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Todos los años, Cahiers du Cinéma publica un Atlas con el estado del cine del mundo. Este año –como suele ser más o menos habitual- el texto sobre la Argentina lo escribió Quintín, amigo de la casa aunque me chicanee con eso de que me gustan todas las películas (se ve que no lee por acá). De paso, y como todavía no lo recibí, le copio los datos a Diego Batlle, que subió la información a su sitio Otroscines.com (gracias totales).

Los datos importantes de 2007 (va copia):

Entradas vendidas en 2007: 34,5 millones (-2,5%)
Cuota de mercado del cine local: 9% (-2,6 pts)
Películas producidas: 70 (+10)
Pantallas: 980

O sea: hubo muchas más películas argentinas que nunca. Y a pesar de eso, muchos menos espectadores que nunca para el cine argentino. Y no digan “porque el cine argentino es malo”; sería una conclusión absurda. Lo primero que sale a la luz es la falta de una política consistente respecto del cine argentino, una política que abarque la producción, la distribución y la exhibición. Sumemos un dato más a modo de ejemplo. Esta semana, El Príncipe Caspian se estrenó en 180 pantallas. Sex and the City, en 74. Es decir, entre ambas se llevaron más de la cuarta parte de las pantallas disponibles en todo el país. Hay todavía más de 100 pantallas con Indiana Jones, y otra centena con Iron-Man y Meteoro. Digamos esto: los grandes tanques se llevan la mitad de las pantallas.

Para quienes siguen diciendo que el mercado lo regula todo, aclaremos. En muchos países capitalistas (Francia, Corea del Sur, Alemania) es totalmente imposible que un film o distribuidor acapare tal porcentaje de pantallas porque el propio Estado mantiene una regulación al respecto. Porque, de hecho, la competencia requiere ser regulada. La competencia sin regulación lleva al monopolio salvaje y, en última instancia, a lo contrario de la libertad. Si la concentración económica es demasiado grande, ¿qué libertad de elección nos queda? Piensen en qué pasa con el cable: Cablevisión, Multicanal y DirecTV, que son los máximos operadores del mercado, son, todos, del grupo Clarín. El margen de libertad para elegir es mínimo en ese caso, y el problema es que no hubo una política clara de regulación al respecto. Si el grupo Clarín, en este campo, tiene tanto poder es porque nadie pensó en la ciudadanía al liberar licencias, sino en favores políticos nomás. Lo mismo pasa con el cine.

Les conté una vez que en el asunto de la distribución el INCAA no es que no pueda hacer nada; en realidad no le conviene hacer nada porque cuanto más gente vaya al cine y más cara sea la entrada, más recauda. Le conviene más que mucha gente vea Sex and the City o Narnia que decirle a los exhibidores que una película no puede tener más de 50 pantallas (que igual es una barbaridad, es el 5% del mercado). Eso haría más justo todo y favorecería la diversidad. La diversidad favorecería la sofisticación del gusto y entonces, entre otras cosas, el cine nacional tendría un posicionamiento mejor.

Los números tienen eso de implacable. Son inatacables y muestran que el estado de las cosas en el cine es pavoroso. No es sólo un pesimismo apocalíptico, es otra cosa: la constatación de que evidentemente la falta de políticas atenta contra el propio mercado. Vean si no: cerrarán seis salas del Village Recoleta, cerró definitivamente el Los Angeles, y seguramente esta tendencia va a seguir.

Sí, la culpa es del gobierno. Y también, ojo: los gobiernos y los estados son reflejo fiel de los ciudadanos.

  • Creado por El BigoteCreado por El Bigote
  • Posteado en19:10:49
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