quiero ver esto

Estamos en la era de la interactividad. Piensen, si no, en las miles de cosas que pasan en Bailando por un Sueño (disculpen): todos los días hay una cosa nueva que proviene de lo que la gente dice en la calle del programa anterior, como si fuera una telenovela hecha por los espectadores. Piensen, también, en los proyectos de "elige tu propia película", esas ideas locas de que uno elija en los cines del futuro cómo sigue o termina alguna historia. Ante la andanada de nada líquida que nos viene persiguiendo en pantallas de todo tamaño, pregunto: ¿No será hora de diseñar nuestras propias películas?

Así, acá hay una pequeña lista de films que me gustaría ver alguna vez en la pantalla, con directores, elencos y todo eso. Pueden agregar la que se les ocurra.

Una adaptación literaria inglesa

La piedra lunar, de Wilkie Collins. Dirigida por Terence Davies, guión de Tom Stoppard. Con Keyra Knightley (Miss Verrinder), James MacAvoy (Franklin Blake), Anthony Hopkins (Betteredge), Alan Rickman (Sargento Cuff), Emma Thompson (Rossana Spearman), John Hurt (Ezra Jennings), Kenneth Branagh (Godfrey Ablewhite).

Es una de mis novelas favoritas, es inglesa y combina humor, romanticismo a lo Jane Austen, misterio a lo Sherlock Holmes, panorama social a la Dickens, ciencia ficción a la Wells y algunas cosas más. Si la leyeron, notarán que Rossana Spearman es jorobada: aquí además sería demasiado grande en edad -además de pobre- para pretender a Franklin Blake. Está bien, son todos ingleses, pero bueno; es una novela inglesa. Y creo que el único con sensibilidad para hacerla es Davies, un grande poco conocido por acá. Cualquier cosa, busquen y lean la novela y después me cuentan (en Internet se baja gratis).

Una de ciencia ficción

Más que humano. Dirigida por Steven Spielberg.

La historia es la de un montón de seres con poderes rarísimos que, en un momento, se dan cuenta de que no son más que una sola entidad, la evolución del hombre sería una comunidad de personas que actúan como una sola y abren caminos nuevos fuera de este mundo. El elenco podría incluir estrellas, pero más bien pocas justamente por el concepto del asunto. La novela de Sturgeon es perfecta y requiere un equilibrio entre sensibilidad y espectáculo que me parece ideal para don Steven.

Una francesa

L’amour des temps, de Arnaud Desplechin. Por supuesto que trabajan Matheiu Amalric y Valeria Bruni-Tedeschi, pero el hèroe es Melville Poupaud.

Imaginen esto: agarran sólo el hilo narrativo más tenue de La educación sentimental (el joven enamorado de una mujer mucho mayor que él) y lo trasladan a Mayo del 68. De hecho, y a diferencia de la novela de Flaubert, no hay tabú de edad. La película contaría esta historia con el paralelo de un advenedizo político que, desde un discurso radical de izquierdas se va convirtiendo en una especie de oráculo televisivo al que consultan para todo. Tiene final abierto aunque feliz.

Una nacional

El ascenso, dirigida por Adrián Caetano.

Un equipo de la C tiene la posibilidad de entrar a la B si gana un partido clave. Hay en el equipo un jugador veterano que pasó por los grandes clubes, un pibe de la villa que es un crack pero se desperdicia en el club (y al que un empresario sueña con vender en Europa), uno que se la pasa de fiesta en fiesta y tiene deudas enormes, un montón de hinchas y un negociado. Todo, pero todo todo, se resuelve en un partido de fútbol, eso que nunca se filmó como la gente en nuestro país. Todo el final es adrenalina.

Una iraní

K, dirigida por Jafar Panahi y Samira Makhmalbaf

En paralelo, una ficción sobre Kiarostami filmando (con Kiarostami como él mismo) y una biografía de Kiarostami donde Mohsen Makhmalbaf hace del realizador. Las dos historias se cruzan y K empieza a filmar a sus propios directores. Ojo que esta en cualquier momento la ven en Mar del Plata.

Un documental

Fantasma de la Patagonia, de Erroll Morris

Las verdaderas historias de Butch Cassidy, el Sundance Kid y Etta Place narradas desde el lugar donde comenzaron a asaltar a los propios ingleses que los habían contratado para asustar a los obreros y pequeños productores patagónicos. No digan que no es una gran historia.

Hay más; estas son las aún posibles. De tener la máquina del tiempo, raptaría directores y actores para hacer esas películas que quisiera que existan. Próximamente en el blog de su barrio.

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