24
de
Julio
Qué hacemos

El debate sobre los espectadores del post anterior me dejó un sabor amargo. No porque no concuerde o concuerde con lo que fueron escribiendo, sino porque en ciertas ocasiones me da la impresión de que seguimos usando el famoso "vos no podés opinar porque tu nariz es verde". ¿Por qué no puede alguien que va al cine frecuentemente hablar de cine? Bien, aquí aparece otra punta que me parece interesante: el trato que tenemos los críticos en general.
Hace mucho tiempo, cuando alguien me preguntaba por mi profesión, decía "crítico de cine". La gente suele esperar que uno diga "médico", "abogado", "piscólogo", "trabajo en una financiera", "soy poeta y nadie me comprende" o "estudio". No "crítico de cine", que viene a ser algo tan raro como "piloto de avión". Ahora digo "periodista" y es más común, hasta que alguien me empieza a decir "ah, entonces vos debés saber qué pasa con el campo-el jefe de gabinete-la desaparición de Madeleine-Ingrid Betancourt-Cristina-etc.", y aclaro "no, yo escribo sobre cine". Ahí vuelve el desconcierto y viene una serie de preguntas. La más usual, común, repetida es la siguiente: "¿Qué hay de bueno para ver?".
La respuesta suele ser siempre la misma "Y, mirá… depende de qué te guste ver; a mí me gusta todo el cine en general pero a lo mejor lo que me parece bueno a vos te parece malo. Es cuestión de ir y probar".
Y acá es donde volvemos al post anterior. Muchas veces se dice que en Buenos Aires en los 60 la gente llenaba salas para ver a Godard o Bergman o Fellini, y que ahora ya no. Eso es cierto, demasiado cierto en cierto punto. Pero se olvida que el clima de la época era propicio para que el espectador "comprara" ese cine. Muchas veces hablo con no cinéfilos que solían ir a ver esa clase de cine porque, en parte, era una moda y, en parte, sentían curiosidad por lo que decían las críticas o los afiches. Es decir: en cierta medida también eran "films-evento" de los que se tenía que participar de algún modo. Y muchas, muchísimas veces, esas películas eran alabadas acríticamente por razones no cinematográficas. En gran, gigantesca medida, el prestigio de Bergman se basó en eso, por ejemplo. Nadie osaba decir que El huevo de la serpiente era pésima (lo es, véanla por favor). Nadie se atrevía a negar el estatuto de maestro para ciertos nombres canónicos. Esa recepción acrítica le hizo mucho mal al cine de arte porque, en un punto, quienes quedaban "fuera" de la veneración o no la comprendían decidían en un punto no ver más esa clase de cine y rechazarlo en bloque.
Quiero decir -perdón que mencione a Dios Ingmar, pero es un caso sintomático, de paso se está por cumplir un año de la muerte- si en algún momento los grandes diarios hubieran podido eludir el panteón y decir, por ejemplo, que era mejor ver El Silencio que Persona, que La hora del lobo resultaba más sutil que Gritos y Susurros, es decir, bajar al nivel humano a quien se colocaba en la cima inalcanzable, es probable que el diálogo entre el crítico y el espectador hubiese sido más fluido. Y que el cine de arte, por llamarlo de alguna manera (para mí es arte tanto El desprecio como Tiburón, Batman Vuelve como Madre e Hijo, The Waterboy como Mundo Grúa, Detrás de los olivos como Moulin Rouge!) habría mantenido un espacio constante. La crítica debería haber tratado a su lector como un adulto con opinión propia y provocarlo, convocarlo a la reflexión. Eso no sucedió, cierto cine quedó en la esfera de "para entendidos" (que fueron desapareciendo) y, finalmente, aquel viejo público cinéfilo se redujo.
No quiero decir que la crítica sea la única responsable del estado de cosas actual, sí que perdió una gran oportunidad que, como un espejismo, pareció recobrar en los noventa. Y digo "pareció" porque la renovación que en cierto punto dio la impresión de generarse en los grandes medios quedó trunca. Hoy leo textos más bien rutinarios, carentes en general -salvo excepciones- de ideas que vayan más allá de la descripción de la trama o el sumario de la historia (más el chistito ocasional o el juego de palabras porque sí, como si un film fuese siempre algo totalmente menor y carente de verdadera importancia). A veces creo que esto ocurre por la falta de oferta; pero sería demasiado simple. Más bien creo que es porque en gran medida se instaló la idea de que el cine sólo es en la medida en que sea masivo, y que la única dimensión a juzgar de una película es su capacidad de ser espectáculo o -recíprocamente- de transmitir una enseñanza útil a nuestras vidas.
Si bien ambas cosas pueden estar en una película, el cine es mucho más que eso. Es el arte de la curiosidad, de la mirada, del movimiento, del tiempo. Es una manera de acercarnos al mundo que no podemos conocer salvo por especulación o por fantasía (es tanto una fantasía Wall-e como El sabor de la cereza). Es una investigación constante sobre lo humano. Es la ventana abierta a otros mundos posibles e imposibles, una mirada al pensamiento de otros, a sus imaginaciones y sus miedos, que bien pueden ser los nuestros.
Si un rol tiene la crítica debería de ser ése de intentar un camino y ensayar una mirada, provocar el diálogo y el ejercicio de la inteligencia. Siempre le digo a quienes me preguntan "qué hay para ver" que "lo que tengan ganas de ver; a los críticos hay que leerlos después de ir al cine".
Y, de paso, ustedes también son críticos: ¿Qué dicen cuando alguien les pregunta por la última película que vieron? Ahá…¿Vieron?






