Archivo para: Julio 2008, 16
16.07.08
Wall-e, una persona más
A pedido del público (no me imaginaba que alguien me pudiera pedir algo, pero es lindo, gracias), va algo más sobre Wall-e de lo que publiqué o publicaré en otros lados (porque además tengo que mandar una buena cantidad de caracteres para El Amante). Quisiera decir –y tratar de demostrar por qué- que Pixar es la única usina de personajes míticos que queda y la película del robotito es la última prueba.
¿Qué es un personaje en el cine? ¿Por qué nos quedan en la memoria Rick Blane, Marilyn, Bugs Bunny, Carlitos, Antoine Doinel, Kane o Mickey Mouse? Es difícil saberlo porque siempre hay un plus, algo más que cuaja con un elemento del inconsciente colectivo en un momento dado de la Historia y vuelve fijos e inmortales a los personajes. Pero también hay otra cosa que sí es importante: son simples, están definidos con pocos trazos perfectamente claros y al mismo tiempo, sólidos. A partir de la combinación de esos trazos, su personalidad se vuelve infinita. En Pixar conocen a la perfección este axioma y diseñan los universos de cada film siguiéndolo a pies juntillas. De hecho, si siguen la línea de las películas dejando de lado las dirigidas por Lasseter, descubrirán que los animadores parecen plantearse cada vez un desafío diferente ante la creación de personajes.
Por ejemplo: Woody y Buzz son muñecos, que como copian a los seres humanos tienen una cantidad de movimientos y expresiones más bien ilimitados. Pero más tarde aparecen los monstruos, uno de ellos sólo un ojo. Y más, más tarde, peces, que carecen de manos y piernas. Y después autos, que son sólo caras. Y después –ahora- robots que o bien tienen un solo trazo (EVE) o bien tienen sólo dos ojos que no se deforman, agrandan o achican para dar el rango de expresiones, sino que siempre las generan a partir de una justa restricción de la libertad.
Me van a decir que en Los Increíbles y Ratatouille, los dos grandes films de Brad Bird, esta regla no se sigue. Es verdad en el segundo caso, pero en el primero hay una restricción curiosa. En primer lugar, todos los personajes son humanos; así que hay que trabajar en la diferenciación dentro del registro satírico del dibujo. Y lo que hace Bird es taparle a los protagonistas parte del rostro, ni más ni menos. Lo de Ratatouille da para escribir un tratado y es, con Bichos, una excepción a la regla.
En Wall-e me impacta el hecho que comentaba más arriba, que ninguna parte del diseño del personaje se deforma para forzar más el rango de emociones. Y eso implica que los realizadores piensan en los robots realmente como seres que existen, lo tratan no como a creaciones desde la nada sino como a personas. No otra cosa hacían los grandes Freleng, Jones, Avery, Clampett y McKimson con los personajes de Warner, los dirigiera quien los dirigiese. Y resulta que, de esa manera, se piensa más en el personaje como un semejante (y se lo trata con el respeto que se le debe a cualquier persona) que como un objeto a manipular de acuerdo con lo que obligue el guión. Eso hace de estos seres inventados un puente entre la ficción y nuestra realidad cotidiana: Wall-e, EVE, M-O, y el resto de los robots locos son como nosotros gracias a una elección estética y tecnológica al mismo tiempo. Una elección, de paso, que tiene que ver con el amor por un arte y por el amor por los espectadores. El uso realista de la cámara en Wall-e (esa sorprendente cámara testigo que aparece en la escena del supermercado, por ejemplo, que parece filmada por un ojo de seguridad; los zooms setentistas que salpican las evoluciones del protagonista en la Tierra) también tiene que ver con la idea de que toda película es al mismo tiempo una ventana a otro mundo y una metáfora sobre el propio.
Y todo esto, amigos, con la menor cantidad de elementos posibles, casi sin diálogo, con personajes sin boca ni nariz ni orejas ni pelo. Una proeza digna de Fred Astaire, el tipo que transformaba en bailarín un perchero. De eso se trata la magia de la animación y del cine: de creer que todo forma parte de la –nuestra- vida, incluso lo que apenas imaginamos.

Creado por El Bigote
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